domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.10


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Claro está que en el libro de los humanos, aquélla, era una palabra muy usual aunque tú aún no lo supieses. El tiempo, sin tardar, te pondría innumerables ejemplos de cómo les divierte la enfermiza sensación de torturar y destruir cuanto tocan.

También tú habías condenado a aquel animal sin proponértelo de un modo cierto. Le habías destrozado una de sus patas negándole así la única posibilidad de supervivencia dentro de la jungla. En cualquier instante sería presa fácil de otro predador; de las hienas manchadas, los chacales o los licaones, capaces de cortarse una de las orejas por comerse tan sólo una uña de aquel majestuoso y codiciado carnívoro. El postre sería para el más osado de los carroñeros, el buitre africano de espalda blanca, quizá. O, tal vez, para el de cabeza blanca. O, posiblemente, para algún ávido y hambriento alimoche venido de la zona de los Grandes Lagos. De todas maneras era de sobra sabido, a través de un estricto y cruel código, que sus días estaban más que contados.

Pronto la solemnidad del momento, la tremenda realidad, te hizo regresar olvidando temporalmente los luctuosos pensamientos que no sabías exactamente a santo de qué te llegaban. El júbilo de tus colegas era grande y también la admiración por lo sucedido. Observaban el fracaso del felino como un galardón de guerra. Has de confesar que, al final, te hinchaste de orgullo para no darle más importancia a la cuestión.

Más tarde buscasteis el desafortunado cuerpo del que había sido nuestro compañero. Lo encontrasteis tan sólo a medias, ya que se encontraba prácticamente destrozado. La primera intención del felino habría sido, probablemente, la de llevarse su presa. Pero al detectar la presencia de otros simios quiso hacerse valer intentado que prevaleciera su ley y esa cuestión de honor le perdió. Seguramente, aquel mono desgraciado, también se había alejado demasiado del resto, a juzgar por la distancia en donde le hallasteis. Evidentemente, al leopardo, le resultó muy cómodo atacar a un solo y despistado miembro. Máxime si tenemos en cuenta que, Kauh, era seguramente el más joven del grupo.

Cuando decidisteis regresar después de aquella odisea, el sol se encontraba verticalmente sobre vosotros como una gigantesca bola de fuego. Y lo hicisteis despacio. Muy despacio. Éste era ígneo. Pesaba sobre vuestras espaldas como lápidas. El apretado mosaico amarillo de la sabana hizo un guiño cuando se formaron columnas de aire caliente; corrientes térmicas que, con frecuencia, aprovechaban activamente los buitres carroñeros para despegar de las ramas de las acacias y de las rocas, enrolándose, a continuación, en la comba de aquellos abrasadores circuitos. De esta original manera iban ganando altura, aprovechando la dotación de la fuerza ascensional en el interior de las bolsas de aire.

Cuando habían conseguido una altitud que oscilaba probablemente, desde los 200m hasta los 2.000m, dominaban con amplia comodidad la situación. Sólo gracias a estos efectos de tipo natural y a sus increíbles vuelos de exploración, habían sido, sin pretenderlo, testigos de excepción del sangriento combate.



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