lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 58


58

Ya, en la puerta principal, los primeros animales fueron cayendo derrotados bajo los impactos de las balas de los vigilantes que finalmente tuvieron que refugiarse, ante la mastodóntica e incontrolada manada que se les vino encima. El incontrolado oleaje de las fieras fue convirtiéndose en una marabunta desquiciada y frenética que extendió sus brazos como el magma de un volcán para alojarse en la densa oscuridad de la noche. Tu posición, astuta y prevenida, te hizo salir del inmueble en el grueso del pelotón, evitando, tanto por la altura como por el volumen, ser alcanzado por los disparos de los francotiradores. Las luces de los focos en la noche danzaban de aquí para allá. Las sirenas se desgañitaban, los animales huían despavoridos sin rumbo. Todo era un completo desorden. Pero tú al fin eras libre. Libre para vivir o morir.

Las secas descargas de los rifles seguían retumbando y silbando a tus espaldas entre los árboles que dejabas atrás a medida que ibas introduciéndote en el bosque. Corrías como un poseso. Como si aquello fuese lo último que fueras a hacer el resto de tu vida. Corrías, y mientras lo hacías, notabas como el oxígeno en tus pulmones era cada vez más espeso; la patente falta de ejercicio como consecuencia del tiempo permanecido en aquella jaula de un metro cuadrado habían entumecido tus músculos. Y ahora, cuando más lo necesitabas, no respondían debidamente a tus órdenes. Pero seguiste. Seguiste corriendo durante mucho tiempo. No supiste cuánto. Al llegar a las alambradas, la oscuridad dominaba el paisaje. Únicamente una biliosa y estriada luna arrojaba su pálida claridad mientras observaba apática vuestra tribulación.

La lógica te detuvo a escasa distancia, no quisiste lanzarte sobre las vallas como hubiera sido tu primera intención. ¿Y si no habías conseguido desactivar la electrificación como era tu intención? O, ¿y si la habían vuelto a activar para obstaculizar vuestra evasión?

Lo adecuado, Ulises, hubiera sido decir que acababas de estrenar tu traje de sensatez combinándolo, adecuadamente, con el estricto sentido de la supervivencia que ya poseías. Así, en tales situaciones, cediste la embestida a otros animales destacadamente más voluminosos que tú, y también más ciegos, para que tomaran su contundente palabra precipitándose contra éstas. Tras varios y espectaculares impactos contra las mallas, un crujiente desagarro en uno de los paños ocasionó el éxodo en los animales que habían conseguido llegar hasta tales confines.



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