domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.13


13

El primero se refería a que, exceptuando a un viejo, cojo y achacoso mono, el resto, eran hembras también de avanzada edad. El otro aspecto era el más singular; junto a éstos, había huellas de sangre, ya absorbida por la tierra, que parecían manados de uno o dos, a lo sumo, diminutos agujeros que te costaba identificar entre el pelo. Te quedaste realmente estupefacto. Jamás reconocerías su origen. Era imposible. ¿Qué clase de animal actuaba de esa forma? Inventaste docenas de argumentos para justificar las imágenes tan atroces que te ofrecían los ojos; las águilas no actuaban de ese modo. Cualquier grupo de leopardos hubiera atacado, sin distinción, a machos y hembras. Y quizá, en la edad de aquéllos podía existir un argumento, aunque no lo sabías.

De todas formas… ¿Dónde se acertaban los demás cuerpos? Porque sólo teníais diez o doce de un número infinitamente superior. Y otra cuestión. ¿Qué animal, en su sano juicio, ataca a una manada de mandriles? Por otra parte, ningún animal mata por matar; por el sádico e inútil placer de hacerlo si después no devora su presa. Salvo que estuviera loco, que podía ocurrir. Tú, todavía, no sabías de ninguno; sencillamente no concebías el sentido del acto. Tu mente no podía justificar la acción de matar a menos que fuera rigurosamente necesario. Matar o morir, lo comprendías. Comer para vivir, necesario. Lo demás tenías que aprenderlo. No te estabas olvidando del hombre, simplemente no lo conocías.

La tarde se hundió en un profundo y doloroso silencio. Como la piedra en un pozo tan profundo como insondable. Y es que en las grandes regiones ecuatoriales de la Tierra el crepúsculo es grandioso pero muy corto. Los colores vivos, cálidos y metálicos van apagándose como si la vida escupiera su último aliento. Y así, casi automáticamente, se pasa de la luz cenital y del calor intenso, al fresco vivificante y dorado anochecer. Sin prisa, pero renglón a renglón. El día que agoniza deja escrito en el cielo su última voluntad, dar paso al ocaso. Minuto a minuto, el sol,  esa gigantesca e inacabable bola de fuego acaba desplomándose sobre la perfecta e intacta línea del horizonte. Y paulatinamente, los matices pierden su fuerza para tornarse más oscuros y opacos. Los que fueran los amarillos más llamativos y los rojizos más intensos toman un siniestro relevo pintándose con cierta suavidad entre ellos de tonos ocres.

A pesar de esta aparente calma, a la caída de la tarde, se despliega en secreto una gran actividad. Los animales diurnos aprovechan esos cuarenta minutos para misiones de caza muy concretas luchando contra el tiempo. Por su parte, los predadores nocturnos, se disponen a iniciar su oscura jornada de trabajo, pero lo hacen con la tranquilidad y la monotonía de quien va a trabajar a la fábrica; con la parsimonia de quien tiene todavía muchas horas por delante.

Cuando finalmente la penumbra hizo presa extendiendo su oscura mano por el lugar, las pintadas, los francolines, las queleas de pico rojo y los tejedores callaron sus potentes y penetrantes cantos. La vida, por un instante, pareció detenerse. La multitud de aves que hasta ese momento habían inundado el aire, desaparecieron. La selva y la estepa cesaron, quedando todo en una infinita calma. Al fondo, unos inmensos baobabs recortaron sus corpulentas y rígidas figuras en posiciones de clemencia ante una soledad que les llegaba por los cuatro costados. Sus figuras impávidas y destartaladas lloraron en un amargo y extraño silencio en busca de la paz negada.



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