domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.19


19

¿Recuerdas, Ulises, realmente, cómo sucedió? ¿Acaso lo has olvidado? Te revolviste inquieto y un tanto desesperado entre los desperdicios y la suciedad del hediondo callejón. Te encontrabas completamente desorientado y aturdido. La ansiedad y el miedo te mantenían en tensión y no habías logrado ni por un momento relajarte. Te sentías exánime. La evocación de tu pasado sólo era resultado de tu repetida angustia y desesperación. Tu respiración, aunque más sosegada, se mantenía demasiado alterada y se atrincheraba en tu pecho, entrecortada. Las heridas, a esas alturas, te pesaban demasiado como si fueran de plomo. Habías pasado muchas horas corriendo de un lado para otro sin dirección y tus fuerzas se encontraban completamente disminuidas. Entre la basura, te hiciste con algo de comida, un poco de pescado. Pero no, no era suficiente; olía mal y no estaba en condiciones. Llevabas sin comer varios días y a pesar de eso el extraño gusto te produjo arcadas.

Las sirenas zumbaban enloquecidas a su alrededor. Venían de un lado y, poco después, zumbaban de otro. Sólo el viento y la lluvia amortiguaban los sonidos, y eso que no siempre las escuchabas todo lo cerca que éstas se encontraban. Y no necesariamente todas buscaban a un simio peligroso. Pero tú, Ulises, no llevabas el tiempo indispensable en aquel manicomio cómo para distinguir ese concepto. Tú eras un animal fuerte e inteligente. Único. Orgulloso de ser quién eras. Diríase más: extremadamente brillante. Pero aquello era otra historia. Era la confusión definitiva.

Era el caos. La gente se amontonaba sobre las avenidas, recuerdas con estupefacción, como los alineados ejércitos suicidas de ñus en las interminables llanuras blancas y amarillas del Serengeti, en el que, quien se quedaba atrás, simplemente moría. Ahí sucedía algo muy similar, el oleaje humano era interminable. Incontenible. Los vehículos se congestionaban y se apiñaban unos contra otros en un bullicio infernal. Circulaban sin orden aparente y sus sonidos enervaban la atmósfera. Las voces y los gritos se superponían entre sí para nada. Para no oírse. Para no escucharse. Para no entenderse. Todo, como en una perfecta Torre de Babel. Los inmensos edificios de hierro y hormigón daban la sensación de que se abalanzaban sobre ti y el parpadeo de las luces llegaban a asustarte. Y, aunque el tiempo pasado en la ciudad había sido corto hasta llegar a refugiarte en el túnel, en ese transcurso, tuviste que ahuyentar a todo aquel que, involuntariamente, o no, se cruzó en tu desesperada carrera a ningún lugar, lo que, en cierto modo, te había producido gran excitación. Te encontrabas definitivamente perdido en aquella odiosa jungla de asfalto. Nadie vendría en tu ayuda, lo sabías perfectamente. Y de llegar a hacerlo, a buen seguro, no sería precisamente para auxiliarte. Estabas solo y acorralado. Acorralado y sin dirección.

Ninguno de tus amigos de la selva estaría allí para ayudarte, todos habían desaparecido de una u otra forma bajo la insaciable y asesina mano del humano. Y la noche, en esa situación, no pasaba por ser muy segura. Así que debías actuar con rapidez. Tus alarmas, eso sí, continuaban encendidas, no estabas dispuesto a morir de cualquier manera. Tenías que poner en marcha, aprisa, tu intuición y tu recién heredada inteligencia. Tenías que intentarlo. No podías rendirte, no debías hacerlo; tenías que intentar, al menos, escapar de las devastadoras garras que se cernían sobre ti. En el fondo más profundo y recóndito de tu mente te sentías como cualquiera que se encuentre fuera de casa angustiado, atrapado y solo, ante una situación de riesgo; deseando despertar de la pesadilla. Ansiando que todo haya sido un mal sueño. Soñando con volver. Acariciando la idea de escapar del pandemonio que te rodea y regresar de nuevo a casa. Soñando con que, a lo mejor, si de verdad se intenta con fuerzas, no resulta imposible.

Los rastreos en el callejón en busca de una salida te llevaron hasta una cortina de humo que crecía gaseosa y efervescente en forma de géiser procedente del tren metropolitano. Después de asegurarte que en efecto aquello era el conducto de ventilación del ferrocarril subterráneo, optaste por la peregrina idea de escapar por aquel lugar. De todas formas tenías que jugártela. No te quedaban opciones. Únicamente la imprevista llegada de otro desconocido retrasó tu fuga.



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