lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 38



38

No supiste cuánto tiempo estuviste retorciéndote y aullando en la jaula en ese doloroso estado de semi inconsciencia. Sólo recuerdas, vagamente, la dulce y serena voz de una mujer que, en la oscuridad, se te aproximó tratando de sosegarte inyectándote algo que, lentamente, fue calmando tu sufrimiento. Cuando hubiste recuperado la calma y la presión en el cerebro remitió, caíste en la cuenta de un detalle que, entonces, bajo los incontrolados y atroces efectos del dolor, no pudiste apreciar. El descubrimiento te dejó atónito…

¿Era cierto o estabas soñando? ¿Era una ilusión acústica o habías entendido lo que aquella mujer te susurraba intentando tranquilizarte? ¡Qué va…! Eso no podía ser. Era imposible. ¿Qué estupidez estabas imaginando? ¿Cómo ibas a entender a los bípedos?, pensaste. ¿Desde cuándo podía suceder una cosa así? ¿Desde cuándo un mono tenía la sorprendente capacidad de entender a los humanos? Debías estar confundido; probablemente, alucinando. Quizá, la fiebre, te había hecho delirar, creer que entendías lo que te estaba diciendo, no podía existir otra explicación. Pero, ¿cómo recordabas con tanta claridad y exactitud lo que te dijo?

Las horas que cubrieron el resto de la noche acontecieron viscosas, envueltas en angustia y preguntas. Y pese a que tu sufrimiento se había mitigado en gran medida, no pudiste dormir. Desde un rincón de la celda, tu pensamiento, se elevó a un plano irreconocible y comenzó a cuestionarse montones de cosas y minúsculos detalles que, hasta ese preciso momento, no te habían parecido importantes y que, sin embargo, al meditarlas, adquirían, de repente, volumen. Un desconocido volumen.

Las sorpresas entraron en tu vida con la fuerza de un huracán. En la solemne oscuridad del laboratorio, solamente fracturada por las luces rojas y los sensores de alarma y presencia, te llegaban voces del exterior. Lo sorprendente era que aquel indescifrable medio de comunicación ya no constituía para ti un intrincado e inexpugnable lenguaje. Al contrario. Cada segundo, cada hora, cada día que iba pasando se te hacía más accesible y moldeable. Intentaste por todos los medios no perder la cabeza y analizaste con la serenidad que te fue posible cada conversación. Al final, llegaste a desestimar la idea de que estabas volviéndote loco, lo cual, era bien sencillo que hubiese podido ocurrirte. Pero no. Afortunadamente no estabas desvariando. No, al menos, por el momento.

En el transcurso de los meses siguientes, tu evolución fue definitiva y el grado de receptividad, comprensión e inteligencia aumentaron considerablemente hasta lograr su punto de máxima inflexión. Tu coherencia, orientación y lógica, quedaban muy alejadas del simio que habías sido. Pero también, a partir de este singular fenómeno, pudiste darte cuenta de que, en realidad, no había ningún misterio ni existía milagro que justificase las magnificas excelencias en tu nuevo comportamiento. Todo debías agradecérselo, si se podía emplear así esta manoseada palabra, a los ensayos que los cabrones de los bípedos estaban llevando a cabo contigo, ya que, sus experimentaciones habían creado en ti una naciente e inesperada identidad.

Las preguntas, a su vez, seguían apareciéndote por todas las esquinas, asediándote, sin tener para muchas de ellas una solución que aportarte a ti mismo. Por lo que, inevitablemente, se convertía en una cuestión de paciencia. Barajaste las opciones que tenías a tu alcance y comprobaste que las pocas cartas que tenías a tu favor debías jugarlas con precaución, demostrándote a ti mismo la recién adquirida inteligencia unida al líder que seguías siendo. Aunque antes de resolver la situación y decidir qué hacer, debías aprender. Aprender de los humanos. Y aprender bien y rápido. Intentarías, en primer lugar, si es que te era posible, averiguar dónde te hallabas y cuáles eran sus planes, sus intenciones. Y por supuesto, seguir fingiendo, ante todo, no tener conexión alguna con lo que sucedía a tu alrededor. Poco después, muchas de tus dudas atravesarían el umbral de la penumbra para quedar definitivamente iluminadas.



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