lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 44


44

— Eso me resulta imposible de creer. Es el colmo. Me resulta completamente imposible de creer —rebatió Logan—. Me parece absurdo.
— ¿Por qué le parece tan absurdo?
— Porque el comportamiento que ha tenido esta tarde, ha sido como el de cualquier animal indómito. Ha sido, simplemente, una reacción que nada tiene que ver con su inteligencia. Lo ha dejado claro.
— Le recuerdo dos simples detalles —quiso, a la sazón, exponer Andrea—; el primero ha sobrevenido inmediatamente después de que Haserwood gritase a Natacha. El segundo, es que cuando ella le ha ordenado soltar, Ulises, le ha soltado. Además...

El Director interrumpió groseramente el resto de la exposición de Scópulos.

— Me parece una solemne estupidez. Usted ha perdido el juicio —atajó, Logan, malhumorado no queriendo escuchar sus inconsistentes argumentos—. Los domadores de fieras también son obedecidos y eso no hace más inteligentes a los animales...

Natacha y Andrea se miraron en silencio en un gesto de complicidad. Era cierto que nada tenía que ver una cosa con la otra. Y afortunadamente, Logan, había cortado el discurso justo un momento antes de que el ingeniero dijese en voz alta lo que opinaba desde hacía algún tiempo. Aunque, de todas maneras, a los asistentes a la reunión lógicamente se les escapaba un detalle. Posiblemente el más importante. Uno que iba más allá de lo visible y lo previsible. El único por el que ellos dos, Natacha y Andrea, sabían reconocer perfectamente determinados comportamientos: su mirada. La mirada de aquel simio últimamente era diferente, lo habían hablado entre ellos con cierta inquietud. Y por otra parte tampoco se hacía rigurosamente necesario discutir con pasión aquel tema con nadie más.

Posiblemente se llegaba a un punto de inflexión, en el que ya no se hacía interesante desvelar demasiada información. Podían terminar a buen seguro en un manicomio si eran capaces de perseverar en sus presentimientos. No existía, además, mejor sordo que el que no quería escuchar. Logan, de alguna manera, alejaba su postura de cualquier complicación; se limitaría exclusivamente a hacer su trabajo hasta dónde le dejasen. Si al final resultaba que el sujeto elegido no era válido se eliminaría y en paz. No se trataba de una cuestión de indiferencia o insensibilidad tanto como de un objetivo perfectamente definido en los planes de la Compañía IPCICCEX, el cual, no debía, en modo alguno, ser cuestionado.

Por la parte que incumbía a los investigadores, un sentimiento tácito de empatía nacía de las miradas entre la bióloga y el ingeniero que, sin estudiarlo ni premeditarlo, los ponía de acuerdo en los puntos esenciales los cuales necesitarían hablar con tranquilidad. A solas.

Eran científicos, no quedaban dudas al respecto, pero ambos comenzaban a discrepar de la filosofía y el método empleados. También de la finalidad. Empezaban a no sentirse ni bien ni cómodos con su trabajo. Se sentían tan utilizados como engañados. La concienzuda labor de investigación de todo un santo año se les iba a la mierda tras la visita de aquel cabrón sin escrúpulos que los había humillado y tachado de incompetentes. Y a los que, con muchas posibilidades, les llegaría su cese inmediato a vuelta de correo.

Pero esa preocupación, por el momento, quedaba eclipsada en un segundo plano. Porque no era aquello, ni mucho menos, lo que se había quedado al descubierto tanto como la acción de arrojar luz sobre sus propias conciencias. Eran investigadores científicos, sí, pero todo tenía un límite. Un límite que estaban sobrepasando sin darse cuenta. Y precisamente tuvo que ser el capullo de Haserwood, con su detestable prepotencia, el que les hiciese reflexionar sin querer acerca de lo que estaban haciendo. Qué ironía... Eso, unido al indudable hecho, de que tanto el uno como el otro habían iniciado desde hacía tiempo un sólido afecto por aquel bello ejemplar de mandril.



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