lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 49


49

La luna vieja, plena y ambarina, había descendido notablemente en aquel océano mudo y negro que era el cielo. El alba, de puntillas, se acercaba aclarando suavemente la imprecisa línea del horizonte. La bióloga y el ingeniero, entretanto, correteaban por los laberínticos pasillos de la residencia con la intención de burlar la vigilancia y dirigirse en el todoterreno al laboratorio. La puesta en marcha del plan debía ser ejecutada sin dilación. No habían caminado más que un centenar de metros, cuando el teléfono móvil de ambos sonó a un tiempo. Se miraron con extrañeza. Las dos llamadas procedían de la misma zona de vigilancia del laboratorio. Casi nunca sonaba a esas horas pero cuando lo hacía era por alguna incidencia. Una extraña sensación se apoderó de los investigadores. El griego se anticipó.

— Andrea Scópulos, ¿dígame?
— Señor Scópulos —habló la voz sobresaltada del guardia de seguridad—, estamos intentando localizarle a usted y a la señorita Zinsky. Es urgente. Muy urgente...
— ¿Qué sucede?
— ¿Qué sucede? —repitió el guardia, turbado, a punto de estallarle el corazón—. Sucede que el laboratorio se ha convertido en un completo caos. Los animales se han vuelto locos. No sabemos de qué manera ni a cuento de qué pero la mayoría han escapado de sus jaulas. No hay forma de controlarlos, están enloquecidos, es una auténtica pesadilla... Tienen que venir cuanto antes.
— Ya estamos de camino, no se apure. Estamos allí en menos de un minuto. Vayan preparando los rifles narcotizantes... Por cierto, acláreme una duda… ¿Y el mandril? ¿ Han localizado al mandril? ¿Sigue en su jaula?

El guardia quedó en silencio, pensando. Su desconcentrada mente no le permitía recordar con la inmediatez que éste le exigía.

— Mire usted, ahora mismo no sé con seguridad si podría estar matándose entre el resto de los animales que andan sueltos en el laboratorio. Pero no, en su jaula, desde luego, no se encuentra.
— Bueno, tranquilícese. Estamos en marcha.

El guardia, al otro hilo del teléfono, se quedó un tanto sorprendido aunque no hizo ningún comentario. ¡Qué rapidez! —pensó—. Ya están de camino. Claro, que el guardia no podía sospechar para nada que las intenciones de Andrea y Natacha eran, precisamente, ir allí. Aunque la sorpresa venía servida en dos direcciones, ya que, al técnico, también le cogía en fuera de juego aquella inesperada situación de urgencia que desmontaba transitoriamente sus pretensiones. La residencia de todo el equipo de científicos, al igual que el centro de investigación, se hallaba estratégicamente sumida en el corazón del bosque; en una inmensa y compacta masa forestal que deliberadamente les aislaba del mundo exterior como si de un colegio universitario se tratase. El laboratorio, concretamente, distaba de la residencia cinco kilómetros.

Al tiempo que montaban en el vehículo, Zinsky, preguntó:

— ¿Qué sucede?
— En realidad, no lo sé —respondió el ingeniero con un claro gesto de preocupación—. Tan sólo que parece haber habido una estampida dentro del laboratorio.
— ¿Qué no me has dicho que deba saber? —interrogó Zinsky con recelo. 
— Que, o mucho me equivoco, o esto tiene toda la pinta de llevar estampada la firma de Ulises. 
— ¿Qué te hace pensar eso?
— Creo que lo sabes tan bien como yo. Hemos subestimado a Ulises. Ese animal, por decirlo de alguna manera, porque ya no sé lo que es, ha completado antes de lo que esperábamos su mutación genética. Ha estado observándonos él más a nosotros que nosotros a él. Y personalmente estoy convencido que lo único que ha hecho es anticiparse a nuestro juego. Bueno, eso, y a joder de paso todos los proyectos en curso, lo que no me parece mal...
— ¿Y qué problema hay? ¿No es en el fondo lo que deseabas?
— Sí, pero...
— ¿Pero…?
— Lo único que lamento es no haber tenido ocasión para disculparnos por la iniquidad cometida.



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