lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 46


46

Andrea era un joven ingeniero griego, natural de Salónica, que reconstruía poco a poco su arrasada vida lejos de su país. El desamor le había tendido su habitual trampa mortal y se había encontrado, en más de una ocasión, en el oscuro acantilado donde se liberan los suicidas. Y decidió huir. Tras años de soledad y desesperanza, de vagar sin dirección de un lugar para otro sin nada a qué aferrarse había aparecido, súbitamente, como una estrella en su cielo vacío Natacha.

Su introvertido comportamiento se opuso desde el principio con fuerza a hablar con ella más allá de lo estrictamente profesional. Pero su corazón temblaba como una hoja; se sentía atrapado cuando Natacha le miraba o le hablaba. Aquella dulce y olvidada sensación le había devuelto, lentamente, las ganas de vivir. Y día tras día notaba cómo iba perdiendo la voluntad. El añil profundo de sus ojos traicionaba, cada vez con menos disimulo, sus calladas intenciones. Sus sentimientos, seguramente podían esperar un poco más, pero, de todas maneras, tenía que hablar con ella. No podía pasar más tiempo. Lo sucedido en el laboratorio la tarde anterior desordenaba por completo los planes del Proyecto Ulises, lo que hacía completamente necesario que ambos conversasen. Debían hablar con urgencia de muchas cosas. 

¿Qué vamos a hacer? –preguntó él.
— Si supieras que llevo toda la noche pensando en lo mismo...
— ¿Cómo es que no nos hemos dado cuenta de lo que estábamos haciendo? Esto no está bien...
—  Me parece que para esa reflexión es un poco tarde —dijo Natacha—. Les hemos hecho el trabajo sucio y dentro de un par de días, a lo sumo, nos mandarán a la mierda. Seremos historia. Yo volveré a mi pueblecito en Ucrania y tú a Salónica. Lo que más me duele —prosiguió— es pensar lo que será de Ulises. Pobre animal, somos unos cerdos. ¿Cómo y dónde acabará? Por cierto —cambió momentáneamente de conversación cuando recordó que debía hacerle aquella pregunta— ¿Es verdad que desde el principio estabas en desacuerdo con lo que hacías? —preguntó la bióloga. 
—  Absolutamente —respondió Andrea mirándola fijamente a los ojos.
— ¿Entonces por qué lo has hecho? —cruzó los brazos delante de él en media actitud de reproche.
—   Por ti. Únicamente por ti. Te veía tan entusiasmada con el Proyecto Ulises que no fui capaz de herir tus emociones. Para ti era demasiado importante. Tan importante, que ni te diste cuenta de lo que sentía. Y así me limité tan sólo, todo este tiempo, a servirte de apoyo en tus sueños. Yo no he venido hasta aquí para experimentar de esta manera con animales al servicio, más que cuestionable, de las finalidades reales de estos tíos. Vete tú a saber cuáles son, en realidad, sus intenciones. De esta historia únicamente nos han dicho una pequeña parte. Lo que a ellos les ha interesado que sepamos en cada momento, el resto lo llevan en absoluto silencio. He tenido oportunidad de ver experimentos con animales que te dejarían helada. Han sido increíbles. Asombrosos. Se acercan más a la tortura que a la ciencia y de los que han surgido los más espeluznantes resultados como respuesta, te lo garantizo. Han surgido extraños y repulsivos híbridos de formas demoníacas... Apenas sabemos nada de sus verdaderos planes, pero te aseguro que son monstruosos y repugnantes. Yo —dijo bajando la cabeza— me hubiese marchado hace tiempo; en cuando empecé a descubrir este tipo de prácticas. En cuando comprendí que todo esto estaba podrido. Pero tampoco quería perderte ni sabía cómo explicarte toda esta maraña de mierda. Tenías que darte cuenta tú sola. Una vez que me lo has preguntado ya puedes oír mi opinión, ya puedo responderte con total sinceridad. De todas maneras, ya oíste ayer al cabrón de Haserwood, al final ni agradecidos ni pagados. A la puta calle...   



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