lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 59


59

Tu existencia, Ulises, a partir de aquella extraña noche, volvió a girar inesperadamente porque, también tu destino seguía girando en su propia nebulosa.

No volviste a saber nada del gran Kurwuahc, del que suponías que desde aquella última vez que le habías visto negándose a salir de su ergástula habría ido languideciendo hasta consumirse como una vela, ni tampoco de la hembra humana que tanto había cuidado de ti. A partir de esa noche tu destino sin rumbo fue escribiéndose día a día en una página manchada de desesperanza; sin metas razonables ni alcanzables, excepto la de seguir con vida, porque, de eso sí estabas seguro: no querías morir, pero aún menos, enjaulado.

Había habido un tiempo, un pretérito inclemente y demoledor, en el que te habías visto sumergido en esa angustia de la misma forma en que encontraste aquel día a Kurwuahc. Un ayer, en el que quisiste acabar cuanto antes con la iniquidad que te rodeaba; te veías incapaz de soportar la melancolía del recuerdo. Pero, sin duda, aquel gorila —reflexionabas— cometía el peor error de su vida; estaba dejándose llevar por las emociones que ya no tenían remedio. Dejándose llevar por lo imposible. Por lo irreversible: por el pasado. No estaba dejando de mirar atrás lo que le impedía mirar hacia adelante. Y lejos de avanzar, retrocedía sin darse cuenta. La amargura le resultaba insoportable. No era un espejismo ni una flojedad en el carácter, ni siquiera una justificación para llorar, ni mucho menos. Ojalá.

Aquello no era más que la vida, la puta vida. La misma que se entretenía con sarcasmo en la soledad abriéndole las heridas. Reviviéndole con descaro, una y otra vez, la misma historia. Leyéndole, continuamente, los mismos renglones y las mismas páginas. Estrangulándole, sin piedad, la voluntad de superación. La misma que le atenazaba bestialmente la paz interior haciéndole sucumbir el corazón y la mente sin dejarle una sola posibilidad a la esperanza. Nadie tendría... nadie debería llorar eternamente. Porque, aunque esto, una vez más, suene a filosofía barata, la vida es demasiado corta, demasiado efímera, demasiado fugaz, como para no intentar aferrarnos a ella con fuerza y vivir cada momento lo más intensamente posible.

Pero, claro, todo esto es teoría y como teoría está muy bien. Luego se encuentra la realidad dándonos pescozones a los más torpes. Una aplastante realidad que casi nunca coincide, porque, a fin de cuentas, ni todas las emociones se encuentran en el corazón ni todas las teorías en el cerebro.  


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