domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.23


23

Sin demasiadas huellas ni restos de lo sucedido, y con la desorientación propia del que no sabe, os internasteis nuevamente en la jungla más recóndita. El pelotón, hasta ese momento, seguía estando compuesto por los mismos simios supervivientes de la que fuese aquella magnifica tribu desaparecida. De los once que erais, con independencia de que fueses el líder de la horda o no, al menos la mitad estabais considerados dentro del clan como dominantes.

Esto es que gozabais de ciertos privilegios dentro de la manada con respecto a las hembras en el momento de su receptividad sexual. Teníais otras prebendas también a la hora de comer o desparasitaros. Podíais exigir tumbaros a la bartola, mientras, las hembras elegidas, hacían el acto litúrgico de buscar en vuestro pelo parásitos y otros huéspedes incómodos, hasta dejaros el pelaje conforme a vuestro rango; limpio e incólume. Los dominantes del grupo que, siempre erais varios, os encargabais de la seguridad, siendo exclusivamente guerreros. Vuestra misión consistía velar por la inmunidad de la gran familia ante los ataques de advenedizos. De hecho, os jugabais el cuello casi a diario pero, como es natural en estos casos, siempre apoyados los unos en los otros. Actuabais como un ejército bien adiestrado.

La experiencia con Sgragor había sido única. No teníais por sistema enfrentaros a enemigos de manera individualizada. Y como dirigentes tomabais las decisiones importantes ante el Consejo; cómo y de qué manera teníais que moveros y actuar. Jerárquicamente, por lo tanto, estabais bien estructurados y cada miembro ocupaba su lugar de un modo claro y conciso. Y, a la vez, vosotros mismos marcabais el orden en los individuos, si alguno, por cualquier motivo, pretendía romper la cadena de mando naturalmente establecida por la supremacía de los más fuertes.

Una vez enclaustrados en el sotobosque tuvisteis ocasión de ver, nuevamente, un confuso indicio que no estabais acostumbrados a descifrar. Aquél iba dejando a su paso una especie de bóveda entre la maraña de arbustos; es decir, que a medida que iba penetrando destrozaba la vegetación. Tú desconocías la existencia del hombre. Tu vida, hasta ese día, había sido apacible y relativamente tranquila. No existían sobresaltos y, de alguna manera, todo estaba más o menos calculado por lo que la confusión iba creciendo a pasos agigantados.

Tu primitiva imaginación ponía buena parte en aquel rompecabezas sin sentido. Hacía que pensaras que se trataba de un monstruo abominable y devastador de formas extraordinarias. En muchas ocasiones, cuando la horda se había encaminado en peregrinación hacia el Noreste de donde habitualmente habitabais, habíais compartido bebederos con grandes animales como búfalos, ñus, e incluso jirafas y rinocerontes. Pero cada uno permanecía en su sitio. Con el respeto y cuidados propios de cada raza os mirabais de reojo en una aparente indiferencia cargada de sospecha, en la que nada normalmente sucedía, sin que, a su vez, existiesen confianzas por parte de nadie. Sólo las garcillas bueyeras podían permitirse la anárquica licencia de corretear entre unos y otros buscando insectos.


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