lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 50


50

Cuando el todoterreno entró chillando ruedas en el área del edificio éste se encontraba completamente iluminado. Los reflectores recorrían las inmediaciones sin cesar, como en un campo de concentración, extendiendo sus potentes halos de luz, mientras las sirenas rompían con sus aullidos el silencio de la noche. Dos docenas de agentes de seguridad, armados hasta las cejas, se movían inquietamente de un lugar para otro como abejas obreras en un panal.

Bud Morrison, el responsable del personal de seguridad, informaba a Logan de lo sucedido.

— No sabemos lo que ha pasado —argüía—. Esto jamás había ocurrido anteriormente. Lo cierto es que al laboratorio no hay quién entre. Casi todos los animales se encuentran fuera de sus jaulas. No he visto cosa igual en mi vida, esto es un complot... Alguien ha abierto desde fuera las puertas. No cabe otra explicación, la apertura se efectúa electrónicamente desde la cabina de mando. 

Andrea y Natacha, se miraron inmediatamente. Sin decir una sola palabra se habían entendido. No podían estar completamente seguros que tal acción fuera obra de Ulises. Pero algo, una sensación imposible de describir, les hacía estar casi convencidos. Lo más factible de pensar era que, en efecto, alguien desde el interior del inmueble hubiese accionado la apertura de las jaulas con alguna finalidad que posiblemente jamás sería descubierta; si bien la supuesta conspiración recaería irremediablemente sobre los empleados que se hallaban amenazados.

Los animales que aún estuviesen en el interior del edificio, que no eran todos, parecían igualmente amotinados lo que entrañaba una grave contingencia. El resto, los más rápidos y menos voluminosos, se habían desperdigado en la oscuridad. Todo aquel desastre suponía, entre otras muchas cosas, tener que pedir refuerzos urgentes al ejército y a la policía del estado, rastrear detenidamente la zona, capturar las especies y poner la zona en cuarentena hasta haber censado y controlado debidamente todas y cada una de las razas; y con mucho más motivo, a aquellas especies secretas, grotescamente híbridas, que no aparecían en ningún catálogo y que sólo unos pocos sabían de su existencia.

Eso, desde luego, les mantendría ocupados bastantes días. Y no se trataba de un juego, ya que, al menos, un guardia de seguridad ya había muerto bajo las garras de un león, al coincidir en uno de los pasillos del  edificio. La superficie de actuación de los animales escapados por difícil que pudiera resultar, no obstante, quedaba relativamente controlada por las vallas electrificadas, que, casi automáticamente, o sea, a los cinco minutos de iniciarse las alarmas, quedaban a una tensión de cuatro mil voltios, lo que supondría que, alguno de ellos, en su afán de libertad, quedase inevitablemente electrocutado.

El desconcierto que implicaría el hecho vendría inmediatamente seguido de una feroz espantada de vuelta, que pondría en serios aprietos al personal de seguridad, los cuales, en muchos casos, no tenderían más cojones que abatir las fieras y no siempre efectuando descargas narcotizantes, ya que, tales efectos sedantes, antes de lograr su propósito, podían ser causa de muchas desgracias.

A la noche le quedaba una hora escasamente de reinado. Al rayar el día, media docena de helicópteros se pondrían en movimiento recorriendo la zona boscosa, localizando a los huidos por los sistemas GPS que llevaban incorporados en las cabinas y por los implantes electrónicos, que éstos, los animales, tenían depositados en el interior de su piel indicando su posición con exactitud.



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