lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 57


57

Aquello era otra de las cosas que debías analizar en profundidad. Sí, incuestionablemente seguías teniendo la apariencia de un mono. Pero sólo te quedaba la apariencia. Interiormente tu cerebro había cursado enormes y profundos cambios. Ahora tu comprensión, tu determinación y tus acciones eran más semejantes a las de los humanos que a los de tu propia especie. En realidad la confusión se apoderaba de ti. No sabías bien en dónde situarte; tu mundo se demolía sin tener tiempo ni capacidad para la reacción. Como novedad descubrías un nuevo mundo de sensaciones antes jamás sospechadas; tu perspectiva se desplegaba con toda su intensidad teniendo, de repente, una inmensa capacidad de discernimiento. Pero ese nuevo e inesperado raciocinio no te hacía mejor, sino simplemente distinto. Tu egoísmo y crueldad emergían con fuerza desde las sombras tu mente tomando un siniestro relevo en tus instintos.

Cuando bajaste la maneta, los cerrojos sonaron al unísono, secos y metálicos. Los animales empezaron a agitarse dentro de sus habitáculos, nerviosos. El paso siguiente consistía en abrir las portezuelas. Dudaste, pero ya no había vuelta atrás; fuiste sujetando las puertas y tirando de ellas. En muchos casos no hizo falta que te acercaras. La libertad se encontraba a un paso. Probablemente también la muerte. Ese sería el precio que todos tendríais que pagar.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, todo el laboratorio se convirtió en un improvisado y convulso caos en donde las fieras emprendieron una tumultuosa y anárquica estampida por los corredores del edificio. En cada empujón que propinabas a una puerta, surgía un ejemplar más o menos atolondrado que te miraba con inquieta extrañeza y que probablemente se preguntaba qué estaba sucediendo. Tras esas fracciones de segundo e incertidumbre saltaban de las jaulas buscando una salida como alma que lleva el diablo. Tu misión estaba finalizando prácticamente. La mayoría de los animales que podías liberar ya se hallaban dispersos por las galerías. Las cosas habían marchado según lo calculado; el desconcierto estaba servido y las alarmas abrían sus dementes chillidos a la noche. Todo iba bien hasta que llegaste a una de las últimas jaulas que quedaban aún pendientes.

El habitáculo estaba sucio y oscuro; el fétido olor, sin embargo, no te resultó desconocido. Trataste de escrutar. Por un instante te pareció vacía. Cuando te disponías a cerrar la puerta recibiste un entrecortado y mermado ronquido. Entonces fijaste tu atención. Al fondo, muy al fondo, dos inapreciables lucecitas se encontraban detenidas en ti, observándote. ¿Quién eres?, pensaste. La sorpresa tomó forma cuando comprobaste que el no haberte dado cuenta antes de su presencia era debido al color azabache de su pelaje...  Era Kurwuahc. El gran Kurwuahc. El “espalda plateada” contra el que tiempo atrás te batieses. Quedasteis mirándoos. Le gruñiste instándole a salir, pero su mirada no era la misma. Te miraba como si no estuvieses allí, como si la puerta no estuviese abierta. Como si nada hubiese sucedido. Como si nada a su alrededor le importase. Como si no le quedase una oportunidad. Sus ojos, sus pequeños ojos de color avellana no eran los ojos altivos de un líder. Sus ojos continuaban extraviados y macilentos, ignorándote. Eran los ojos humillados de la angustia y la autodestrucción.

Lógicamente siendo sólo un mandril estos planteamientos jamás se te hubiesen ocurrido, pero ya no era así. En tu trastorno mental, no sabías si para bien o para mal, lo cierto era que habías dejado de ser un mono. Ahora tu sensibilidad tocaba con frecuencia las paredes de tu cerebro llamándote la atención acerca de lo que sucedía al alrededor.

Y no, Kurwuahc, definitivamente no quería salir de aquel pestilente agujero. Quería terminar de una vez. Simplemente se había rendido y quería morir. Le habían arrebatado de un tajo el color de sus sueños y ya nada tenía para él importancia. Su horda, igual que la tuya, había sido destrozada y su vida, por la actitud que te mostró, pareció carecer del menor sentido.  




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