lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 41


41

—  Señor Haserwood, señorita Zinsky, por favor, no perdamos los nervios. Comprendo la inquietud de ambos. Dele usted el informe completo de su gestión, quizá así...
— No necesito ver ningún informe —atajó de mala manera el tipo—. ¿Es que no tienen ojos en la cara? ¿No están viendo que este miserable bicho no tiene posibilidades? —comenzó a reír nerviosamente—. ¿Se imaginan ustedes este mono en el espacio infinito enviando datos? Siempre fui un detractor del Proyecto pero a cuatro meses del lanzamiento ni me lo imagino. Esto ha sido una burla. Una pérdida de tiempo y dinero. Señor Logan —amenazó perdiendo, de súbito, su sardónica risotada—, le sugiero que no defienda lo indefendible, no es más que un aconsejo. El único informe que necesito es el que yo mismo estoy evidenciando, para eso exactamente he sido enviado por la Compañía. ¿No le parece suficiente? Han tenido un año para ofrecernos datos de interés y lo único que me encuentro al llegar es un simio drogado a punto de morir. Quiero, inmediatamente, el finiquito del equipo responsable. Hemos perdido un puto año.
— Señor Haserwood —expuso el director retomando con firmeza el puesto que le correspondía—, el Proyecto está prácticamente finalizado. Le ruego, por tanto, que nos permita llegar hasta el final para juzgar el éxito o el fracaso del experimento.
— Logan, se lo advierto, no estoy dispuesto a... —elevó considerablemente la voz el energúmeno a la vez que gesticulaba y amenazaba a los presentes inyectado en rabia.

Sin embargo, tú, Ulises, tal como te hacían llamar, desde tu jaula, con la mirada aparentemente extraviada no habías perdido, pese a las apariencias, un solo detalle de los razonamientos que exhibían unos y otros. Y aquel individuo, llamado Haserwood, te había caído mal desde el principio.

Con independencia de los planes que todos aquellos personajes te hubiesen diseñado y fabricado por su cuenta, y ante los cuales ibas a rebelarte con tremenda celeridad, ya que poseía suficientes elementos de juicio como para intentar escapar, te llegaban puntuales fogonazos de los restos que aún conservabas anclados en su primitiva memoria. Recordabas, por ejemplo, que aquella hembra humana, había dejado aparcadas muchas horas de sueño para atender incansablemente tus alterados estados espasmódicos y febriles.

Recordabas, de igual forma, cómo la dulce modulación de su tono aquietaba, en cierto modo, tu sufrimiento; casi siempre disponía de una solución que aplicarle para calmar tu espesa angustia. Pero, ante todo, evocabas, cómo su mirada se mecía ante ti abierta y serena, continuamente limpia en el óvalo de su rostro. Así que, sin poder justificar la lógica de su indignación, no dejaba de joderte que aquel impresentable vociferase a su cuidadora. Y como una centella, extendiste tu peludo brazo sacándolo fuera de la jaula para sujetarle el cuello desde atrás; de tal manera, que éste, quedó completamente pegado a los barrotes de la celda como un sello al sobre.

Tras un segundo de sorpresa, en el que nadie fue capaz de reaccionar, los gritos de alarma se extendieron por toda la sala creando una sorprendente y confusa situación.



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