domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.20


20

Le oíste llegar. Advertiste que quien fuese lo hacía corriendo. El jadeo incontrolado de su aliento te marcaba la distancia a la que se encontraba. Iba aproximándose. Lo hacía sin precaución, estaba en su terreno. Era, al parecer, su escondite habitual y venía huyendo posiblemente de alguien. Pensaste en quedarte quieto como en la vez anterior. Éste pasaría de largo y nada más.

En esta ocasión las cosas no fueron por donde debían porque aquel anónimo y siniestro personaje tejía otras intenciones. Aquel fulano era un camello de opereta que andaba metido en negocios turbios de “mierda blanca” con otros tíos de su misma calaña. Y la cosa había terminado como el “Rosario de la Aurora”, sólo que esta vez a navajazos. Y es que, cuando dos personas normales discuten por algo, lo normal es, generalmente, que cada uno se vaya por una esquina si no consiguen ponerse de acuerdo. Pero entre esta gentuza la ruptura de pactos funciona de forma completamente distinta. Y con consecuencias muy diferentes. El resultado fue que tuvo que escapar echando virutas justo un segundo antes de que lo cosieran. Aunque a este menda, también de esos de “armas tomar”, y nunca mejor dicho lo de armas, tampoco se le arrugaba con facilidad el ombligo. La cuestión estribaba en que quería devolverles, a todos ellos, la “peladilla” con intereses. De esta forma se encaminó con cierta ventaja al túnel. Iba huyendo de la pandilla rival y se había metido en el callejón deliberadamente porque allí guardaba su carta de presentación para casos de discrepancia grave: su pistola automática. Agazapado esperaría a que llegaran para darles, uno a uno, caña de azúcar para no olvidar. Pero claro, casualmente, ésta se hallaba escondida a pocos metros del mandril.

El individuo, nervioso, comenzó la búsqueda de su arma.

— ¡Joder, estaba por aquí!... ¡Me cago en la puta! ¡Me cago en la puta!...

El tío iba poniéndose cada vez más nervioso. Ya podía percibir en el fondo del callejón las voces pisándole los talones. Trasteó entre los cubos, debajo de la basura, entre los escombros...

—  ¡Me cago en la puta!...

Por fin. Ahí estaba esperándole. En la bolsa de plástico azul de Esabe Expréss. Ahí seguía guardada. Como siempre. Rápidamente extrajo el armamento de la bolsa. Tiró del carro hacía atrás. Un seco y metálico golpe certificó en la oscuridad que el proyectil acababa de alojarse en la recámara dispuesto para ser disparado. El brillo del cañón, durante un segundo, hizo un guiño en la noche. Centelleó limpia como una espada. Suspiró tranquilo.

En ese preciso instante oyó detrás de él unos extraños gruñidos. Unos desconocidos sonidos guturales. Se giró. No conseguía identificar qué era exactamente aquello que se oía y comenzaba a moverse en las sombras. Buscó en uno de sus bolsillos. Recordó que llevaba una diminuta linterna de electricista. Con nerviosismo fue enfocando la que iba a ser su última escena.



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