domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.6


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Una vez allí, en la ciénaga y en completo silencio, hicisteis subgrupos tratando de abarcar un radio de acción más amplio. Con un solo gesto de tu compañero entendiste, que aquello iba a ser un verdadero festín. Las ranas y algunos ejemplares de sapos jaspeados abandonaron extrañamente sus oquedades para esperar la lluvia. Croaban largamente anunciando su inminente llegada. Hasta la extraordinaria rana Goliat, de tres kilos de peso, hizo su pesada aparición en la limosa laguna. Ausentes y desprevenidas, saltaron de un lugar a otro sin demasiadas preocupaciones. La mayoría de ellas tomaban un sol tórrido y ecuatorial que les entraba a espuertas por aquella inmensa ventana de luz que era el cielo. Mientras el peligro se cernía, los batracios, entonaban sus monocordes y opacos sonidos en el lodazal. Entretanto, agazapados e inmóviles en la maleza, esperabais el momento oportuno para saltar sobre ellas y atrapar el mayor número posible. Sabíais que cualquier traspié os costaría regresar sin nada en el estómago. 

Os encontrabais relativamente situados y debías ser tú, como cabeza de grupo, el que diera el grito definitivo antes de lanzaros al banquete. En las aguas someras de la ribera, las garzas Goliat, caminaban de puntillas al acecho y arponeo de peces Joya. Sus ojos glaucos y ávidos perseguían sin parpadeos los nerviosos movimientos del pez policromado. Los martín pescador, se dejaban caer verticalmente desde una veintena de metros sobre el lago para aparecer, casi seguidamente, con un pez pulmonado en el pico. Avefrías espoladas hurgaban descaradamente como dentistas dentro de la monstruosa boca de algunos cocodrilos, mientras éstos, permanecían momificados con las fauces abiertas. Años más tarde sabrías que aquel acto tenía una doble misión. La primera era la propia refrigeración corporal del reptil. La segunda, casi tan práctica como la primera, consistía en limpiar las sanguijuelas e invertebrados que se alojan en ella.

Súbitamente un suceso imprevisto turbó la aparente tranquilidad de las verdosas aguas cuando las avefrías iniciaron un nervioso y agudo 'kik-kik, kik-kik...', avisando a sus anfitriones, los cocodrilos enanos del Congo, que raudos se precipitaron al agua. Las garzas elevaron torpe y desacompasadamente el vuelo y los pigargos vocingleros, que tenían como destino el pantano, giraron violentamente su rumbo. En realidad, en ese momento, todos los habitantes de los árboles enmudecieron o huyeron; y los gálagos, o niños del bosque, lloraron desconsoladamente petrificados en sus ramas.




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