domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.24


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Por esta razón nada te cuadraba. Porque el ataque entre especies solamente se justificaba por auténtica necesidad. Lo cierto es que aquellas huellas en el bosque, sin ser mayores que las que provocaría un elefante en carga, eran totalmente distintas. Las señales en la espesura fueron conduciéndoos, pasado el mediodía, hasta el río. Seguramente el más caudaloso de aquella zona oriental.

Entonces aún no lo sabías, pero tras los incomprensibles signos en busca de vuestra tribu, estabais desplazándoos lentamente desde la cuenca del Congo, atravesando la selva, hacia el Este, en un inmenso y desconocido periplo repleto de aventuras, en dirección a los Grandes Lagos. Y el increíble torrente que presenciabais no era otro que el mismo río Congo, muy cerca de donde vertía las aguas su afluente el Ituri. El mismo, por el que, siguiendo su cauce en las semanas sucesivas os conduciría al lago Alberto e, inevitablemente, os abocaría a la gran fosa del Rift; una incalculable e ilimitada cicatriz en la corteza terrestre que se extiende casi ininterrumpidamente desde Turquía a Mozambique, y que alberga una fauna no menos espectacular que aquellas que moran en las sabanas y estepas colindantes, además de estar colmada de zonas lacustres y extensos manglares.

Recordabas con estupor como observaste boquiabierto el inmenso caudal de agua con asombro. Jamás habíais llegado tan lejos. Tampoco era un comportamiento habitual en las manadas. Claro, que la búsqueda de vuestros compañeros estaba más que justificada. Te quedaste absorto. Maravillado. No tenías conocimiento de que existiesen cosas así. La incalculable masa de agua se dejaba oír con ensordecedor estruendo, cuando, un centenar de metros más allá, iba rompiéndose violentamente en la cascada. Colosal, ésta, destrozaba con pasión sus soberbios y mansos espejos hasta convertirlos en pesadas y gruesas cortinas eléctricas.

A partir de aquel fantasmagórico tramo todo regresaba a una extraña actividad; grandes grupos de hipopótamos dejaban ver a medias sus casi cuatro mil kilos sobre las verdosas aguas, exhibiendo sus enormes dorsos que, sonrosados, brillaban bajo el sol. Al percibir vuestra presencia, un macho, el mayor posiblemente, en una perspicua advertencia ritualizada, bostezó, acompañando el gesto con un sonoro ronquido. Supisteis, perfectamente, lo que el imponente herbívoro solicitaba; os estaba advirtiendo que él gobernaba ese tramo del río.

Ajenos a aquello, pero no demasiado distantes, se concentraba un grupo de diez o quince cocodrilos, enormes gigantes acorazados de cinco metros de longitud que, varados como troncos, con las fauces abiertas para regular la temperatura de su cuerpo, permanecían en las riberas bajas de los remansos. Aún más allá, se apacentaba un reducido rebaño de antílopes acuáticos que, inquietos, alzaron sus cabezas para observar vuestros movimientos. Los elefantes, sumergidos hasta el vientre, recolectaban la suculenta vegetación de las orillas. Mientras, fastuosos y mayestáticos búfalos, ignoraron vuestra cercanía. Entretanto, un águila pescadora atrapaba con sus garras un pez pulmonado de gran tamaño. Y un escuadrón de picotijeras se dejaba caer en vuelo rasante con la mandíbula inferior ligeramente entreabierta, cortando el agua, en el claro empeño por capturar pececillos y otros pequeños animales acuáticos, en plena pirueta aérea. Solo el paisaje y el gran espectáculo zoológico, desconocido hasta entonces para vosotros, comenzaron a suponer nuevas e inquietantes experiencias completamente nuevas y farragosas.


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