lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 35



35

Trataste de reaccionar. Tenías que levantarte. Tenías que evadirte de aquel infierno con las escasas posibilidades que pudieran quedarte. Habías perdido de vista a los pocos compañeros que te quedaban; éstos, probablemente, ya se habrían internado en la densidad del sotobosque. Y la aparente inmovilidad de aquéllos que conseguías ver desde tu plana posición te hacía sospechar con desesperanza por qué continuaban aún tendidos de aquel grotesco modo en la misma postura. Los sicarios, sin detenerse mientras tanto, seguían haciendo resonar sus armas bajo la bóveda de un alba manchado de sangre. Parapetados en los bulldozers descargaban sus rifles, una y otra vez, sin descanso.

Con la poca energía que conservaba tu ánimo te acercaste a tu amigo Nukk, no habías errado: el presentimiento tomaba una dramática forma, estaba muerto. Sus ojos de avellana habían quedado semi abiertos, perdidos, en no supiste qué lugar, para no regresar. Le miraste un segundo en silencio y te despediste; sabías que no podrías olvidar lo que había hecho por ti. Después te aproximaste a otros miembros de la horda. Todos estaban muertos; nada podías hacer ya por aquellos pobres infelices.

Tras comprender la inutilidad del riesgo fuiste separándote de ellos con precaución, tratando de no ser visto, y así salir del circuito invisiblemente mortal que se había establecido entre los cazadores y sus víctimas. Querías irte. Huir. La ansiedad te atenazaba. Era la oportunidad, la única ocasión que posiblemente te ofrecería el destino: era ahora o nunca, pensaste. No debías dudar. Tenías que escapar ahora que todavía estabas a tiempo de internarte en la selva olvidando para siempre la pesadilla que habías vivido. Pero no resultaba tan sencillo escapar y olvidar. ¿Podrías olvidar tan fácilmente a Nukk, el fiel amigo que acababa de regalar su vida a cambio de la tuya? ¿Es que había muerto por nada? ¿Para nada? ¿Por capricho? ¿Es que acaso podías ignorar sin más planteamientos la muerte de los colaboradores que habían seguido tus pasos durante tanto tiempo a través de los sinuosos caminos de la selva? ¿Y la de los que no habían conseguido llegar? ¿Y la muerte de los que habían sido masacrados absurdamente allí? ¿Es que ya nada de eso te importaba? No, definitivamente, no. No era tan fácil dar la espalda y marcharse como si nada de aquello hubiese sucedido.

Aquellos bípedos hijos de puta, habían destrozado tu vida; te la habían arrancado de cuajo. Habían irrumpido en ella impunemente. Habían asaltado, asesinado sin pudor y esquilmado toda tu tribu. Habían destrozado tu reino, tu honor y a sus habitantes. Habían acabado con la dulce monotonía de tu existencia y la de otros muchos que, como tú, hasta entonces, vivían felices. La habían machacado. Jamás volvería a existir, lo sabías, una horda como la que acababan de exterminar. Los escasos supervivientes acabarían dispersándose o quizá morirían bajo las garras de otros súper predadores más potentes. Tus sueños, por tanto, carecían de fundamento. ¿En qué dirección ibas a marcharme si acababas de perder el rumbo y tu razón de vivir?

De la misma manera que sus disparos, todas estas reflexiones, fueron abocándose veloces en tu mente a la vez que buscabas un lugar seguro donde cobijarte. 



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