lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 37



37

Con seguridad nunca lo sabrás. Nunca tendrás una noción exacta y definitiva de lo que fue de ti ni de lo que ocurrió después de ser capturado. Ni hasta incluso mucho tiempo después. Como tampoco supiste, ni sabrás, cuál fue el final de Sajú, Zop y Zahí.

Desde tu incesante vértigo, considerable disminución de ánimo y aturdimiento como consecuencia de las drogas que a diario te inyectaban, quisiste engañarte imaginando que, al menos ellos, habrían conseguido el ansiado propósito que os había llevado hasta allí. Y que, burlando la destructora jauría humana, consiguieron regresar de nuevo a la jungla, intentado rehacer sus ya marcadas vidas. Pero, eso, claro, era la deseada suposición. Era lo que tú querías que hubiese sucedido. Lamentablemente la realidad se comportó de manera muy diferente. Y los pocos que consiguieron salvar sus vidas aquella trágica madrugada fueron salvajemente aniquilados en jornadas siguientes.

El tiempo se transformó violentamente para ti adquiriendo una nueva concepción absolutamente distinta y desconocida a como había sido hasta entonces. Las interminables temporadas que pasaste drogado y sometido a distintos experimentos, fueron hundiéndose lentamente en tu cerebro como una apocalíptica maldición. Los días y las noches, las lluvias torrenciales, las espectaculares y cromáticas puestas de sol, los brumosos amaneceres, la permanente incertidumbre de los peligros que a diario os amenazaban y la prolongada monotonía... Todo dejó de existir para convertirse en una cruel ironía del destino. Todo dejó de ser lo que se suponía que era para modificarse en una sola cosa: hastío y tiempo. Tiempo, simplemente tiempo. Un tiempo lacerante. Un tiempo vacío y demoledor. Un tiempo que giraba sus agujas alrededor de tu angustia para detenerse, únicamente, en la burla. Te habían convertido en una sombra. En la sombra de lo que habías sido. Ahora sólo era un payaso de circo. Un payaso sin niños.

Ahora tenías todo el tiempo del mundo para recordar tu enorme tragedia. Ahora poseías en tus manos un tiempo absurdo y sin sentido. Todo un tiempo para languidecer y morir en una jaula de apenas un metro cuadrado. Tu vida perdió su contorno; su color y su valor. Tu ansiedad zozobró a menudo sufriendo múltiples e insostenibles crisis. Ya no esperabas nada. Sólo querías morir. Morir cuanto antes. Deseabas con fuerza que, en cualquier instante, pudiese suceder algo que, finalmente, pusiese un punto final a tu vida. Pero el destino, sarcástico y amargo, como siempre, aún no había pronunciado su última palabra e, inexorablemente, seguía girando el curso de tu existencia como si de un estúpido títere se tratase.

Un día, al despertar, te sentiste especialmente extraño. No sabías qué te estaba ocurriendo. Lo achacabas a tu permanente estado de ansiedad y a tus indisolubles empeños por morir, pero lo cierto es que la percepción y la sensibilidad de cuanto te rodeaba comenzaban a ser completamente diferentes. Últimamente venía sucediéndote cada vez con más virulencia; después de cada una de las sesiones a las que eras sometido. Repentinamente se te producían estados taquicárdicos que no solían durarte demasiado, pero aquel día, además de la taquicardia, una extraña electricidad asociada a un penetrante dolor, se te inició en las paredes más profundas del cerebro. Ésta fue bajando y subiendo por la columna vertebral. La agudísima punzada te dejó extenuado, pudiendo sentir, en las puntas de los dedos y en las articulaciones, un desconocido efecto. Esa misma noche, una nueva sacudida, te hizo temblar aunque en esta ocasión, el dolor, se convirtió en algo absolutamente insoportable; tenías la sensación de que estuviesen horadándote el cerebro.



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