domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.12


12

Días más tarde, cuando en la lejanía de la estepa el grupo y tú observasteis una banda de chacales que ágiles y temerosos roían entre las hierbas la piltrafa de un caballito africano, y un enorme buitre torgo de color caoba se disputaba con tres buitres de espalda blanca el jirón ensangrentado de la cebra abatida, recordaste de nuevo a Sgragor. Claro, tuviste en cuenta, enseguida, que podías haber sido tú el infortunado.

Lo probable era que a esas alturas ya hubiese ido a formar parte del estómago de algún otro animal. Por el lado que realmente te importaba, aún te lamentabas de tu precario estado; seguías herido, y a cada paso que dabas te dolían más las malditas llagas, trofeo indiscutible de la primera contienda. Era casi insostenible. El dolor te llegaba hasta el cerebro. Zop, en un notable gesto de agradecimiento, arrancó para ti panicum mentolada y la humedeció con barro y limo de la charca. Aquel primitivo emplasto, aplicado con torpeza sobre las heridas, calmó tu sufrimiento temporalmente y cortó la hemorragia. La lesión era profunda y sólo cierta humedad tratada con el calmante de moho verde del lecho del río alivió el profundo daño. De camino, y aunque casi todos habíais perdido el apetito, degustasteis raíces y tubérculos frescos que encontrasteis al paso.

Al llegar al último tramo de la arboleda, desde donde podíais divisar el calvero en el que la horda tenía situada su estancia habitual, notasteis de nuevo que algo no iba bien. Intuición quizá. Pero te llamó poderosamente la atención la inexplicable ausencia de aves y otros animales en las copas de los enormes mahoganys. Tampoco existían señales de impalas ni de ningún otro tipo de bóvido, los cuales, gracias a su finísimo olfato y sensibilidad auditiva garantizaban en todo momento vuestra tranquilidad ante la presencia de cualquier amenaza. Aquél era un silencio impropio y excesivo. Forzado y tenso, lo adivinabas. Sólo el silbido candente del viento procedente de la sabana se dejaba oír deslizándose en zapatillas entre el verdinegro dosel de los majestuosos y titánicos árboles africanos.

Rápidamente alertaste a tus colegas. En vuestro ambiente natural era muy fácil predecir cuando algo fuera de lo normal estaba sucediendo. Intentasteis de ir de la manera más cauta, silenciosa y disciplinada posible en medio de los arbustos. Así anduvisteis un escaso centenar de metros, manteniendo la cautela necesaria hasta encontraros en el punto desde donde poder observar sin ningún tipo de peligro. Fue alarmante comprobar que no existía el menor rastro de ninguno de los miembros de la manada. Y resultaba del todo extraño que hubiesen decidido marcharse sin más. Debía existir algún motivo lo suficientemente importante como para tomar tal decisión. Con esta escalofriante incógnita sobre vuestras cabezas fuisteis lentamente hacia la tremenda realidad.

Originalmente no advertisteis nada que os hiciera llegar a una conclusión. Fue, después, al encontrar entre unos matorrales el cadáver de una hembra cuando vuestra preocupación se hizo manifiesta. A lo largo de la tarde hallasteis varios cuerpos muertos. A tus compañeros, como a ti mismo, os iba aumentando la adrenalina por momentos. No acertabais a comprender nada de lo ocurrido. Después de oler y examinar, uno a uno, los muertos que habíais ido hallando diseminados en las proximidades, reparaste en dos detalles que, en aquel instante, te dejaron más confundido todavía.





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