domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.9


9

El acto siguiente, fue saltar sobre ti para no darte lugar a la reacción. Pero a pesar del intenso dolor que te invadió, tú, que te encontrabas en el suelo, le esperabas como un gato panza arriba; de tal modo, que cuando sentiste su cuerpo sobre ti, accionaste como dos catapultas tus manos traseras sobre su vientre haciéndole perder el equilibrio durante unos instantes. Momentos que aprovechaste, sin incorporarte, para enzarzarte con él en un cuerpo a cuerpo. Y en donde situaste tu cabeza casi por casualidad a la altura de su antebrazo.

Sin piedad apresaste con tus colmillos la pata destrozándola; desgarraste su musculatura a dentelladas, lo que hizo que, el gigantesco gatazo se retorciera de dolor intentando buscar desesperadamente la forma de salir del atolladero. Desde tu posición le era prácticamente imposible moverse y, mucho menos, devolverte un mordisco. Pretendiste, frenéticamente, continuar devastando la garra del animal pero tu acción duró apenas unos segundos. Nuevamente consiguió ponerse en pie aun cuando seguías sujetándole cruelmente la extremidad. Forcejeasteis de una forma increíble hasta que, definitivamente, pudo desprenderse de ti; no sin antes, llevarte para entonces, buena parte de sus músculos en la boca.

De manera automática, tras la espectacular mutilación, Sgragor, soltó un alarido estremecedor que quebró el silencio; se revolcaba de dolor. Entre quejidos lastimeros le viste, instantes después, incrustarse en el sotobosque como un alma diabólica dejando en su huida un vasto reguero de sangre.

Te quedaste en silencio, atento, ¿lo recuerdas bien? No sentías la huida. No sentías nada. Todo había terminado y tú eras, sencillamente, el ganador. Una profunda afonía volvía a dominar de nuevo el lugar mientras los ocultos moradores de las ciclópeas e interminables Lophiras, de casi de setenta metros de altura, se desplazaban a cotas más bajas para analizar expectantes, de primera mano, el final del espectáculo.

El grupo, al unísono, salió alborotado formando una algarabía en torno a ti haciendo numerosas parodias acerca de aquel desdichado animal, imitando su ya irreversible cojera. Pero en ese preciso momento te sentiste inútil y distante. Sabías que era la ley: matar o morir. Sin más. El juego cruel de la vida o la muerte. Sin embargo, no te sentiste orgulloso. Algún extraño mecanismo se accionó dentro de tu mente. ¿Qué te sucedía? Le habías derrotado, ¿entonces, qué? Sabías, con intuitiva seguridad, que él tampoco había disfrutado con la muerte de tu amigo. No creías entonces que nadie, absolutamente nadie, pudiera celebrar un acto así; aunque en vuestro mundo sentimientos como ése no se cuestionaban. No existían en vuestro diccionario. Aquel desdichado sería, a partir de aquel momento, simplemente el alimento del día.



No hay comentarios:

Publicar un comentario