domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.16


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En virtud a los innumerables experimentos que llevaron a cabo contigo en aquel laboratorio durante dos años y medio, despertaron en ti la inteligencia nada común que hoy posees. Antes de todo eso tu lógica era la de un simple primate. Te movías por intuición y por los impulsos propios de tu raza; la precaución, el valor, el sexo, la audacia. En fin, todo lo que formaba parte de tu especie. Hoy, no. Ni mucho menos.

Hoy, eres capaz de razonar con un método definitivamente humano. Esa capacidad te asusta. Lograste asimilar a la perfección dicha comprensión. Aprendiste a descifrar los signos de lectura y los de cálculo y también a trazar con soltura los símbolos. Dicho de otro modo; eres capaz de entender e interpretar las cosas que te suceden y te rodean.

Además de esto, a través de los ensayos practicados, introdujeron en ti, como parte del programa de experimentación, amplios conocimientos de geografía, física, lógica, astronomía y zoología, entre otros. Conectaron electrodos en tu cerebro durante meses, enviándote continuamente al neocórtex superior y al hipotálamo, claves, imágenes, mapas y complicadas informaciones, a una velocidad de secuencia algo inferior al de la luz. Durante largos periodos esta situación se sucedió sin descanso bombardeando tu cerebro. Tardaste muchas sesiones hasta llegar a comprender, pero, con el paso del tiempo, lo que al principio se te antojaba un intrincado lenguaje de jeroglíficos fue alcanzando un volumen. Un volumen cada vez menos confuso y abstracto. Progresivamente comenzaste a entender palabras sueltas. Eras tan inteligente como los humanos pero podías llegar a ser más cruel. Sólo tenían que ponerte a prueba.

Más tarde llegó el momento en que el que tu porcentaje, tanto de asimilación como de comprensión, fueron verdaderamente notables. La finalidad última de introducirte mediante el sueño tal cantidad de datos, tenía, como es natural, varios propósitos en distintas etapas. El primero consistía, básicamente, en averiguar hasta dónde podía llegar el grado de retentiva mental de un simio después de haber estado tan fuertemente sometido a una determinada presión de conocimientos, textos, dibujos, cifras y cosas. Finalmente, y si todo funcionaba con el éxito previsto, aquel durísimo entrenamiento tenía una estremecedora segunda parte; la de ser catapultado sin posibilidad de retorno a distintos puntos del espacio. A lugares donde, por el momento, resulta todavía impensable que el ser humano pueda alcanzar.

Eso significaba una sola cosa: que jamás regresarías. Estabas destinado, condenado a vagar indefinidamente en una odisea mortal por el firmamento para transmitir y recibir información hasta el último instante, mediante los chips de última generación que te habían sido implantados. A través de los cuales, ellos, los humanos, podrían controlar tu gestión a bordo con relativo dominio desde la Tierra. El plan para el que habías sido destinado fue bautizado como “Proyecto Ulises”, un desafortunado paralelismo homérico, absolutamente experimental, más allá de la fábula y de cualquier otro sueño.



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