lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 56


56

La verdad fue descubriéndose con el tiempo suficiente para que tú, aquella noche, escaparas con comodidad. Los únicos que habían detectado tu comportamiento no fueron creídos con la rapidez que requería el asunto lo que te dio cierta ventaja.

Tras ensayar una y otra vez con la tarjeta de plástico durante semanas, determinado día, conseguiste por fin deslizar el pestillo cerrándolo nuevamente. No debías precipitarte, tenías que esperar el momento adecuado para escapar; eras consciente que los humanos tratarían de impedir tu huida. La tarde que tuviste ocasión de escuchar el tiempo que te quedaba allí, decidiste arrancarte el implante electrónico subcutáneo que llevabas incrustado en el brazo y esperar que las horas transcurriesen. En todo aquello, sin embargo, existía un problema. Un importante problema por resolver. Los bípedos eran demasiados y debías crear, entre ellos, la confusión para aprovechar la fuga. De otra manera tu riesgo sería muy superior. Entonces lo viste claro; provocarías una estampida generalizada. Después, cada uno, tendría que ser dueño de sus actos. O para escapar o para morir en el intento.

Cuando conseguiste salir de la jaula, advertiste una sensación de libertad olvidada. Antes de que el resto de los animales enjaulados comenzaran a inquietarse fuiste directamente a la cabina. En todas las ocasiones los vigilantes, al relevo de sus turnos de guardia, debían informar en qué situación se hallaba el gobierno del laboratorio y las alambradas; lo que te alertó haciéndote considerar que era en la cabina desde donde se ejercía el dominio absoluto. Efectivamente, cuando te situaste delante de la mesa de control comprobaste, cómo, a cada jaula, le correspondía un número en el panel y un dibujo. Después de varios intentos fallidos averiguaste dónde se emplazaba la palanca de apertura general de las celdas y más tarde la llave que conectaba y desconectaba la electrificación general. Estabas alucinado; eras capaz de interpretar con enorme facilidad aquellos símbolos tan necesarios como imprescindibles para zafarte de aquella especie de cárcel en donde supiste por los mismos humanos el tiempo que llevabas en cautiverio. Fue por esa misma razón por lo que pudiste anular sin excesivos obstáculos el reloj digital que establecía la puesta en marcha de las alambradas, electrificándolas.

Todo en apariencia debía continuar igual hasta el momento en que decidieses tirar de las puertas liberando a sus prisioneros. Si bien la cuenta atrás, a partir de ahí, comenzaba en ese preciso momento también para ti. Una vez que abrieses la primera trampilla no tendrías otra opción que no fuera la de sumarte al grupo y ser uno más.

Con todo, debías tener en cuenta varios factores. El más importante suponía evidentemente un riesgo; ibas a poner en libertad a animales que, en otra situación, en la selva concretamente, se disputarían tu cabeza sin dudarlo. Muchos de ellos eran enemigos acérrimos y realmente no sabías a ciencia cierta cuál podría ser su reacción. Lo mismo optaban por escapar sin más, ignorando tu presencia, que podían, por el contrario, enganchársete al cuello. Todo, desde luego, constituía un elevado riesgo; cualquiera de ellos seguía viéndote como lo que eras al menos exteriormente. Continuabas siendo un mandril.



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