domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.21


21

Súbitamente, como si de una visión llegada del más allá se tratase, encontró de frente a Ulises. Al gran Ulises. Al mono más enorme e impresionante que jamás hubiese visto y vería jamás: 60 kilos de músculos tensos y preparados. Sus “pinturas de guerra” quedaron dibujadas con vehemencia sobre su cara alargada. El rojo púrpura en el hocico, el azul cobalto alrededor y, en su barba, violentos tonos amarillos. Todo, en un denso mapa de colores mortales.

Desde tus ojos castaños y almendrados le observaste atento. Sabías perfectamente lo que aquel tipo llevaba en su temblorosa mano. Lo que escupía y sus consecuencias. Pero tu mirada continuaba siendo la del rey que siempre habías sido, penetrante y combativa. Y tus fauces absolutamente pavorosas. Algo para no olvidar. En fracciones de segundo tu injertada conciencia salió al paso. ¿Por qué estaba aquel humano allí? ¿Qué hacía con un arma en la mano? Las preguntas no tenían una respuesta ni inmediata ni lógica; ni el camello sabía qué cojones hacía allí un descomunal mandril, ni tú las historias de aquel sujeto. Pero una cosa era cierta y estaba meridianamente clara: la pistola mataba. Y la pistola, por casualidad, estaba en su mano.

Como una exhalación te precipitaste como un perro rabioso y suicida sobre el intruso encaramándote a su cuello. El tipo apenas trató de defenderse. Todo sucedió tan veloz que le fue imposible enviar al cerebro las adecuadas órdenes de protección: defenderse. Por no tener, no tuvo ni el tiempo de poner el dedo en el gatillo, se quedó petrificado. Aquel gigantesco animal herido era un durísimo rival sin excesivos planteamientos que hacerse. Si acaso sólo uno: salir con vida.

Como un animal, poseído y frenético, habías saltado a la garganta del desdichado atenazándole el cuello. De una brutal dentellada le arrancaste parte de los músculos trapecio, esternocleidomastoideo y la carótida primitiva; de modo imprevisto y maquinal comenzó a desbordar sangre en todas las direcciones. Tú, literalmente encima del sujeto, contemplaste cómo a aquél se le iba la vida entre agónicos alaridos. Enseguida dejó de forcejear y de pedir auxilio, sus manos que hasta entonces habían querido inútilmente mantener a raya la feroz acometida, fueron perdiendo prensión cayendo sin vida en direcciones opuestas.

A veinticinco metros de donde se había producido el fatal desenlace los cuatro pendencieros que iban persiguiendo al desdichado camello para ajustarle las cuentas, y que casi lo tenían arrinconado, se quedaron estupefactos. No sabían con exactitud lo que ocurría a pocos metros de allí, en aquel momento hubieran dado un brazo por saberlo pero les resultó imposible. Tan sólo oyeron gritar al desdichado y retorcerse como un cerdo en la opaca oscuridad del foso. En un principio se alegraron, alguien le estaba dando lo suyo. Pero conforme fueron transcurriendo los segundos y surgieron de las sombras los primeros terribles gruñidos, éstos, congelaron sus estúpidas risas en los labios. Era cierto que la oscuridad era opaca y no ofrecía demasiadas posibilidades pero no se hacía impenetrable y definitiva, porque la raquítica y sesgada luz que provenía de la avenida a determinada altura, permitía, al menos, dibujar de una manera incierta los contornos.


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