domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.22


22

Cuando dejaste de aferrarte y traquetear a tu víctima como un pelele, te incorporaste. Sabías con seguridad que a tus espaldas se hallaba una inesperada y nueva presencia observándote. Como un dispositivo, insaciable y automático, te volviste sin dudar en ademán de lucha; exhibiendo sin pudor unos poderosos incisivos cargados de amenazantes y terroríficos sonidos. Y fue cuando aquellos mequetrefes pudieron observar de primera mano, con rotundo pavor, unas formas ágiles y demoníacas dispuestas a matarles sin ninguna piedad. Paralizados por el miedo seguían sin saber qué era aquello que desde las tinieblas emergía y se les dirigía. Pero la intuición ante el peligro no logró evitar que se agolpasen y empujasen unos contra otros por salir a trompicones del callejón.

— ¡Hostias! ¿Qué es eso? —preguntó uno de ellos.
— ¿Qué es? No voy a quedarme para averiguarlo, te lo aseguro.

En la estrepitosa y precipitada huida volvieron a amontonarse y a caerse derrumbando, a su paso, tantos cubos de basura y botellas como se interpusieron en su precipitada retirada. Cuando por fin consiguieron acceder a la travesía principal y notaron el circundante sonido de la gente, respiraron sintiéndose más aliviados; pero continuaron corriendo sin mirar atrás como alma que lleva el diablo.  

Comprobaste a tu manera que no volverían.

Desde la oscuridad que te envolvía olisqueaste en el aire la turbación de los huidos. No, no volverían. El susto no era para menos. Huían sin saber qué era aquello. No habían conseguido averiguarlo y, seguramente, jamás llegaran a saberlo.

Probablemente eras un monstruo pero tan sólo un monstruo.

Sólo uno más de los miles, de los millones que existen. También la ciudad está llena de monstruos. Ahora lo sabes. La ciudad resulta muy grande, interminable. Y todo en ella puede suceder. Aquí, al igual que en la jungla existen insospechados peligros que acechan continuamente en las sombras y en la noche; criaturas inmundas llenas de odio, envidia y rencor. Criaturas eternamente dispuestas a despedazar sin el menor temblor de muñeca al que tienen enfrente, mientras, inalterables, son capaces de tomarse unas copas esgrimiendo la más sucia de sus sonrisas.

Razas superiores; implacables y devoradoras. Razas inferiores; traidoras, desagradecidas, cínicas y miserables. Son los peligros ocultos. Son los peligros emboscados. Son los peligros del alma. Son los peligros de siempre. Son, en definitiva, los peligros del hombre como raza. En la que crecen como hongos envueltos en la oscuridad. Entes perversos que, procedentes del averno del corazón, se camuflan con el fin único de engullir sus objetivos.

En realidad nada cambia porque nada es capaz de cambiar. Todo es igual. No se trataba de un pasatiempo al azar. Aquello, en ese preciso instante, era exactamente lo mismo; no dejaba de ser otra cosa que el cruel juego de la vida y la muerte. Igual que sucede en la selva y, en donde las opciones determinan las acciones y, en esta ocasión había, necesariamente, que matar o morir.

Mientras el infeliz yacía moribundo en el suelo, cubierto de sangre, reflexionaste. Tampoco le habías dado una oportunidad. Ni siquiera sabías qué hacía allí. Todo había sucedido veloz. En una fracción de segundo. En ese tiempo tuviste que, inevitablemente, decidir tu suerte. Los humanos no te gustaban. Tampoco sus abyectas intenciones.

Recordabas que la fría presencia de las armas de fuego te había causado muchos problemas y sabías que el que las lleva las usa. No son un simple adorno. Primero, en la selva, más tarde en el laboratorio, después en la ciudad. Siempre es igual. Todavía llevabas en el costado, aún sangrando, el recuerdo del agente de policía. Y de sus disparos. A él sí le ofreciste una oportunidad. Quizá porque en ese momento no supiste detectar con la necesaria nitidez que llevaba una pistola al cinto. Pero, ¿para qué darle a nadie más que llevara un arma otra oportunidad? ¿Para qué? ¿Para ser tú el que ahora estuviera muerto en el suelo?




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