lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 45


45

Una luna inmensamente pálida y boquiabierta presenciaba en silencio la soledad de Natacha que, asomada en el balcón de su habitación, fumaba. Oteaba un titilante horizonte azul; intenso y algo brumoso. Aunque lo cierto es que no lograba integrarse en el paisaje. Su mirada, ausente, andaba perdida, en los desagradables acontecimientos que le había tocado vivir horas antes.

Su futuro, en semejante situación, se complicaba más de lo que ella misma podía suponer. El quedarse sin trabajo de la noche a la mañana agrietaba sus propósitos cuando por fin había decidido dar un paso hacia delante y escapar de la falta de porvenir y de la miseria que se comía a pedazos su diezmado pueblecito al sur de Kiev. Parecía que hubiese pasado, desde que soñara con huir hasta ese momento, un millón de años. Sin poder evitarlo se sentía profundamente angustiada. Se sentía destrozada y fracasada. Los esfuerzos y los años de sacrificio por llegar hasta donde actualmente se encontraba le habían supuesto, indefectiblemente, tener que dejar atrás muchas cosas para llegar a la amarga conclusión de que, tal vez, el error lo cometió cuando se abandonó en cuerpo y alma a sus sueños. Ahora, esos mismos sueños iban a verse seriamente dañados, derrumbándose precipitadamente ante ella sin que pudiera hacer nada.

Aunque si algo de verdad retorcía su maltrecho espíritu era tener conciencia de la atrocidad que había creado, edificando para aquellos bastardos un nuevo prototipo de Frankenstein. Aquel animal al que habían bautizado de igual manera que al Proyecto, era, después de todo, la auténtica víctima. La única víctima. La vida, de uno u otro modo, aquí o allá, mejor o peor, continuaría sus pasos tanto para Andrea, como para ella misma. Pero… ¿Qué iba a ser de aquel pobre animal al que habían condenado de por vida sin ninguna posibilidad? ¿Qué iba a ser de Ulises? ¿Quién le devolvería su libertad y su antigua identidad? ¿Quién le hablaría de las puestas de sol en su África natal y de sus compañeros? ¿Quién repararía los errores cometidos? Nadie. Absolutamente nadie. Sabía que en ese aspecto no existía vuelta atrás. Si los responsables del Proyecto decidían enviarlo al espacio sus días estaban contados, acabarían allí; en la infinita soledad del cosmos. Y si por el contrario optaban por no hacerlo su eliminación era, de igual modo, una crónica anunciada.

En la ventana, petrificada ante los reproches de su conciencia y una mágica y calurosa noche de plenilunio, veía pasar lentamente los minutos y las horas, incapaz de conciliar el sueño.

Alguien tocó despacio en la puerta de su habitación. Era Andrea.

—Necesito hablar contigo —susurró.
—Y yo —respondió—. Pasa.


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