domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.3


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La luz se derramaba iluminando cientos de kilómetros de claras y limpias sabanas. El sorgo, la digitaria y la themeda, se ondulaban inquietas bajo la brisa templada. El roce del sol les arrancaba, a su paso, destellos de oro. Reinaba la calma. A lo lejos, una pequeña manada de elefantes se dividida en dos grupos; mientras los primeros desgajaban un viejo baobab, los otros se refugiaban bajo las sombrillas protectoras de las acacias umbrelas a la vez que seleccionaban con exquisito cuidado las hojas y tallos más tiernos.  Sabías bien que aquellos colosos barritaban apacibles. Sus movimientos eran los propios de la serenidad con la que se comportaban; las duchas de polvo sobre sus cabezas, la aparente indiferencia de las garcillas bueyeras correteando entre sus patas. Los piac-piacs desparasitando sus gruesas y rugosas cortezas de piel. Y al fondo de la inmensa explanada, casi imperceptibles, un grupo de cobs untuosos, pastando tranquilamente junto a un rebaño de impalas, revelaba, sin duda, una situación mucho más frecuente de lo que los humanos imaginan.

El cine y la literatura, han venido dibujando sin suerte, un África salvaje y sin misericordia. Con inmensas y misteriosas selvas en donde los feroces predadores tienen como único oficio la destrucción. Nada más falso. Desde la ignorancia y el miedo de lo desconocido han envuelto en un aura de esoterismo un sistema de vida que, generalmente, es mucho más tranquilo y sereno de lo que nadie puede suponer. Han emborronado, distorsionado y confundido la belleza sin límites de la mágica realidad con un boceto mal terminado y un guión peor interpretado.





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