lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 34



34

Por fin, entre aquel amasijo de animales que corrían sin dirección asustados buscando salidas hacia la jungla, hallasteis a buena parte de los vuestros todavía enjaulados. Al encontraros y miraros experimentaste una honda sensación de alivio difícil de expresar. Esa intensa emoción, tan cercana a poder brindarles a tus amigos la liberación, te dio, por el contrario, las fuerzas necesarias y precisas cómo para traquetear las pesadas cajas de madera hasta hacerlas volcar. De ellas, poco a poco, vacilantes y atolondrados por los efectos de los dardos narcotizantes, fueron saliendo el resto de tus camaradas. Pero el desastre, en realidad, aún no había comenzado. Al contrario. Por desgracia, la tragedia, estaba a punto de originarse.

Una voz, desde la penumbra casi insondable del alba gritó áspera, ronca y estremecedora:

— ¡Matadlos a todos!

Consecutivamente empezaron a oírse extrañas percusiones encadenadas por encima de los sonidos; resonancias huecas y mortales. Numerosas fieras fueron cayendo al suelo. Eran los pistoleros matándolas indiscriminadamente; tratando de evitar lo inevitable. Muchos de estos animales, principalmente los más corpulentos, ya habían arrasado literalmente el campamento en el atropellado intento por salir, pero el temor al fuego apostado en el perímetro los había devuelto sobre sus pasos creando una auténtica estampida; un doble devastador efecto bumerán de proporciones bíblicas. El trampero no dudó:

— ¡Matadlos de una puta vez!

Entonces le viste. Venía hacia vosotros. Y lo iba haciendo, a la vez que gritaba y disparaba sobre todo lo que se movía. Los más cercanos a ti, tus compañeros, también comenzaron a caer. Miraste al bípedo cazador. Desde sus ojos sin color pudiste apreciar el odio y el denso sabor de la muerte. Antes de que pudiera reaccionar de otra forma te abalanzaste intentando morderle, pero él, a la sazón, anticipándose a tus intenciones, te envió un tremendo mazazo con la culata del fusil partiéndolo en dos sobre ti. Quedaste aturdido. Con parsimonia y frialdad desenfundó su pistola disponiéndose a matarte, pero Nukk, tu fiel amigo, tomó inmediatamente el testigo haciéndole frente. Le gruñó. Quiso atacarle saltando sobre él. Todavía en el aire, éste, como un infalible autómata le descerrajó dos certeros disparos, “pac, pac,”… Los dos impactos sonaron secos en la aurora teñida de rojo. El desdichado simio apenas tuvo tiempo de efectuar una corta y débil parabólica. Cayó directamente al suelo. Como un pesado bulto. Como un fardo: muerto.

En ese instante no pensaste lo peor. Simplemente no pensaste. Aún no tenías conciencia de lo que significaba aquel hecho, aunque no presentías nada bueno acerca de aquellos tubos que escupían fuego, te infundían temor. Sólo alcanzas a recordar que miraste a Nukk. No se movía. Permanecía en una peculiar posición fetal, tumbado en el suelo. El resto de tus colegas había desaparecido y otros yacían dispersos.

De golpe, tu intuición silbó precipitadamente en las paredes de tu mente; te avisó de la enorme gravedad del asunto. Una fracción de segundo bastó para hacerte comprender. Te hizo caer en la espeluznante cuenta de que tus compañeros continuaban tumbados en la misma posición que habían caído. La hilaridad de haberles hallado tras la interminable odisea fue transformándose en un pavoroso presentimiento. La alegría fue derrumbándose ante ti como un quebradizo castillo de arena en plena tempestad para dar paso a una ira que reemplazó cualquier otro sentimiento. Una desconocida sensación de rabia se apoderó de ti; la apocalíptica lógica te indicaba el acto sin misericordia del desastre.

Desde el suelo, aún conmocionado por el trastazo, pudiste apreciar consternado cómo decenas de especies; gacelas, damaliscos, cobs untuosos, bongos, okapis, otros antílopes y una considerable cantidad de especies, comenzaban a amontonarse como en un matadero. Los animales caían apilados como viejas marionetas rotas bajo el implacable fuego de los francotiradores, mientras que los que aún seguían con vida, desconcertados, berreaban y saltaban angustiadamente de aquí para allá en una fatídica danza. Era una carnicería bestial y sin precedentes. Una visión realmente dantesca.



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