domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.8


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Sentiste a tu izquierda un rumor extraño mas no desconocido. Te giraste lentamente. Como un resorte, notaste en ti un oleaje incontrolable. Una fortísima convulsión abrasó tu rostro inyectando de sangre tus ojos. Lanzaste, entonces, un profundo rugido de lucha adoptando una posición de ataque y esperaste. Cuando le viste aproximarse lentamente entre el claroscuro follaje de los arbustos con la boca goteante de carmín supiste que uno de tus camaradas no volvería jamás a la manada. Aquel enemigo no te era anónimo. En muchas ocasiones los machos más viejos os habían hablado de él. Con cierta frecuencia alguno de vuestros congéneres había acabado sus días entre sus fauces. Era Sgragor, el leopardo.

Por el momento se mantuvo lejos de ti y te examinó. A ti no te conocía. Sus ojos eran fríos topacios. Mostró sus colmillos y durante un instante sentiste miedo. Pero era demasiado el orgullo que almacenabas como para dar marcha atrás. Nuevamente notaste otra convulsión que fue pintando tu pecho de azul cobalto. Te sentías muy cerca de la batalla y perdiste el temor que te seguía a medida que ibas excitándote con el duelo. Comprobaste, que, en las articulaciones de las manos y los pies te afloraban manchas rojas producto de la tensión. Rugiste desafiándole. Y si él quería tendría, por tu parte, una danza a muerte. Sin saberlo, aparecieron en tu rostro las llamadas “pinturas de guerra” de las que sólo gozan los mandriles adultos; combinando el color rojo escarlata con el azul cobalto y el amarillo en un denso esquema cromático de gran impacto. Notó, por tanto, que estabas dispuesto a morir si era necesario. Bajaste la cabeza esperando su ataque y le enseñaste amenazante tus largos y agudos caninos. Sabes que dudó. Quizá porque estaba acostumbrado a presas de menor tamaño o tal vez más fáciles. Años después supiste que un gran mandril como eres tú es un animal muy temido por todos.

Se balanceaba sobre sí mismo lentamente. Buscaba, sin duda, un flanco de entrada. Avanzó muy despacio formando al final, entre los dos, un corro mortal. Él tampoco estaba acostumbrado a evadir peleas. Sgragor era visiblemente mayor que tú en edad. Eso le daba una ventaja considerable sobre ti, en principio: experiencia en la lucha. Aunque como contrapartida a tu juventud y escasa práctica en este letal arte extraespecífico, contabas con la audacia y el peso de un mono adulto.

Disteis dos vueltas el uno con el otro sobre el eje invisible que se estableció entre los dos. Antes de que pudieras reaccionar te envió un mortífero zarpazo en el rostro que evitaste con mucha suerte. Gracias a tus reflejos, aquel manotazo, tropezó incrustándose en tu hombro izquierdo hundiéndote sus durísimas garras falciformes profundamente. En el empujón te desplazó de modo considerable. Dejaste escapar un aullido de dolor mientras te nacían largos y abundantes chorros de sangre que manaron copiosamente.


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