lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 61


61

Al anochecer de aquel día, desde lo alto del viaducto que terminaba incrustándose en la metrópoli como un espetón, contemplaste aterrorizado el espectáculo.

¿Qué diablos era aquello?

Algo más tarde, emprendiste un temeroso viaje en la misma dirección sin saber bien a qué te enfrentarías. Lo hiciste bordeando la calzada. Decenas de artefactos enloquecidos silbaban cerca de ti. Tan cerca que casi conseguían rozarte. Podías percibir con pánico sus estridentes vibraciones en el suelo. Sentiste náuseas y mariposas envenenadas revoloteándote en el estómago.

Una feroz y apretada niebla aprisionaba, en un extraño efecto óptico, el indefinible conglomerado de piezas simétricas que se apilaban entre sí, extendiéndose hasta perderse.

Ya, en la metrópoli, tu pulso se agitó aún más.

Comenzó a galopar en tus venas. Infinidad de lucecitas parpadeaban desquiciadas. Un agudo olor a gasóleo se coló en tu hocico induciéndote a la angustia. ¿Qué era aquello? Miles de vehículos se amontonaban delirantes sobre las avenidas.

Entonces, un clamor de fondo golpeó violentamente tu corazón: habías llegado al mismísimo corazón del infierno. 



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