lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 47


47

Natacha seguía mirándole intensamente. Probablemente no había escuchado el último tramo del razonamiento. Le observaba detenidamente. Como no lo había hecho nunca hasta entonces. Se le acercó aún más. Luego depositó en sus labios un pequeño beso que no quiso evitar. En un segundo había logrado comprender todo lo que el griego quiso decirle desde que la conoció.

— Creo —dijo la bióloga repuesta de la sorpresa ofrecida por Scópulos— que todo esto estaba perfectamente estudiado desde el principio...

Scópulos guardó un momento de silencio. Reflexionó. Luego dijo:

— Todo no.
— Explícate —intentó sonreír—, no me des más sorpresas… ¿A qué te refieres?
— Me refiero a nuestro amigo Ulises. Tú mejor que nadie sabe que Ulises lleva tiempo tirando balones fuera. Quizá más tiempo del que sospechamos.
— ¿Balones fuera?
— Joder, sí, que entiende perfectamente lo que oye. Estoy convencido. Otra cosa es que le interese decírnoslo. A todos los efectos, nosotros, ante sus ojos al menos, somos tan culpables de su desgracia como son los demás. Somos los responsables de su mutación genética. Quizá esté pensando que hubiese sido mejor morir en la selva. Ese, al cabo, era su mundo.
— ¿En qué estás pensando, Andrea?
— Estoy pensando —dijo el joven— en lo mínimo que podemos hacer por él. Darle una oportunidad.
—  Eso es una completa locura ¿Estás sugiriendo liberarle? ¿Hablas en serio?
— Claro que sí —bajó el tono de su voz que por la indignación contenida comenzaba a elevar—. Estoy hablando de ofrecerle una puta y exclusiva oportunidad. Aquí no tendrá ninguna. Aquí lo matarán. ¿Es que no lo entiendes? Has criado a ese animal como si fuera un hijo. Un hijo muy especial. ¿Crees que no me he dado cuenta? Si llegas a la conclusión de que nos hemos equivocado es lo menos que le debes, ¿no crees?
— Tienes razón. Lo que sucede es que libertarle sería lo mismo que no hacerlo —expuso—. No estamos en la selva. Nos encontramos en un laboratorio en medio del bosque. Un bosque muy grande, grandísimo si tú quieres, pero un bosque a fin de cuentas. Un bosque inmenso, a cien kilómetros de la ciudad. Si le soltamos estamos abocándole con total seguridad a una muerte cierta, porque, en el mejor de los casos, se ocultaría en él y sólo Dios sabe lo que podría suceder. Desde que pudiera asesinar a alguien hasta el hecho inevitable de que, antes o después, fuese abatido por las patrullas de guardabosques o el mismo ejército. 



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