lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 40



40

El invitado observó un segundo a la joven. Y lo que, a su criterio, interpretó como un desafío. Nadie la había hablado jamás así. Ni esperaba una respuesta tan decisiva ni directa. Sus ojos se clavaron en ella como dagas. Natacha no se perturbó. Entretanto, el director del Centro Experimental, palideció en silencio.

— Por supuesto que quiero garantías y, por cierto, las quiero todas —lanzó irritado—. Es más, las exijo. ¿O creen que estamos aquí de gira turística? Este proyecto, ustedes incluidos, la mastodóntica infraestructura creada, los sistemas informáticos, las Bases de Lanzamiento; todo, completamente todo, debe cumplir un estricto y milimétrico calendario. ¿Tienen ustedes la menor idea de lo que le cuesta a la Organización un día suyo de trabajo? Creo que no. Me parece  —prosiguió señalándoles inquisitoriamente con el dedo índice— que esta conversación no está todo lo clara que debería estar. Al paso que van, por el camino que llevan y por lo que estoy viendo —afirmó con rotundidad mirando a Ulises— este mono, ¡este puto mono!, es completamente incapaz de tocar por sí mismo un botón dentro de una cápsula. Yo esperaba algo muy diferente...

Sin darse cuenta, mientras gritaba como un poseso encabritado, fue aproximándose a la jaula.

— ¿A quién esperaba encontrarse dentro de la jaula, a Bill Gate? —reprochó Natacha con sarcasmo— Este simio y sus características, son únicas, se lo garantizo. Pero no por ello deja de ser un animal; un primate, no una máquina. Aunque puede que usted eso no lo entienda. De todas formas, este animal, le repito, “aún” se encuentra, por decírselo en un lenguaje coloquial, a “medio elaborar”. Pídannos resultados y responsabilidades en el plazo acordado: o sea, dentro de dieciséis semanas.
— Señorita —sentenció, recuperando la calma, no así el carácter implacable ni la nueva e imprevista decisión—, no creo que usted, concretamente, esté aquí para verlo.

La mujer le miró con dureza.

— Haga lo que considere oportuno —dijo, mientras sentía un nudo taponándole el estómago.

El director del Centro no abrió el pico. De soslayo observó al individuo que mantenía su encaro sobre Zinsky. Después la miró a ella. Advirtió como la vista de la joven se derrumbaba un instante en el pavimento. Sabía que la investigadora era mucho más que una compañera, llevaba meses trabajando duramente el “Proyecto Ulises”. Incluso, a veces, durmiendo en una hamaca a pocos metros del animal, controlando la evolución de sus conductas, fiebres y taquicardias, cuando éste entraba en periodos de crisis. Vigilando, noche y día, la adaptación, los progresos y las reacciones imprevistas del mono como si hubiera sido su propio hijo. Dando lo mejor de su profesión. Pero eso, ¿a quién le importaba? Carecía de mérito.

Los demás, quedaron en silencio, seguramente un tanto incómodos por la situación pero nada más. Los resultados y, sobre todo, la insolente actitud de la bióloga no dejaban dudas, tendría que pagar su atrevimiento y su patente falta de resultados.

Logan, el competente, aunque pusilánime director del Centro Experimental, finalmente, intervino. Puede que los ensayos se encontrasen en una fase demasiado embrionaria, a tenor del tiempo transcurrido. Aun así, alguien debía haber tenido en cuenta que los innumerables factores que habían ido surgiendo en el camino habían logrado provocar más retrasos de los calculados. A pesar de todo, el director, poseía la certeza de que Natacha era una excelente profesional de la que no quería prescindir a esas alturas. 



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