lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 51


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Pero por el momento, nadie, absolutamente nadie, conseguía saber a ciencia cierta qué era lo que había ocurrido aquella noche allí, y, por tanto, ofrecer una explicación lógica y convincente. Natacha y Andrea gozaban de un pálpito. Pero la sensación, sin más datos, no servía de gran cosa. Al menos, hasta no lograr acceder al interior del laboratorio y verificar los hechos. De otra parte, nadie iba a pedirles su opinión por el momento; desde el principio se había dado por hecho que la metamorfosis genética practicada al simio no era sino un profundo tropiezo, un fracaso científico de proporciones considerables y una pérdida de tiempo. Todo esto, además haberse negado en redondo a oírles.

El director disponía de apenas unos minutos para establecer un argumento lo suficientemente sólido y creíble ante el Comité de la Fundación, de lo contrario, en breve, también pasaría a engrosar las filas del paro. Y lo único que tenía claro, por desgracia, era el desconcierto que habitaba en el Centro y que no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando.

Logan, el director, no era un mal tipo, aunque la inseguridad de su carácter le había convertido en un tremendo pusilánime que no soñaba más que con su retiro y no estaba dispuesto a inmolar su carrera a tres años de su jubilación. Era de esos tíos que andaba permanentemente acojonado, tachando los días del calendario como el soldado en vísperas de licenciarse. Su mirada, apagada, hipocondríaca y taciturna, pocas veces trataba de revelarse, pero, en el fondo de su alma se sentía como todas esas bestias que se habían escapado aquella noche, se encontraba atrapado en una catástrofe de índole personal; su vocación de veterinario quedaba muy alejada de lo que en realidad hacía cada día. No tenía hijos que mantener y podía haber mandado a la mierda hacía años la opresión de la Fundación intentado vivir de acuerdo con sus ideas, pero su incapacidad de resolución, y su cobardía, le mantenían amarrado en aquel Centro donde los años iban sucediéndose lánguidamente a la espera de lo jamás ocurriría.

A la velocidad que marchaban los acontecimientos, Haserwood,  y parte de la corte llegaría, y no sabría qué decirles, y todo por lo que había estado luchando durante treinta años se iría en un minuto a la basura. Tenía que averiguar, a costa de lo que fuese, los motivos del desbarajuste o inventárselos para salir airoso de la situación; debía encontrar un chivo expiatorio al precio que fuese.

Visiblemente alterado se dirigió a Andrea:

— ¿Ustedes no habrán tenido nada que ver en toda esta historia, supongo? Esto es muy serio.

Logan conocía de sobra la postura crítica de Scópulos.

— Nosotros —dijo irónicamente queriendo quedar al margen de sus fallos— hemos llegado después de usted. Este tinglado ya estaba montado.
— Eso sabe perfectamente que no significa nada —advirtió. 
— Está tratando de adjudicar culpables por lo que veo. No tiene ni menor idea de lo que ha sucedido y necesita, a la fuerza, mandar a alguien al paredón...




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