lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 60


60

Tras la fuga del Centro Experimental vagaste desconcertado, sin descanso, por parajes desconocidos. No sabías dónde te encontrabas. El tipo de árboles, la vegetación, los ríos, incluso los animales, todo era diferente a lo que estabas acostumbrado a ver. Los alimentos no se parecían en nada. Tuviste que ingeniártelas haciendo de tripas corazón y probar, en ocasiones, extraños tallos y bulbos que en nada te recordaban a los deliciosos y crujientes bambúes. En las riberas de los ríos obtuviste más suerte y la oportunidad de degustar pequeños anfibios que se aproximaban más al sabor al que estabas familiarizado. En tu desordenado y errático vagar, sin tener una idea concreta qué seguir, sino más bien de quién huir, habías terminado perdiendo la noción del tiempo; no sabías cuánto había pasado. Suponías, sin criterio, que un par de meses. De lo único que tenías seguridad era de tu permanente estado de ánimo siempre tenso, envuelto en sobresaltos.

Durante el día procurabas refugiarte en lugares oscuros, seguros, recónditos y, por lo general, inaccesibles. El color de tu piel era, en esta ocasión, tu más temible enemigo; delataba tus movimientos. Apenas efectuabas desplazamientos, sólo los inevitables. Era, durante la noche, en las sombras, cuando sirviéndote de la oscuridad te movías con el sigilo de un fantasma de un lugar a otro, evitando, a menos que fuese completamente necesario, atravesar carreteras y caminos. No habías vuelto a ver de cerca a ningún ser humano, aunque presentías cada vez más cercana su sombra letal. Tu intuición te hacía sentirte acorralado; sabías que te buscaban y el cerco era, cada día, más estrecho. En ocasiones, de lejos, les habías oído murmurar pero jamás intentaste hacerles cara, eso sería lo último. Al contrario; procurabas por todos los medios esfumarte. Porque, en efecto, continuamente, circulaban numerosos grupos y patrullas forestales destinados a seguir exclusivamente tu rastro en helicópteros, en coche y a pie.

Todos intuían que te encontrabas oculto en algún lugar de aquel inextricable bosque y sistemáticamente peinaban las zonas. En realidad pretendían lo que tú mismo temías. Querían que te desplazases. Cuanto más lo hicieses, más posibilidades existían de atraparte. Alguna vez, los expertos, habían encontrado pequeños e inconexos indicios de tus traslaciones aunque difícilmente podían asegurar que éstos correspondiesen a un mandril. Aquel mono pintado, que eras tú, se había vuelto lo suficientemente inteligente como para esquivar su captura. E incluso las heces las depositabas bajo tierra ocultando en todo momento tu presencia. Aquel lugar, por fortuna, tal como comentase el ingeniero a Zinsky, era desmedidamente grande, intrincado y abrupto, como para estar toda la vida jugando al gato y al ratón.

Pero el hecho de ir sin rumbo, perdido, siempre intentando huir, hizo que fueras poco a poco, en las semanas siguientes, acercándote a otra jungla sin duda mucho más cruel, lamentable y despiadada. Esta vez era una jungla de asfalto. Era la ciudad.  



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