jueves, 8 de marzo de 2012

...DE TU MELANCOLÍA | PRELUDIO AL POETA MACHADO




Entre la soledad de este cuarto y la soledad de mi alma
se quema mi vida en silencio...
Sin apenas un reproche.
Será, quizá, porque cada noche
me siento más poeta y más solo.

Antonio: ¿Por qué? ¿Por qué estoy tan condenado?
¿Tan condenado a esta soledad...?
Hoy quiero hablar de ti, de tu soledad que es la mía,
de tu melancolía que es la mía y de tus silencios
que, inevitablemente, son los míos...

Pero no quiero hacerlo sin hablar también de tus campos.
Esos campos desnudos y terriblemente muertos
que incluso a ti te hicieron morir un poco más.
Ni de esos árboles duros y quebrados,
ni de esas hojas que vio caer el otoño,
ni de esos días plomizos,
ni del ritmo de la lluvia al golpear en tu ventana,
ni de aquellas tardes que, enrojecidas,
se rompieron entre tus manos
para convertirse en poemas...
Ni de tantas cosas más
que te hicieron sentir solo.

Y voy a empezar a hablar de ti,
imaginándote...

Me gusta imaginarte
como a ese niño igual, pero distinto a los demás,
que correteaba en un patio sevillano, en las tibias
tardes de estío, donde, sin darte cuenta, empezaste a soñar...

Me gusta imaginarte
cuando ya, las gaviotas
de tu infancia y adolescencia,
volaron a tus recuerdos
y a tus versos.
Me gusta imaginarte
en la penumbra de una habitación
preñada de silencios, sentado en un sillón,
con la mirada ausente
mientras la tenue luz recorta tu figura inerte.

Ahí; sentado frente al ventanal,
sintiendo la soledad de la tarde... y su muerte.
Sintiendo, golpe a golpe,
cómo se te escapa la tarde plomiza
de entre los dedos
y se desliza la suave caricia
de la noche por los aleros.

Me gusta imaginarte
con la mirada lejana y distante
que siempre te acompañó,
oscura melancolía que arañó
tus versos; quimera lacia, sombría...
Ausente en la lejanía.

Me gusta imaginarte
paseando en la oscuridad de tu cuarto,
donde estás solo y estás contigo,
trenzando silencios pensativo.

Me gusta imaginarte
en la ventana. Viendo caer la lluvia
sobre los campos yermos
y los árboles deshojados
por el frío y el cruel otoño rojo
que se aproxima de reojo.

Me gusta imaginarte así
y sé que a ti
también te gusta
ver caer la lluvia sobre los pardos tejados
y las callejas que dan a la vieja plaza.

Me gusta imaginarte
caminando solo con la noche.
Solo. Pensativo y sombrío.
Recortando tu silueta entre los callejones
como un fantasma. Recorriendo lentamente,
paso a paso, cada rincón de ése
viejo y olvidado pueblo que se te muere
día a día, entre la soledad de su calles,
y sus centenarios caserones.

Me gusta imaginarte
en las lánguidas tardes de otoño, en el parque,
sentado en un banco,
con un libro entre las manos...
O, tal vez, paseando bajo los álamos desnudos
sintiendo quebrarse la hojarasca bajo tus pies.

Me gusta imaginarte
por los campos al amanecer
cuando la neblina aún revolotea
cargada de noche
entre los chopos lejanos del camino
y los plomizos peñascales heridos
de escarcha, soledad y olvido.

Me gusta imaginarte
solo. Solo, ante la agonía de una tarde
bordada de bruma y carmín,
mientras las nubes enrojecidas
detienen y apagan sus colores
dándoles tonos de lacio gris.

Pero también me duele el alma al imaginarte
sombrío y triste,
con una lágrima rebelde que quiere
escapar de tus ojos...
Leonor, tu dulce Leonor,
se te ha ido en un amargo silencio.
Como un murmullo...
Como un lamento del viento...

Hasta casi parece dormida.
Su clara voz de niña
aún aletea por las paredes y pasillos de la casa
hoy, inevitablemente, hoy, sembrada de silencio y agonía.
Una agonía tan cruel que te abrasa la garganta.
Y no, no puedes hablar.
Y callas para dejar
gritar el alma embravecida.
Mortalmente herida.

Antonio; otra vez solo...
"Dios te ha quitado lo que más querías...".
Y sólo te ha dejado un poco de ella:
su recuerdo. Y toda tu melancolía.

Me duele el alma al imaginarte
anciano,
con la mirada apagada y perdida,
apoyando
tu curva figura
en un bastón... Caminando
lentamente.
Y de repente,
te detienes y miras esas barcas
que mece el agua.

Y continúas tu camino
por el paseo marítimo,
bajo ese cielo grisáceo de febrero
que parece que quiere llover...
Y nuevamente, al mirar los árboles deshojados,
te acuerdas de tus campos de Castilla
y de los olivares, en tierras de Jaén y Sevilla...
Y te preguntas durante un instante:

"... ¿Cuándo volveré a veros?
¿Cuándo os veré...?"

Súbitamente te sientes
viejo y continúas...

"...Quizá ya es muy tarde.
Quizá no volveré..."


...

Mi querido Antonio:
Ahora duermes. Descansa por fin.
Tus gaviotas volaron hacia otros mares.
También hasta mis playas...
Quisiera, algún día,
dormirme en los versos que escribiste
y la noche que te llevaste
cargada de melancolía.




José Hdez. Meseguer
Memorias de un Naufragio
Portbou, 12 de marzo de 1979


CARTAS A MACHADO —DESDE PORTBOU— | OJOS DE VUELO HIPOCONDRÍACO



Plumas con el vientre distinto
por los años,
mas no por los ojos
de vuelo hipocondríaco.




José Hdez. Meseguer
Memorias de un Naufragio
Portbou, diciembre de 1979