lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 36



36

Lo habías decidido. No te hizo falta mucho tiempo. No sabías qué ibas a hacer pero sí sabías lo que no iba a ocurrir. No ibas a marcharte, te esconderías y verías la forma de hacerles pagar la destrucción y la tropelía ocasionada al clan. Pero, eso sí, tenías que actuar con prontitud e inteligencia, antes de que amaneciese completamente; después el que estaría perdido serías tú. Ya habías comprobado de qué eran capaces “aquellos tubos que expulsaban fuego”. Eras un guerrero nato pero no un suicida. Querías venganza pero no estabas dispuesto a morir estúpidamente.

El primero en caer fue un individuo que se alejó del grupo de los tiradores; le cogiste desprevenido y le asestaste un mordisco en la nuca. No llegó a enterarse de su propia muerte, se derrumbó como un saco. Un poco más tarde, aprovechando la barahúnda que aún mantenía pendiente a los cazadores tuviste ocasión de colarte dentro de una furgoneta por la parte trasera del vehículo; allí mismo, descuartizaste sin miramientos la garganta de otro tipo. Sin embargo, tu destino, todavía se encontraba girando sobre su eje invisible. Y volvió a girar un poco más hacía su trayectoria final, cuando, por casualidad, penetraste en la tienda de campaña del trampero.

Vuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron desafiantes en el silencio quebrado. Os paralizasteis el uno frente al otro, sin intentar nada ninguno de los dos. Os observasteis atentamente. Enseguida pudiste darte cuenta que él era otro líder, el líder indiscutible de los asesinos, lo llevaba escrito en su afilado rostro. Aquel personaje era el culpable de tu desgracia. Él había ordenado disparar, y aunque por el momento no llegabas a entender el complicado conjunto de sonidos articulados de su lenguaje, sí comprendiste, al menos, el sentido; porque automáticamente después se produjeron las descargas que ocasionaron la aniquilación de los tuyos y la del resto.

Tras los intensos segundos que duraron una eternidad intentó recuperar la carabina. Le separaban de ella tres escasos metros; no le haría falta ni siquiera apuntar, dispararía a quemarropa. Pero sin pretenderlo, estaba cometiendo un gravísimo error de bulto porque tú, que no habías dejado un instante de mirarle a los ojos, adivinaste, tan pronto como él, sus despreciables intenciones. Todo sucedió vertiginosamente. Conforme fue incorporándose tratando de tomar su rifle, tú, que para entonces te situabas en la entrada de la tienda, saltaste violentamente sobre la mesa intentando cercenar sus propósitos. Así sucedió; suspendió la acción, pero ya a tan sólo un metro del arma. Seguisteis mirándoos. Esgrimiste tus colmillos, dispuesto a destriparlo con la misma crueldad que él había manifestado con los tuyos. Pero tu destino seguía girando.

En ese momento, alguien, uno de sus pistoleros, apareció detrás de ti. Te giraste. En esa precisa y matemática fracción de tiempo el cazador tomó la escopeta. Mientras el proyectil se oía metálico alojarse en la recámara, te agarraste a su cuello como un perro furibundo dirigiéndole una brutal mordedura que le deshizo como la manteca parte del cuello. El cazador, ensangrentado, se desplomó hacia atrás. A partir de ahí, sin incertidumbres de ninguna clase, te precipitaste de nuevo sobre su cara destrozándole la parte derecha de la mandíbula.

De repente, algo silbó en el aire. Sentiste sobre ti dos fortísimos aguijonazos en el cuello. Pasó un segundo. Después las imágenes empezaron a distorsionarse muy deprisa; todo bailaba sin sentido. Te debilitabas por momentos, sin poder evitarlo. Quisiste resistirte. Otro segundo más. La tenue claridad fue tornándose impenetrable y absoluta; opaca y pesada. Ya, sumido por completo en la oscuridad de tu cerebro, escuchaste lejana, la áspera y cavernosa voz del cazador…

 — ¡Mi cara! ¡Mi cara! ¡Mi cara!...



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