domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.25


25

Cientos de aves, de distintas especies, hacían en el cielo complicadas danzas policromáticas. Avefrías espoladas, chorlitos egipcios, rascones negros, ibis sagrados, aves martillo, jacanas, cormoranes, anhingas rojas, flamencos rosados, pelícanos blancos y esbeltos y papudos marabús, entre otros, componían el compacto y apiñado juego de colores que impúdicamente mostraban las páginas secretas de una vida, hasta entonces oculta, a un montón de monos extraviados que jamás había osado atravesar la línea fronteriza más allá del denso dosel de la selva.

Pero, para colmo de males, en aquel preciso sitio morían todos los indicios seguidos hasta el momento, por lo que estabais en el centro de ninguna parte, sin dirección qué seguir. No sabíais hacía dónde encaminar nuestros pasos. os encontrabais, inevitablemente, en punto muerto.

Con precaución olisqueasteis aquí y acá. Desde vuestra simple y primaria intuición revisasteis, una y otra vez, huellas que pudieran salirse de la lógica. En realidad no sabíais que buscabais. Seguramente lo más desconcertante, incoherente e incógnito. Razón por la que no tardasteis mucho tiempo en decidiros. La repentina aparición de enormes ramas de árboles tronchadas flotando en el río os hizo pensar sin criterio que, el gran monstruo, podía haber hecho lo mismo; seguir en dirección contraria al torrente.

No perdisteis demasiado tiempo en comer algunos de los frutos que crecían en los márgenes. También degustasteis pequeños anfibios, lagartijas, caracoles y tiernos tallos de bambú, que se almacenaban en la herbosa ribera para continuar, seguidamente, aquella peregrinación hacia ningún lugar. Ibais relativamente despacio, replegados y sumamente atentos. Desconocíais el terreno y no os sentíais seguros. Como un pelotón de combate, ibais pendientes de cualquier circunstancia que pudiera ocasionaros un serio problema. La experiencia en tales eventos era nula. Todo era nuevo para vosotros. Un reducido grupo de antílopes enjaezados que ramoneaba a larga distancia os observó la dirección que llevabais pero su intuición les decía que nada iba con ellos, por lo que continuaron con su interminable masticación sin alterarse.

La situación, por simple y prosaica que pudiera resultar, os devolvía temporalmente la tranquilidad; si ellos estaban allí, no existía la cercana posibilidad de encontraros súbitamente con leones u otros predadores hambrientos. Aunque sabíais que es en el atardecer cuando estos depredadores, aprovechando la caída del astro, lo dedican a la caza o por el contrario a tempranas horas. De todas maneras, y aunque habíais considerado la posibilidad de caminar bordeando la selva, finalmente, os decidisteis a caminar por el terreno que más garantías nos ofrecía: la jungla.

De esta forma os alojasteis nuevamente, como si éste os engullese, en el inmenso e impenetrable laberinto de malezas, helechos, árboles gigantescos y titánicos termiteros. Entre el herbazal, los murmullos de los habitantes arbóreos que pueblan el interminable verdor os ofrecieron múltiples sonidos y extrañas sensaciones. El inexplicable llanto de los gálagos, que ocultos del mundo parecía que estuviesen lamentando continuamente la pérdida de un ser querido, siguió su intermitente lloriqueo. El áspero sonido del pangolín, también, pero era lógico; la tarde estaba cayendo sin apenas daros cuenta, y tanto éstos, como el poto, son pequeños mamíferos primates nocturnos que comenzaban su oscura expedición en busca de huevos, insectos y frutos.



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