domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.7


7

Tenías prácticamente el sonido en las puertas de la garganta, cuando, como un cuchillo, un alarido de muerte sacudió el contorno haciendo callar a las aves. Con gran estrépito y revuelo los bulliciosos tejedores, los nectarínidos, los papagayos, las pintadas, las tórtolas, los cálaos… Todos, absolutamente todos, abandonaron las copas de los árboles mientras se repitió en el aire un doloroso aullido cada vez más lejano y angustioso. Nukk y tú os mirasteis. Sus ojos almendrados se clavaron en los tuyos con un rictus de miedo. Los otros papiones, más alejados de vosotros, semi ocultos en la densidad del ramaje, comenzaron a gritar y a saltar despavoridos. No sabíais qué estaba sucediendo. Pero aquel sentido innato de supervivencia os encendía todas vuestras alarmas. Volviste la mirada sobre Nukk otra vez. Se encontraba paralizado por aquel eco teñido de malos presagios.

Podías correr. Escapar, sencillamente, de aquella situación. Todos sabíais el precio que podíais pagar por alejaros tan inconscientemente del clan. Había en la selva otros animales. No hubiera pasado absolutamente nada si en vez de regresar doce a la horda sólo lo hubieseis hecho once. Era la ley de la jungla. Pero esa no era la cuestión. ¿Qué ocurría? ¿Qué estaba sucediendo a pocos metros de ti? Tú, entonces, eras joven y fuerte; menos reflexivo y temerario. No te hiciste esperar. Desde donde te encontrabas estudiaste en décimas de segundos la situación, y como una exhalación optaste por saltar hasta un pequeño claro para esperar de cara lo que tuviera que llegar. Escudriñaste con la mirada y el olfato aquel extraño motivo. Revisaste los arbustos. Enseguida llegó hasta tu hocico un cálido olor a sangre que impregnó el aire e imaginaste lo peor.






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