domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.4


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Aquí, en el fétido callejón en el que te encuentras escondido, el dolor de las heridas va aumentando por momentos. Abre tus carnes y se te hace cada vez más difícil poder soportarlo. El lacerante recuerdo también se te cuela impertinentemente en el cerebro sin pretenderlo. Y al evocar aquellos días, desde la niebla de la memoria, te sientes confuso y aturdido…

Algunos machos decidisteis separaros del clan y acercaros a las charcas pantanosas que no se encontraban excesivamente alejadas. No era una costumbre tribal el ir por vuestra cuenta; siempre solíais hacerlo en grandes grupos previniendo ataques sorpresa, pero hacía un calor abrasador y no lo pensasteis demasiado. Gran parte del grupo quedó dormitando a la sombra de un robusto y copudo Tamarindo. El disco anaranjado caía a latigazos, y sólo por el Este, todavía muy alejadas, unas gruesas y oscuras nubes procedentes del Serengeti aparecieron fantasmagóricas y amenazantes. En un lacónico intercambio de miradas y tras olisquear la igniscente brisa, comprendisteis que no pasarían muchas horas antes de que comenzara a diluviar de nuevo. Aquello quería decir sin lugar a comentarios que, con suerte, vuestros mejores manjares se encontrarían a orillas de la laguna. O dentro de ella. Ésta era la ranita de los lirios. Y aunque se hacía difícil ver a estos diminutos anfibios por su extraordinaria camaleonización dentro del cáliz de la planta acuática donde generalmente anidan, vosotros, sin embargo, estabais más que acostumbrados a detectarlas.

Las ranas, todas en general, eran exquisitos y suculentos alimentos. Empleabais verdadera paciencia y dedicación; rastreabais también, en este épico intento, las riberas y los cañaverales de bambú porque otra ranita, la de los bambúes, anidaba en dichas plantas. Al romper los tallos, éstas, saltaban como potentísimos muelles intentando escapar en todas las direcciones. Únicamente los más hábiles las atrapabais. Igual sucedía con las ranitas de la lluvia. Eran tremendamente rápidas y escurridizas y suponía todo un ejercicio de reflejos sólo apto para los más veloces. Así que ante tamaño banquete, Nukk, otros compañeros del grupo y tú, tras un breve gesto de complicidad, os pusisteis en camino abriéndoos paso entre la maraña aparentemente infinita e impenetrable de arbustos y maleza; en donde sería relativamente sencillo padecer claustrofobia de no ser porque aquél era precisamente vuestro hábitat natural.




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