domingo, 8 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt.25


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Cientos de aves, de distintas especies, hacían en el cielo complicadas danzas policromáticas. Avefrías espoladas, chorlitos egipcios, rascones negros, ibis sagrados, aves martillo, jacanas, cormoranes, anhingas rojas, flamencos rosados, pelícanos blancos y esbeltos y papudos marabús, entre otros, componían el compacto y apiñado juego de colores que impúdicamente mostraban las páginas secretas de una vida, hasta entonces oculta, a un montón de monos extraviados que jamás había osado atravesar la línea fronteriza más allá del denso dosel de la selva.

Pero, para colmo de males, en aquel preciso sitio morían todos los indicios seguidos hasta el momento, por lo que estabais en el centro de ninguna parte, sin dirección qué seguir. No sabíais hacía dónde encaminar nuestros pasos. os encontrabais, inevitablemente, en punto muerto.

Con precaución olisqueasteis aquí y acá. Desde vuestra simple y primaria intuición revisasteis, una y otra vez, huellas que pudieran salirse de la lógica. En realidad no sabíais que buscabais. Seguramente lo más desconcertante, incoherente e incógnito. Razón por la que no tardasteis mucho tiempo en decidiros. La repentina aparición de enormes ramas de árboles tronchadas flotando en el río os hizo pensar sin criterio que, el gran monstruo, podía haber hecho lo mismo; seguir en dirección contraria al torrente.

No perdisteis demasiado tiempo en comer algunos de los frutos que crecían en los márgenes. También degustasteis pequeños anfibios, lagartijas, caracoles y tiernos tallos de bambú, que se almacenaban en la herbosa ribera para continuar, seguidamente, aquella peregrinación hacia ningún lugar. Ibais relativamente despacio, replegados y sumamente atentos. Desconocíais el terreno y no os sentíais seguros. Como un pelotón de combate, ibais pendientes de cualquier circunstancia que pudiera ocasionaros un serio problema. La experiencia en tales eventos era nula. Todo era nuevo para vosotros. Un reducido grupo de antílopes enjaezados que ramoneaba a larga distancia os observó la dirección que llevabais pero su intuición les decía que nada iba con ellos, por lo que continuaron con su interminable masticación sin alterarse.

La situación, por simple y prosaica que pudiera resultar, os devolvía temporalmente la tranquilidad; si ellos estaban allí, no existía la cercana posibilidad de encontraros súbitamente con leones u otros predadores hambrientos. Aunque sabíais que es en el atardecer cuando estos depredadores, aprovechando la caída del astro, lo dedican a la caza o por el contrario a tempranas horas. De todas maneras, y aunque habíais considerado la posibilidad de caminar bordeando la selva, finalmente, os decidisteis a caminar por el terreno que más garantías nos ofrecía: la jungla.

De esta forma os alojasteis nuevamente, como si éste os engullese, en el inmenso e impenetrable laberinto de malezas, helechos, árboles gigantescos y titánicos termiteros. Entre el herbazal, los murmullos de los habitantes arbóreos que pueblan el interminable verdor os ofrecieron múltiples sonidos y extrañas sensaciones. El inexplicable llanto de los gálagos, que ocultos del mundo parecía que estuviesen lamentando continuamente la pérdida de un ser querido, siguió su intermitente lloriqueo. El áspero sonido del pangolín, también, pero era lógico; la tarde estaba cayendo sin apenas daros cuenta, y tanto éstos, como el poto, son pequeños mamíferos primates nocturnos que comenzaban su oscura expedición en busca de huevos, insectos y frutos.



PANDEMÓNIUM Capt.24


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Por esta razón nada te cuadraba. Porque el ataque entre especies solamente se justificaba por auténtica necesidad. Lo cierto es que aquellas huellas en el bosque, sin ser mayores que las que provocaría un elefante en carga, eran totalmente distintas. Las señales en la espesura fueron conduciéndoos, pasado el mediodía, hasta el río. Seguramente el más caudaloso de aquella zona oriental.

Entonces aún no lo sabías, pero tras los incomprensibles signos en busca de vuestra tribu, estabais desplazándoos lentamente desde la cuenca del Congo, atravesando la selva, hacia el Este, en un inmenso y desconocido periplo repleto de aventuras, en dirección a los Grandes Lagos. Y el increíble torrente que presenciabais no era otro que el mismo río Congo, muy cerca de donde vertía las aguas su afluente el Ituri. El mismo, por el que, siguiendo su cauce en las semanas sucesivas os conduciría al lago Alberto e, inevitablemente, os abocaría a la gran fosa del Rift; una incalculable e ilimitada cicatriz en la corteza terrestre que se extiende casi ininterrumpidamente desde Turquía a Mozambique, y que alberga una fauna no menos espectacular que aquellas que moran en las sabanas y estepas colindantes, además de estar colmada de zonas lacustres y extensos manglares.

Recordabas con estupor como observaste boquiabierto el inmenso caudal de agua con asombro. Jamás habíais llegado tan lejos. Tampoco era un comportamiento habitual en las manadas. Claro, que la búsqueda de vuestros compañeros estaba más que justificada. Te quedaste absorto. Maravillado. No tenías conocimiento de que existiesen cosas así. La incalculable masa de agua se dejaba oír con ensordecedor estruendo, cuando, un centenar de metros más allá, iba rompiéndose violentamente en la cascada. Colosal, ésta, destrozaba con pasión sus soberbios y mansos espejos hasta convertirlos en pesadas y gruesas cortinas eléctricas.

A partir de aquel fantasmagórico tramo todo regresaba a una extraña actividad; grandes grupos de hipopótamos dejaban ver a medias sus casi cuatro mil kilos sobre las verdosas aguas, exhibiendo sus enormes dorsos que, sonrosados, brillaban bajo el sol. Al percibir vuestra presencia, un macho, el mayor posiblemente, en una perspicua advertencia ritualizada, bostezó, acompañando el gesto con un sonoro ronquido. Supisteis, perfectamente, lo que el imponente herbívoro solicitaba; os estaba advirtiendo que él gobernaba ese tramo del río.

Ajenos a aquello, pero no demasiado distantes, se concentraba un grupo de diez o quince cocodrilos, enormes gigantes acorazados de cinco metros de longitud que, varados como troncos, con las fauces abiertas para regular la temperatura de su cuerpo, permanecían en las riberas bajas de los remansos. Aún más allá, se apacentaba un reducido rebaño de antílopes acuáticos que, inquietos, alzaron sus cabezas para observar vuestros movimientos. Los elefantes, sumergidos hasta el vientre, recolectaban la suculenta vegetación de las orillas. Mientras, fastuosos y mayestáticos búfalos, ignoraron vuestra cercanía. Entretanto, un águila pescadora atrapaba con sus garras un pez pulmonado de gran tamaño. Y un escuadrón de picotijeras se dejaba caer en vuelo rasante con la mandíbula inferior ligeramente entreabierta, cortando el agua, en el claro empeño por capturar pececillos y otros pequeños animales acuáticos, en plena pirueta aérea. Solo el paisaje y el gran espectáculo zoológico, desconocido hasta entonces para vosotros, comenzaron a suponer nuevas e inquietantes experiencias completamente nuevas y farragosas.


PANDEMÓNIUM Capt.23


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Sin demasiadas huellas ni restos de lo sucedido, y con la desorientación propia del que no sabe, os internasteis nuevamente en la jungla más recóndita. El pelotón, hasta ese momento, seguía estando compuesto por los mismos simios supervivientes de la que fuese aquella magnifica tribu desaparecida. De los once que erais, con independencia de que fueses el líder de la horda o no, al menos la mitad estabais considerados dentro del clan como dominantes.

Esto es que gozabais de ciertos privilegios dentro de la manada con respecto a las hembras en el momento de su receptividad sexual. Teníais otras prebendas también a la hora de comer o desparasitaros. Podíais exigir tumbaros a la bartola, mientras, las hembras elegidas, hacían el acto litúrgico de buscar en vuestro pelo parásitos y otros huéspedes incómodos, hasta dejaros el pelaje conforme a vuestro rango; limpio e incólume. Los dominantes del grupo que, siempre erais varios, os encargabais de la seguridad, siendo exclusivamente guerreros. Vuestra misión consistía velar por la inmunidad de la gran familia ante los ataques de advenedizos. De hecho, os jugabais el cuello casi a diario pero, como es natural en estos casos, siempre apoyados los unos en los otros. Actuabais como un ejército bien adiestrado.

La experiencia con Sgragor había sido única. No teníais por sistema enfrentaros a enemigos de manera individualizada. Y como dirigentes tomabais las decisiones importantes ante el Consejo; cómo y de qué manera teníais que moveros y actuar. Jerárquicamente, por lo tanto, estabais bien estructurados y cada miembro ocupaba su lugar de un modo claro y conciso. Y, a la vez, vosotros mismos marcabais el orden en los individuos, si alguno, por cualquier motivo, pretendía romper la cadena de mando naturalmente establecida por la supremacía de los más fuertes.

Una vez enclaustrados en el sotobosque tuvisteis ocasión de ver, nuevamente, un confuso indicio que no estabais acostumbrados a descifrar. Aquél iba dejando a su paso una especie de bóveda entre la maraña de arbustos; es decir, que a medida que iba penetrando destrozaba la vegetación. Tú desconocías la existencia del hombre. Tu vida, hasta ese día, había sido apacible y relativamente tranquila. No existían sobresaltos y, de alguna manera, todo estaba más o menos calculado por lo que la confusión iba creciendo a pasos agigantados.

Tu primitiva imaginación ponía buena parte en aquel rompecabezas sin sentido. Hacía que pensaras que se trataba de un monstruo abominable y devastador de formas extraordinarias. En muchas ocasiones, cuando la horda se había encaminado en peregrinación hacia el Noreste de donde habitualmente habitabais, habíais compartido bebederos con grandes animales como búfalos, ñus, e incluso jirafas y rinocerontes. Pero cada uno permanecía en su sitio. Con el respeto y cuidados propios de cada raza os mirabais de reojo en una aparente indiferencia cargada de sospecha, en la que nada normalmente sucedía, sin que, a su vez, existiesen confianzas por parte de nadie. Sólo las garcillas bueyeras podían permitirse la anárquica licencia de corretear entre unos y otros buscando insectos.


PANDEMÓNIUM Capt.22


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Cuando dejaste de aferrarte y traquetear a tu víctima como un pelele, te incorporaste. Sabías con seguridad que a tus espaldas se hallaba una inesperada y nueva presencia observándote. Como un dispositivo, insaciable y automático, te volviste sin dudar en ademán de lucha; exhibiendo sin pudor unos poderosos incisivos cargados de amenazantes y terroríficos sonidos. Y fue cuando aquellos mequetrefes pudieron observar de primera mano, con rotundo pavor, unas formas ágiles y demoníacas dispuestas a matarles sin ninguna piedad. Paralizados por el miedo seguían sin saber qué era aquello que desde las tinieblas emergía y se les dirigía. Pero la intuición ante el peligro no logró evitar que se agolpasen y empujasen unos contra otros por salir a trompicones del callejón.

— ¡Hostias! ¿Qué es eso? —preguntó uno de ellos.
— ¿Qué es? No voy a quedarme para averiguarlo, te lo aseguro.

En la estrepitosa y precipitada huida volvieron a amontonarse y a caerse derrumbando, a su paso, tantos cubos de basura y botellas como se interpusieron en su precipitada retirada. Cuando por fin consiguieron acceder a la travesía principal y notaron el circundante sonido de la gente, respiraron sintiéndose más aliviados; pero continuaron corriendo sin mirar atrás como alma que lleva el diablo.  

Comprobaste a tu manera que no volverían.

Desde la oscuridad que te envolvía olisqueaste en el aire la turbación de los huidos. No, no volverían. El susto no era para menos. Huían sin saber qué era aquello. No habían conseguido averiguarlo y, seguramente, jamás llegaran a saberlo.

Probablemente eras un monstruo pero tan sólo un monstruo.

Sólo uno más de los miles, de los millones que existen. También la ciudad está llena de monstruos. Ahora lo sabes. La ciudad resulta muy grande, interminable. Y todo en ella puede suceder. Aquí, al igual que en la jungla existen insospechados peligros que acechan continuamente en las sombras y en la noche; criaturas inmundas llenas de odio, envidia y rencor. Criaturas eternamente dispuestas a despedazar sin el menor temblor de muñeca al que tienen enfrente, mientras, inalterables, son capaces de tomarse unas copas esgrimiendo la más sucia de sus sonrisas.

Razas superiores; implacables y devoradoras. Razas inferiores; traidoras, desagradecidas, cínicas y miserables. Son los peligros ocultos. Son los peligros emboscados. Son los peligros del alma. Son los peligros de siempre. Son, en definitiva, los peligros del hombre como raza. En la que crecen como hongos envueltos en la oscuridad. Entes perversos que, procedentes del averno del corazón, se camuflan con el fin único de engullir sus objetivos.

En realidad nada cambia porque nada es capaz de cambiar. Todo es igual. No se trataba de un pasatiempo al azar. Aquello, en ese preciso instante, era exactamente lo mismo; no dejaba de ser otra cosa que el cruel juego de la vida y la muerte. Igual que sucede en la selva y, en donde las opciones determinan las acciones y, en esta ocasión había, necesariamente, que matar o morir.

Mientras el infeliz yacía moribundo en el suelo, cubierto de sangre, reflexionaste. Tampoco le habías dado una oportunidad. Ni siquiera sabías qué hacía allí. Todo había sucedido veloz. En una fracción de segundo. En ese tiempo tuviste que, inevitablemente, decidir tu suerte. Los humanos no te gustaban. Tampoco sus abyectas intenciones.

Recordabas que la fría presencia de las armas de fuego te había causado muchos problemas y sabías que el que las lleva las usa. No son un simple adorno. Primero, en la selva, más tarde en el laboratorio, después en la ciudad. Siempre es igual. Todavía llevabas en el costado, aún sangrando, el recuerdo del agente de policía. Y de sus disparos. A él sí le ofreciste una oportunidad. Quizá porque en ese momento no supiste detectar con la necesaria nitidez que llevaba una pistola al cinto. Pero, ¿para qué darle a nadie más que llevara un arma otra oportunidad? ¿Para qué? ¿Para ser tú el que ahora estuviera muerto en el suelo?




PANDEMÓNIUM Capt.21


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Súbitamente, como si de una visión llegada del más allá se tratase, encontró de frente a Ulises. Al gran Ulises. Al mono más enorme e impresionante que jamás hubiese visto y vería jamás: 60 kilos de músculos tensos y preparados. Sus “pinturas de guerra” quedaron dibujadas con vehemencia sobre su cara alargada. El rojo púrpura en el hocico, el azul cobalto alrededor y, en su barba, violentos tonos amarillos. Todo, en un denso mapa de colores mortales.

Desde tus ojos castaños y almendrados le observaste atento. Sabías perfectamente lo que aquel tipo llevaba en su temblorosa mano. Lo que escupía y sus consecuencias. Pero tu mirada continuaba siendo la del rey que siempre habías sido, penetrante y combativa. Y tus fauces absolutamente pavorosas. Algo para no olvidar. En fracciones de segundo tu injertada conciencia salió al paso. ¿Por qué estaba aquel humano allí? ¿Qué hacía con un arma en la mano? Las preguntas no tenían una respuesta ni inmediata ni lógica; ni el camello sabía qué cojones hacía allí un descomunal mandril, ni tú las historias de aquel sujeto. Pero una cosa era cierta y estaba meridianamente clara: la pistola mataba. Y la pistola, por casualidad, estaba en su mano.

Como una exhalación te precipitaste como un perro rabioso y suicida sobre el intruso encaramándote a su cuello. El tipo apenas trató de defenderse. Todo sucedió tan veloz que le fue imposible enviar al cerebro las adecuadas órdenes de protección: defenderse. Por no tener, no tuvo ni el tiempo de poner el dedo en el gatillo, se quedó petrificado. Aquel gigantesco animal herido era un durísimo rival sin excesivos planteamientos que hacerse. Si acaso sólo uno: salir con vida.

Como un animal, poseído y frenético, habías saltado a la garganta del desdichado atenazándole el cuello. De una brutal dentellada le arrancaste parte de los músculos trapecio, esternocleidomastoideo y la carótida primitiva; de modo imprevisto y maquinal comenzó a desbordar sangre en todas las direcciones. Tú, literalmente encima del sujeto, contemplaste cómo a aquél se le iba la vida entre agónicos alaridos. Enseguida dejó de forcejear y de pedir auxilio, sus manos que hasta entonces habían querido inútilmente mantener a raya la feroz acometida, fueron perdiendo prensión cayendo sin vida en direcciones opuestas.

A veinticinco metros de donde se había producido el fatal desenlace los cuatro pendencieros que iban persiguiendo al desdichado camello para ajustarle las cuentas, y que casi lo tenían arrinconado, se quedaron estupefactos. No sabían con exactitud lo que ocurría a pocos metros de allí, en aquel momento hubieran dado un brazo por saberlo pero les resultó imposible. Tan sólo oyeron gritar al desdichado y retorcerse como un cerdo en la opaca oscuridad del foso. En un principio se alegraron, alguien le estaba dando lo suyo. Pero conforme fueron transcurriendo los segundos y surgieron de las sombras los primeros terribles gruñidos, éstos, congelaron sus estúpidas risas en los labios. Era cierto que la oscuridad era opaca y no ofrecía demasiadas posibilidades pero no se hacía impenetrable y definitiva, porque la raquítica y sesgada luz que provenía de la avenida a determinada altura, permitía, al menos, dibujar de una manera incierta los contornos.


PANDEMÓNIUM Capt.20


20

Le oíste llegar. Advertiste que quien fuese lo hacía corriendo. El jadeo incontrolado de su aliento te marcaba la distancia a la que se encontraba. Iba aproximándose. Lo hacía sin precaución, estaba en su terreno. Era, al parecer, su escondite habitual y venía huyendo posiblemente de alguien. Pensaste en quedarte quieto como en la vez anterior. Éste pasaría de largo y nada más.

En esta ocasión las cosas no fueron por donde debían porque aquel anónimo y siniestro personaje tejía otras intenciones. Aquel fulano era un camello de opereta que andaba metido en negocios turbios de “mierda blanca” con otros tíos de su misma calaña. Y la cosa había terminado como el “Rosario de la Aurora”, sólo que esta vez a navajazos. Y es que, cuando dos personas normales discuten por algo, lo normal es, generalmente, que cada uno se vaya por una esquina si no consiguen ponerse de acuerdo. Pero entre esta gentuza la ruptura de pactos funciona de forma completamente distinta. Y con consecuencias muy diferentes. El resultado fue que tuvo que escapar echando virutas justo un segundo antes de que lo cosieran. Aunque a este menda, también de esos de “armas tomar”, y nunca mejor dicho lo de armas, tampoco se le arrugaba con facilidad el ombligo. La cuestión estribaba en que quería devolverles, a todos ellos, la “peladilla” con intereses. De esta forma se encaminó con cierta ventaja al túnel. Iba huyendo de la pandilla rival y se había metido en el callejón deliberadamente porque allí guardaba su carta de presentación para casos de discrepancia grave: su pistola automática. Agazapado esperaría a que llegaran para darles, uno a uno, caña de azúcar para no olvidar. Pero claro, casualmente, ésta se hallaba escondida a pocos metros del mandril.

El individuo, nervioso, comenzó la búsqueda de su arma.

— ¡Joder, estaba por aquí!... ¡Me cago en la puta! ¡Me cago en la puta!...

El tío iba poniéndose cada vez más nervioso. Ya podía percibir en el fondo del callejón las voces pisándole los talones. Trasteó entre los cubos, debajo de la basura, entre los escombros...

—  ¡Me cago en la puta!...

Por fin. Ahí estaba esperándole. En la bolsa de plástico azul de Esabe Expréss. Ahí seguía guardada. Como siempre. Rápidamente extrajo el armamento de la bolsa. Tiró del carro hacía atrás. Un seco y metálico golpe certificó en la oscuridad que el proyectil acababa de alojarse en la recámara dispuesto para ser disparado. El brillo del cañón, durante un segundo, hizo un guiño en la noche. Centelleó limpia como una espada. Suspiró tranquilo.

En ese preciso instante oyó detrás de él unos extraños gruñidos. Unos desconocidos sonidos guturales. Se giró. No conseguía identificar qué era exactamente aquello que se oía y comenzaba a moverse en las sombras. Buscó en uno de sus bolsillos. Recordó que llevaba una diminuta linterna de electricista. Con nerviosismo fue enfocando la que iba a ser su última escena.



PANDEMÓNIUM Capt.19


19

¿Recuerdas, Ulises, realmente, cómo sucedió? ¿Acaso lo has olvidado? Te revolviste inquieto y un tanto desesperado entre los desperdicios y la suciedad del hediondo callejón. Te encontrabas completamente desorientado y aturdido. La ansiedad y el miedo te mantenían en tensión y no habías logrado ni por un momento relajarte. Te sentías exánime. La evocación de tu pasado sólo era resultado de tu repetida angustia y desesperación. Tu respiración, aunque más sosegada, se mantenía demasiado alterada y se atrincheraba en tu pecho, entrecortada. Las heridas, a esas alturas, te pesaban demasiado como si fueran de plomo. Habías pasado muchas horas corriendo de un lado para otro sin dirección y tus fuerzas se encontraban completamente disminuidas. Entre la basura, te hiciste con algo de comida, un poco de pescado. Pero no, no era suficiente; olía mal y no estaba en condiciones. Llevabas sin comer varios días y a pesar de eso el extraño gusto te produjo arcadas.

Las sirenas zumbaban enloquecidas a su alrededor. Venían de un lado y, poco después, zumbaban de otro. Sólo el viento y la lluvia amortiguaban los sonidos, y eso que no siempre las escuchabas todo lo cerca que éstas se encontraban. Y no necesariamente todas buscaban a un simio peligroso. Pero tú, Ulises, no llevabas el tiempo indispensable en aquel manicomio cómo para distinguir ese concepto. Tú eras un animal fuerte e inteligente. Único. Orgulloso de ser quién eras. Diríase más: extremadamente brillante. Pero aquello era otra historia. Era la confusión definitiva.

Era el caos. La gente se amontonaba sobre las avenidas, recuerdas con estupefacción, como los alineados ejércitos suicidas de ñus en las interminables llanuras blancas y amarillas del Serengeti, en el que, quien se quedaba atrás, simplemente moría. Ahí sucedía algo muy similar, el oleaje humano era interminable. Incontenible. Los vehículos se congestionaban y se apiñaban unos contra otros en un bullicio infernal. Circulaban sin orden aparente y sus sonidos enervaban la atmósfera. Las voces y los gritos se superponían entre sí para nada. Para no oírse. Para no escucharse. Para no entenderse. Todo, como en una perfecta Torre de Babel. Los inmensos edificios de hierro y hormigón daban la sensación de que se abalanzaban sobre ti y el parpadeo de las luces llegaban a asustarte. Y, aunque el tiempo pasado en la ciudad había sido corto hasta llegar a refugiarte en el túnel, en ese transcurso, tuviste que ahuyentar a todo aquel que, involuntariamente, o no, se cruzó en tu desesperada carrera a ningún lugar, lo que, en cierto modo, te había producido gran excitación. Te encontrabas definitivamente perdido en aquella odiosa jungla de asfalto. Nadie vendría en tu ayuda, lo sabías perfectamente. Y de llegar a hacerlo, a buen seguro, no sería precisamente para auxiliarte. Estabas solo y acorralado. Acorralado y sin dirección.

Ninguno de tus amigos de la selva estaría allí para ayudarte, todos habían desaparecido de una u otra forma bajo la insaciable y asesina mano del humano. Y la noche, en esa situación, no pasaba por ser muy segura. Así que debías actuar con rapidez. Tus alarmas, eso sí, continuaban encendidas, no estabas dispuesto a morir de cualquier manera. Tenías que poner en marcha, aprisa, tu intuición y tu recién heredada inteligencia. Tenías que intentarlo. No podías rendirte, no debías hacerlo; tenías que intentar, al menos, escapar de las devastadoras garras que se cernían sobre ti. En el fondo más profundo y recóndito de tu mente te sentías como cualquiera que se encuentre fuera de casa angustiado, atrapado y solo, ante una situación de riesgo; deseando despertar de la pesadilla. Ansiando que todo haya sido un mal sueño. Soñando con volver. Acariciando la idea de escapar del pandemonio que te rodea y regresar de nuevo a casa. Soñando con que, a lo mejor, si de verdad se intenta con fuerzas, no resulta imposible.

Los rastreos en el callejón en busca de una salida te llevaron hasta una cortina de humo que crecía gaseosa y efervescente en forma de géiser procedente del tren metropolitano. Después de asegurarte que en efecto aquello era el conducto de ventilación del ferrocarril subterráneo, optaste por la peregrina idea de escapar por aquel lugar. De todas formas tenías que jugártela. No te quedaban opciones. Únicamente la imprevista llegada de otro desconocido retrasó tu fuga.



PANDEMÓNIUM Capt.18


18

En este evento, no te engañes, te mantendrían con vida únicamente el tiempo justo que fueses capaz de soportar dentro de aquella minúscula cápsula modular sin que el pánico y la claustrofobia se apoderasen de ti. No dejas de ser un animal y las reacciones en determinados estados de tensión son aún demasiado imprevisibles pese a la dilatada y costosa instrucción recibida. Aunque para eso habías sido debidamente adiestrado durante largo tiempo; para soportar situaciones de extremo riesgo. Para eso, y para que tu extraña y nueva inteligencia te hiciesen autosuficiente. Recibirías órdenes precisas y concretas que sabrías ejecutar sin dudas desde la cabina de control. Sabrías, además de nutrirte controladamente, llevar a cabo las instrucciones recibidas así como aportar e improvisar soluciones a situaciones inesperadas. A fin de cuentas, tu cerebro, actuaría en cierta manera como un ordenador terminal que recibiría, procesaría y remitiría información al Servidor Principal que, en realidad, son los humanos y sus máquinas.

Pero es cierto que todo podría fallar fácilmente si tu angustia y tu falta de control llegasen a ser irreversibles, y, entonces, a partir de ahí, comenzaras a destrozarlo todo en una frenética e incontenible histeria por escapar del habitáculo. Ese aspecto, naturalmente, también se hallaba cubierto. Se había dispuesto un complejo sistema informático de retorno, gracias al cual, accederían sin problemas por sus propios medios. Rescatarían y procesarían la máxima información antes de desactivar la “U.C.U.”  (Unidad de Cordón Umbilical) o medio de asistencia por el que, hasta entonces, habrías estado conectado a la Base Central. Después sólo te quedaría esperar que la falta de oxigeno hiciese el resto.

Al principio, cuando te capturaron, no dejabas de ser un ejemplar más pero el fin al que estuviste destinado, “Proyecto Ulises”, y las pruebas a las que fuiste sometido por largos periodos de tiempo hicieron de ti lo que hoy eres. Aquellas interminables jornadas, enganchado a extrañas máquinas y las drogas desconocidas y experimentales que te inyectaron repetidamente, fueron dándote una nueva identidad y una insólita inteligencia. Seguramente mucho mayor de lo que aquellos individuos tenían calculado. Y como resultado, surgieron los imprevistos; lo único con lo que los asquerosos bípedos no contaban. Conseguiste escapar de aquel laboratorio y liberar a otros animales que, como tú, se encontraban sujetos a diversos experimentos.

Reconoce que las ansías enfermizas que tienen estos otros animales de dominar el mundo, violando la naturaleza en sí misma, incluso por encima de Dios, te beneficiaron en ese aspecto. Tu inteligencia destacó de forma inmediata; te considerabas capacitado para establecer claramente conceptos e ideas. Incluso para tener tu propia opinión y discutirla; lo único de lo que no eras capaz era articular el sonido humano aunque poseyeras el privilegio de entenderlos cuando hablaban.

Esta es la ventaja que tienes que aprovechar hasta el final, sabes que no tendrás demasiadas oportunidades. Una vez que te introduzcas en los alcantarillados de la ciudad, tendrás un laberinto infinito de túneles que retrasarán tu caza, pero sólo eso. Tampoco tú te encuentras convencido de querer prolongar por más tiempo esta agonía. Esta locura debe terminar en algún punto y tienes la angustiosa sensación de saber cómo. Estás malherido y te fallan las fuerzas. No crees que puedas burlar por mucho más tiempo a tus perseguidores; sabes que cuando eso se produzca no podrás implorar por tu vida y rogar que no te maten.


PANDEMÓNIUM Capt.17


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Tras una inexplicable e inefable sensación de desorientación y pérdida de control, en la cual resultaría imposible evaluar con claridad las sensaciones y los conceptos, te aproximarían junto con la sonda espacial “Cassini”, a unos diez millones de kilómetros del planeta gigante, convirtiéndote, de esta forma, en el bicho viviente más cercano a Júpiter. Después de un primer estudio, consistente en analizar los anillos, así  como las lunas, pasarías a la siguiente labor; a investigar con todo detenimiento la atmósfera de Júpiter y lo que los técnicos de la agencia espacial han denominado como “Tormentas casi perfectas”. De hecho, la gran mancha roja del planeta más grande del Sistema Solar, no es sino una tormenta de un tamaño tres veces superior al de la Tierra que, en continua evolución, se desplaza de un sitio para otro a una velocidad no inferior a los cuatrocientos ochenta kilómetros por hora. Aunque, seguramente, lo más extraordinario sea, que lleva así, en esa constante, trescientos años. A partir de ahí, de enviar una pormenorizada información, medio billón de metros de película y una infinidad ilimitada de datos codificados, habría concluido el trabajo allí. Por lo que aprovechando la gravedad de este gigante serías impulsado a Saturno, al que llegarías en un tiempo previamente calculado de tres o cuatro años.

Lógicamente la mordaz estrategia empleada por la Organización y Fundación IPCICCEX (Instituto de Proyectos para la Cibernética Cósmica y Comportamiento Experimental) estaba bien definida; desde el hecho inicial de lo que ellos denominaban “E.A.C.” (Elección Adecuada del Candidato), que invariablemente pasaba por una rigurosa y ardua selección de individuos bajo determinados parámetros hasta los sofisticados y elaborados sistemas técnicos. Todo ello, como en una gran obra de teatro, se completaba con una amplia y compacta infraestructura de medios y avanzados laboratorios una vez se habían provisto de cierta cantidad de números, “E.A.C.’s”. A continuación, en los meses siguientes, se configuraban con tremenda precisión los objetivos para los que éstos habían sido designados, y que, por lo general, casi nunca tenían que ver unos con otros, ya que, algunos de vosotros seríais enviados al espacio en diferentes misiones. Pero otros, por el contrario, seríais expuestos a diferentes y terribles experimentos de toda índole mientras resultasen o financiados o interesantes.

Llegado el trágico hecho de que ninguna de las dos condiciones se cumpliese, el individuo en cuestión sería automáticamente eliminado por decreto.

En las sombras, como asesinos, andarían las manos invisibles y el apoyo incondicional de ciertas Compañías Multinacionales que, desde hacía algunos años, habían trazado un glorioso pacto I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación) en estrecha colaboración con la NASA, para enviar expedicionarios, forzosamente suicidas, a lo que calificaban como “L.C.P. F.” (Lugares con Cierta Posibilidad en el Futuro) Estas empresas puestas al dudoso servicio de la investigación y la ciencia, escamotearían, de paso, ante la Hacienda Pública, sus no siempre diáfanas cuentas de resultados y sus turbios movimientos financieros.



PANDEMÓNIUM Capt.16


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En virtud a los innumerables experimentos que llevaron a cabo contigo en aquel laboratorio durante dos años y medio, despertaron en ti la inteligencia nada común que hoy posees. Antes de todo eso tu lógica era la de un simple primate. Te movías por intuición y por los impulsos propios de tu raza; la precaución, el valor, el sexo, la audacia. En fin, todo lo que formaba parte de tu especie. Hoy, no. Ni mucho menos.

Hoy, eres capaz de razonar con un método definitivamente humano. Esa capacidad te asusta. Lograste asimilar a la perfección dicha comprensión. Aprendiste a descifrar los signos de lectura y los de cálculo y también a trazar con soltura los símbolos. Dicho de otro modo; eres capaz de entender e interpretar las cosas que te suceden y te rodean.

Además de esto, a través de los ensayos practicados, introdujeron en ti, como parte del programa de experimentación, amplios conocimientos de geografía, física, lógica, astronomía y zoología, entre otros. Conectaron electrodos en tu cerebro durante meses, enviándote continuamente al neocórtex superior y al hipotálamo, claves, imágenes, mapas y complicadas informaciones, a una velocidad de secuencia algo inferior al de la luz. Durante largos periodos esta situación se sucedió sin descanso bombardeando tu cerebro. Tardaste muchas sesiones hasta llegar a comprender, pero, con el paso del tiempo, lo que al principio se te antojaba un intrincado lenguaje de jeroglíficos fue alcanzando un volumen. Un volumen cada vez menos confuso y abstracto. Progresivamente comenzaste a entender palabras sueltas. Eras tan inteligente como los humanos pero podías llegar a ser más cruel. Sólo tenían que ponerte a prueba.

Más tarde llegó el momento en que el que tu porcentaje, tanto de asimilación como de comprensión, fueron verdaderamente notables. La finalidad última de introducirte mediante el sueño tal cantidad de datos, tenía, como es natural, varios propósitos en distintas etapas. El primero consistía, básicamente, en averiguar hasta dónde podía llegar el grado de retentiva mental de un simio después de haber estado tan fuertemente sometido a una determinada presión de conocimientos, textos, dibujos, cifras y cosas. Finalmente, y si todo funcionaba con el éxito previsto, aquel durísimo entrenamiento tenía una estremecedora segunda parte; la de ser catapultado sin posibilidad de retorno a distintos puntos del espacio. A lugares donde, por el momento, resulta todavía impensable que el ser humano pueda alcanzar.

Eso significaba una sola cosa: que jamás regresarías. Estabas destinado, condenado a vagar indefinidamente en una odisea mortal por el firmamento para transmitir y recibir información hasta el último instante, mediante los chips de última generación que te habían sido implantados. A través de los cuales, ellos, los humanos, podrían controlar tu gestión a bordo con relativo dominio desde la Tierra. El plan para el que habías sido destinado fue bautizado como “Proyecto Ulises”, un desafortunado paralelismo homérico, absolutamente experimental, más allá de la fábula y de cualquier otro sueño.



PANDEMÓNIUM Capt.15


15

La intensa lluvia sobre tu cabeza te ha devuelto al callejón. El agua cae por las cañerías haciendo un ruido ensordecedor. Debe ser muy tarde ya pero la ciudad nunca duerme. Sientes continuamente a los humanos al alrededor. Continúan buscándote. Has recuperado el aliento y debes salir de ahí. Si no te mueves pronto acabarán por encontrarte.

No tienes apetito, pero acabas de descubrir en esos cubos de basura restos de comida y aunque sólo sea por recobrar fuerzas has de comer algo. Es pescado, sabe mal y te ha dado arcadas, está prácticamente podrido. Esperarás un poco más y te largas. Además, ya tienes la solución a tu huida; te has dado cuenta de que aquí mismo tienes la tapa de un alcantarillado. En la oscuridad no habías apreciado que ésta es tu puerta de salida. No tienes ni la más remota idea de adónde te conducirá ni a qué nuevos peligros tendrás que enfrentarte pero tienes claro que en cuanto deje de llover peinarán todos estos hedientos callejones hasta dar contigo. El dolor de las heridas te resulta cada vez más insoportable y no puedes reprimirlo. Es un sufrimiento hostil y lacerante. Se te escapan, sin poder evitarlo, los jadeos y los sonidos de lamento. No sabes de todas formas si aguantarás. Es posible que alguien pueda encontrarte muerto aquí mismo. Estás malherido y sientes cómo las fuerzas van traicionándote, abandonándote. Continúas perdiendo sangre aunque algo menos. Taponaste a tiempo las heridas con trozos de cartón.

Llueve. Sigue lloviendo. Ahora con más insistencia. El agua golpea con ímpetu en el suelo, y en las montañas de basura que amontonada a los dos lados se extiende por todo el callejón. Parece, por lo que puedes ver desde donde te encuentras, ahí, camuflado entre la inmundicia, un corredor interminable. Alguien viene. Lo oyes. Aún se encuentra lejos pero va acercándose. ¿Será un animal? ¿Será un niño perdido? ¿O tan sólo un perro vagabundo de los miles que hay en esta odiosa ciudad? ¿Será otra víctima expiatoria de esta jungla de asfalto y hormigón? ¿Será el resultado infame y cruel de la conducta de estos que se llaman a sí mismos, sin reírse, humanos? ¿Será un fugitivo como tú? ¿O no? ¿Quizá un suicida buscando un lugar donde liberar su angustia de una puta vez por todas? No te encuentras en condiciones de luchar; estás débil y herido, pero no vas a dejarte abatir sin antes lanzarte al cuello de quien sea necesario hasta arrancárselo.

Debes guardar absoluto silencio. Ya le oyes cerca. Escuchas sus pasos más cercanos. Debes estar preparado por si acaso. Tratarás de la forma que mejor puedas estar quieto. Siempre que el dolor de las heridas y las ratas te lo permitan. Un fallo puede costarte caro. Pero también al desconocido que se acerca. Le sientes muy cerca ya. Casi a tu lado. Es un humano. Se ha detenido al oírte gemir. ¿Qué vas a hacer? ¿Escapas o te lanzas sobre él? No lo sabes… Si decidieras lo segundo, no podrías dejarle salir con vida de este agujero o en dos minutos tendrías aquí a todo el mundo. Sigue caminando. Parece que se marcha. Debe haber creído que ha sido una mala jugada de su imaginación. La oscuridad invita a eso. Por fin se aleja. Y en el fondo te alegras. Mejor para ti. Mejor para él…



PANDEMÓNIUM Capt.14


14

Te sentías extenuado. La batalla sostenida con Sgragor diezmó tus fuerzas hasta casi el límite de tus posibilidades, sin embargo, la inquietud no te dejaba conciliar el sueño. La incertidumbre acerca de la misteriosa matanza, y por otro lado, la enigmática ausencia del grupo, no te permitía recuperar el sosiego. Tanto los demás como tú pensasteis que lo conveniente era pernoctar esa noche al abrigo de arbustos situándoos lo más cómodamente posible en ramas de mediana altura. Personalmente no pudiste pegar un ojo; entre otras cosas, porque el efecto anestésico que aplicó tu compañero Zop, a base de hojas y barro, había terminado y el dolor comenzaba a ser insostenible. Sentías una lluvia de agujas atravesándote el hombro de parte a parte.

De esta molesta forma, como quien pretende huir del dolor, acabaste en la copa de la robusta y copuda acacia Gerrardii, oteando y olisqueando el horizonte que te acercaba extraños olores. Oteabas más confuso y aturdido que nunca, como queriendo averiguar qué estaba sucediendo.

No terminaba de amanecer cuando una feroz tormenta se abalanzó por sorpresa sobre el lugar desparramando violentos rayos que iluminaron y azularon el contorno. Instantáneamente, un virulento y abundante aguacero os hizo poneros a cubierto amontonándoos como pudisteis entre los árboles junto a un conglomerado de termiteros gigantes. Perezosamente, al llegar los primeros rayos de luz, la oscuridad que hasta entonces había gobernado fue perdiendo consistencia. Ninguno de los que erais habíais conseguido dormir bien. La sensación de angustia se colgó de vuestro sueño adueñándose por completo de la situación. La noche se hizo interminable barajando hipótesis que, al cabo, no os llevaron a ninguna parte; es más, os sentíais aún más desorientados y aturdidos que el día anterior. De madrugada, aunque no cesaba de llover, os pusisteis en camino siguiendo algunas huellas que el día anterior localizasteis. La lluvia torrencial desfiguró notablemente las pistas, pero, al menos, pudisteis encaminaros en una dirección determinada.




PANDEMÓNIUM Capt.13


13

El primero se refería a que, exceptuando a un viejo, cojo y achacoso mono, el resto, eran hembras también de avanzada edad. El otro aspecto era el más singular; junto a éstos, había huellas de sangre, ya absorbida por la tierra, que parecían manados de uno o dos, a lo sumo, diminutos agujeros que te costaba identificar entre el pelo. Te quedaste realmente estupefacto. Jamás reconocerías su origen. Era imposible. ¿Qué clase de animal actuaba de esa forma? Inventaste docenas de argumentos para justificar las imágenes tan atroces que te ofrecían los ojos; las águilas no actuaban de ese modo. Cualquier grupo de leopardos hubiera atacado, sin distinción, a machos y hembras. Y quizá, en la edad de aquéllos podía existir un argumento, aunque no lo sabías.

De todas formas… ¿Dónde se acertaban los demás cuerpos? Porque sólo teníais diez o doce de un número infinitamente superior. Y otra cuestión. ¿Qué animal, en su sano juicio, ataca a una manada de mandriles? Por otra parte, ningún animal mata por matar; por el sádico e inútil placer de hacerlo si después no devora su presa. Salvo que estuviera loco, que podía ocurrir. Tú, todavía, no sabías de ninguno; sencillamente no concebías el sentido del acto. Tu mente no podía justificar la acción de matar a menos que fuera rigurosamente necesario. Matar o morir, lo comprendías. Comer para vivir, necesario. Lo demás tenías que aprenderlo. No te estabas olvidando del hombre, simplemente no lo conocías.

La tarde se hundió en un profundo y doloroso silencio. Como la piedra en un pozo tan profundo como insondable. Y es que en las grandes regiones ecuatoriales de la Tierra el crepúsculo es grandioso pero muy corto. Los colores vivos, cálidos y metálicos van apagándose como si la vida escupiera su último aliento. Y así, casi automáticamente, se pasa de la luz cenital y del calor intenso, al fresco vivificante y dorado anochecer. Sin prisa, pero renglón a renglón. El día que agoniza deja escrito en el cielo su última voluntad, dar paso al ocaso. Minuto a minuto, el sol,  esa gigantesca e inacabable bola de fuego acaba desplomándose sobre la perfecta e intacta línea del horizonte. Y paulatinamente, los matices pierden su fuerza para tornarse más oscuros y opacos. Los que fueran los amarillos más llamativos y los rojizos más intensos toman un siniestro relevo pintándose con cierta suavidad entre ellos de tonos ocres.

A pesar de esta aparente calma, a la caída de la tarde, se despliega en secreto una gran actividad. Los animales diurnos aprovechan esos cuarenta minutos para misiones de caza muy concretas luchando contra el tiempo. Por su parte, los predadores nocturnos, se disponen a iniciar su oscura jornada de trabajo, pero lo hacen con la tranquilidad y la monotonía de quien va a trabajar a la fábrica; con la parsimonia de quien tiene todavía muchas horas por delante.

Cuando finalmente la penumbra hizo presa extendiendo su oscura mano por el lugar, las pintadas, los francolines, las queleas de pico rojo y los tejedores callaron sus potentes y penetrantes cantos. La vida, por un instante, pareció detenerse. La multitud de aves que hasta ese momento habían inundado el aire, desaparecieron. La selva y la estepa cesaron, quedando todo en una infinita calma. Al fondo, unos inmensos baobabs recortaron sus corpulentas y rígidas figuras en posiciones de clemencia ante una soledad que les llegaba por los cuatro costados. Sus figuras impávidas y destartaladas lloraron en un amargo y extraño silencio en busca de la paz negada.



PANDEMÓNIUM Capt.12


12

Días más tarde, cuando en la lejanía de la estepa el grupo y tú observasteis una banda de chacales que ágiles y temerosos roían entre las hierbas la piltrafa de un caballito africano, y un enorme buitre torgo de color caoba se disputaba con tres buitres de espalda blanca el jirón ensangrentado de la cebra abatida, recordaste de nuevo a Sgragor. Claro, tuviste en cuenta, enseguida, que podías haber sido tú el infortunado.

Lo probable era que a esas alturas ya hubiese ido a formar parte del estómago de algún otro animal. Por el lado que realmente te importaba, aún te lamentabas de tu precario estado; seguías herido, y a cada paso que dabas te dolían más las malditas llagas, trofeo indiscutible de la primera contienda. Era casi insostenible. El dolor te llegaba hasta el cerebro. Zop, en un notable gesto de agradecimiento, arrancó para ti panicum mentolada y la humedeció con barro y limo de la charca. Aquel primitivo emplasto, aplicado con torpeza sobre las heridas, calmó tu sufrimiento temporalmente y cortó la hemorragia. La lesión era profunda y sólo cierta humedad tratada con el calmante de moho verde del lecho del río alivió el profundo daño. De camino, y aunque casi todos habíais perdido el apetito, degustasteis raíces y tubérculos frescos que encontrasteis al paso.

Al llegar al último tramo de la arboleda, desde donde podíais divisar el calvero en el que la horda tenía situada su estancia habitual, notasteis de nuevo que algo no iba bien. Intuición quizá. Pero te llamó poderosamente la atención la inexplicable ausencia de aves y otros animales en las copas de los enormes mahoganys. Tampoco existían señales de impalas ni de ningún otro tipo de bóvido, los cuales, gracias a su finísimo olfato y sensibilidad auditiva garantizaban en todo momento vuestra tranquilidad ante la presencia de cualquier amenaza. Aquél era un silencio impropio y excesivo. Forzado y tenso, lo adivinabas. Sólo el silbido candente del viento procedente de la sabana se dejaba oír deslizándose en zapatillas entre el verdinegro dosel de los majestuosos y titánicos árboles africanos.

Rápidamente alertaste a tus colegas. En vuestro ambiente natural era muy fácil predecir cuando algo fuera de lo normal estaba sucediendo. Intentasteis de ir de la manera más cauta, silenciosa y disciplinada posible en medio de los arbustos. Así anduvisteis un escaso centenar de metros, manteniendo la cautela necesaria hasta encontraros en el punto desde donde poder observar sin ningún tipo de peligro. Fue alarmante comprobar que no existía el menor rastro de ninguno de los miembros de la manada. Y resultaba del todo extraño que hubiesen decidido marcharse sin más. Debía existir algún motivo lo suficientemente importante como para tomar tal decisión. Con esta escalofriante incógnita sobre vuestras cabezas fuisteis lentamente hacia la tremenda realidad.

Originalmente no advertisteis nada que os hiciera llegar a una conclusión. Fue, después, al encontrar entre unos matorrales el cadáver de una hembra cuando vuestra preocupación se hizo manifiesta. A lo largo de la tarde hallasteis varios cuerpos muertos. A tus compañeros, como a ti mismo, os iba aumentando la adrenalina por momentos. No acertabais a comprender nada de lo ocurrido. Después de oler y examinar, uno a uno, los muertos que habíais ido hallando diseminados en las proximidades, reparaste en dos detalles que, en aquel instante, te dejaron más confundido todavía.





PANDEMÓNIUM Capt.11


11

A partir de aquel instante ya no le quitarían la vista de encima a aquel maltrecho guerrero que, antes o después, caería fatalmente vencido. Esperarían lo que hiciera falta hasta que aquél fuera abandonado por sus ya diezmadas fuerzas. Entonces sería pasto definitivo de las hienas o los perros salvajes del desierto. Y por último, de los inquietos carroñeros.

Por desgracia, o no, así sucede; la vida en la selva no tiene previsto un lugar para mutilados, débiles o enfermos. La depuración natural del sistema elimina instintivamente a éstos para que, con su vida, contribuyan al ciclo establecido por la naturaleza.

Así que ninguna muerte por cruel que parezca en la selva es en definitiva inútil. Las cadenas alimenticias que clásicamente se describen con una serie de eslabones; el vegetal, el fitófago, el predador y el superpredador, pueden alcanzar en las estepas africanas grados de complicación muy notables. La energía atesorada por el vegetal, pasa a través de la langosta, la mantis, el camaleón, la serpiente, la mangosta y el águila marcial, cuyo cadáver podría, teóricamente, ser devorado por una hiena. Y ésta, último consumidor del ejemplo de la cadena, cede finalmente a los microorganismos destructores la energía atesorada a la vez que el nitrógeno y otros elementos minerales de sus tejidos retornan al suelo para ser utilizados nuevamente por las plantas, cerrándose así el ciclo de la materia y de la energía.



PANDEMÓNIUM Capt.10


10

Claro está que en el libro de los humanos, aquélla, era una palabra muy usual aunque tú aún no lo supieses. El tiempo, sin tardar, te pondría innumerables ejemplos de cómo les divierte la enfermiza sensación de torturar y destruir cuanto tocan.

También tú habías condenado a aquel animal sin proponértelo de un modo cierto. Le habías destrozado una de sus patas negándole así la única posibilidad de supervivencia dentro de la jungla. En cualquier instante sería presa fácil de otro predador; de las hienas manchadas, los chacales o los licaones, capaces de cortarse una de las orejas por comerse tan sólo una uña de aquel majestuoso y codiciado carnívoro. El postre sería para el más osado de los carroñeros, el buitre africano de espalda blanca, quizá. O, tal vez, para el de cabeza blanca. O, posiblemente, para algún ávido y hambriento alimoche venido de la zona de los Grandes Lagos. De todas maneras era de sobra sabido, a través de un estricto y cruel código, que sus días estaban más que contados.

Pronto la solemnidad del momento, la tremenda realidad, te hizo regresar olvidando temporalmente los luctuosos pensamientos que no sabías exactamente a santo de qué te llegaban. El júbilo de tus colegas era grande y también la admiración por lo sucedido. Observaban el fracaso del felino como un galardón de guerra. Has de confesar que, al final, te hinchaste de orgullo para no darle más importancia a la cuestión.

Más tarde buscasteis el desafortunado cuerpo del que había sido nuestro compañero. Lo encontrasteis tan sólo a medias, ya que se encontraba prácticamente destrozado. La primera intención del felino habría sido, probablemente, la de llevarse su presa. Pero al detectar la presencia de otros simios quiso hacerse valer intentado que prevaleciera su ley y esa cuestión de honor le perdió. Seguramente, aquel mono desgraciado, también se había alejado demasiado del resto, a juzgar por la distancia en donde le hallasteis. Evidentemente, al leopardo, le resultó muy cómodo atacar a un solo y despistado miembro. Máxime si tenemos en cuenta que, Kauh, era seguramente el más joven del grupo.

Cuando decidisteis regresar después de aquella odisea, el sol se encontraba verticalmente sobre vosotros como una gigantesca bola de fuego. Y lo hicisteis despacio. Muy despacio. Éste era ígneo. Pesaba sobre vuestras espaldas como lápidas. El apretado mosaico amarillo de la sabana hizo un guiño cuando se formaron columnas de aire caliente; corrientes térmicas que, con frecuencia, aprovechaban activamente los buitres carroñeros para despegar de las ramas de las acacias y de las rocas, enrolándose, a continuación, en la comba de aquellos abrasadores circuitos. De esta original manera iban ganando altura, aprovechando la dotación de la fuerza ascensional en el interior de las bolsas de aire.

Cuando habían conseguido una altitud que oscilaba probablemente, desde los 200m hasta los 2.000m, dominaban con amplia comodidad la situación. Sólo gracias a estos efectos de tipo natural y a sus increíbles vuelos de exploración, habían sido, sin pretenderlo, testigos de excepción del sangriento combate.



PANDEMÓNIUM Capt.9


9

El acto siguiente, fue saltar sobre ti para no darte lugar a la reacción. Pero a pesar del intenso dolor que te invadió, tú, que te encontrabas en el suelo, le esperabas como un gato panza arriba; de tal modo, que cuando sentiste su cuerpo sobre ti, accionaste como dos catapultas tus manos traseras sobre su vientre haciéndole perder el equilibrio durante unos instantes. Momentos que aprovechaste, sin incorporarte, para enzarzarte con él en un cuerpo a cuerpo. Y en donde situaste tu cabeza casi por casualidad a la altura de su antebrazo.

Sin piedad apresaste con tus colmillos la pata destrozándola; desgarraste su musculatura a dentelladas, lo que hizo que, el gigantesco gatazo se retorciera de dolor intentando buscar desesperadamente la forma de salir del atolladero. Desde tu posición le era prácticamente imposible moverse y, mucho menos, devolverte un mordisco. Pretendiste, frenéticamente, continuar devastando la garra del animal pero tu acción duró apenas unos segundos. Nuevamente consiguió ponerse en pie aun cuando seguías sujetándole cruelmente la extremidad. Forcejeasteis de una forma increíble hasta que, definitivamente, pudo desprenderse de ti; no sin antes, llevarte para entonces, buena parte de sus músculos en la boca.

De manera automática, tras la espectacular mutilación, Sgragor, soltó un alarido estremecedor que quebró el silencio; se revolcaba de dolor. Entre quejidos lastimeros le viste, instantes después, incrustarse en el sotobosque como un alma diabólica dejando en su huida un vasto reguero de sangre.

Te quedaste en silencio, atento, ¿lo recuerdas bien? No sentías la huida. No sentías nada. Todo había terminado y tú eras, sencillamente, el ganador. Una profunda afonía volvía a dominar de nuevo el lugar mientras los ocultos moradores de las ciclópeas e interminables Lophiras, de casi de setenta metros de altura, se desplazaban a cotas más bajas para analizar expectantes, de primera mano, el final del espectáculo.

El grupo, al unísono, salió alborotado formando una algarabía en torno a ti haciendo numerosas parodias acerca de aquel desdichado animal, imitando su ya irreversible cojera. Pero en ese preciso momento te sentiste inútil y distante. Sabías que era la ley: matar o morir. Sin más. El juego cruel de la vida o la muerte. Sin embargo, no te sentiste orgulloso. Algún extraño mecanismo se accionó dentro de tu mente. ¿Qué te sucedía? Le habías derrotado, ¿entonces, qué? Sabías, con intuitiva seguridad, que él tampoco había disfrutado con la muerte de tu amigo. No creías entonces que nadie, absolutamente nadie, pudiera celebrar un acto así; aunque en vuestro mundo sentimientos como ése no se cuestionaban. No existían en vuestro diccionario. Aquel desdichado sería, a partir de aquel momento, simplemente el alimento del día.



PANDEMÓNIUM Capt.8


8

Sentiste a tu izquierda un rumor extraño mas no desconocido. Te giraste lentamente. Como un resorte, notaste en ti un oleaje incontrolable. Una fortísima convulsión abrasó tu rostro inyectando de sangre tus ojos. Lanzaste, entonces, un profundo rugido de lucha adoptando una posición de ataque y esperaste. Cuando le viste aproximarse lentamente entre el claroscuro follaje de los arbustos con la boca goteante de carmín supiste que uno de tus camaradas no volvería jamás a la manada. Aquel enemigo no te era anónimo. En muchas ocasiones los machos más viejos os habían hablado de él. Con cierta frecuencia alguno de vuestros congéneres había acabado sus días entre sus fauces. Era Sgragor, el leopardo.

Por el momento se mantuvo lejos de ti y te examinó. A ti no te conocía. Sus ojos eran fríos topacios. Mostró sus colmillos y durante un instante sentiste miedo. Pero era demasiado el orgullo que almacenabas como para dar marcha atrás. Nuevamente notaste otra convulsión que fue pintando tu pecho de azul cobalto. Te sentías muy cerca de la batalla y perdiste el temor que te seguía a medida que ibas excitándote con el duelo. Comprobaste, que, en las articulaciones de las manos y los pies te afloraban manchas rojas producto de la tensión. Rugiste desafiándole. Y si él quería tendría, por tu parte, una danza a muerte. Sin saberlo, aparecieron en tu rostro las llamadas “pinturas de guerra” de las que sólo gozan los mandriles adultos; combinando el color rojo escarlata con el azul cobalto y el amarillo en un denso esquema cromático de gran impacto. Notó, por tanto, que estabas dispuesto a morir si era necesario. Bajaste la cabeza esperando su ataque y le enseñaste amenazante tus largos y agudos caninos. Sabes que dudó. Quizá porque estaba acostumbrado a presas de menor tamaño o tal vez más fáciles. Años después supiste que un gran mandril como eres tú es un animal muy temido por todos.

Se balanceaba sobre sí mismo lentamente. Buscaba, sin duda, un flanco de entrada. Avanzó muy despacio formando al final, entre los dos, un corro mortal. Él tampoco estaba acostumbrado a evadir peleas. Sgragor era visiblemente mayor que tú en edad. Eso le daba una ventaja considerable sobre ti, en principio: experiencia en la lucha. Aunque como contrapartida a tu juventud y escasa práctica en este letal arte extraespecífico, contabas con la audacia y el peso de un mono adulto.

Disteis dos vueltas el uno con el otro sobre el eje invisible que se estableció entre los dos. Antes de que pudieras reaccionar te envió un mortífero zarpazo en el rostro que evitaste con mucha suerte. Gracias a tus reflejos, aquel manotazo, tropezó incrustándose en tu hombro izquierdo hundiéndote sus durísimas garras falciformes profundamente. En el empujón te desplazó de modo considerable. Dejaste escapar un aullido de dolor mientras te nacían largos y abundantes chorros de sangre que manaron copiosamente.


PANDEMÓNIUM Capt.7


7

Tenías prácticamente el sonido en las puertas de la garganta, cuando, como un cuchillo, un alarido de muerte sacudió el contorno haciendo callar a las aves. Con gran estrépito y revuelo los bulliciosos tejedores, los nectarínidos, los papagayos, las pintadas, las tórtolas, los cálaos… Todos, absolutamente todos, abandonaron las copas de los árboles mientras se repitió en el aire un doloroso aullido cada vez más lejano y angustioso. Nukk y tú os mirasteis. Sus ojos almendrados se clavaron en los tuyos con un rictus de miedo. Los otros papiones, más alejados de vosotros, semi ocultos en la densidad del ramaje, comenzaron a gritar y a saltar despavoridos. No sabíais qué estaba sucediendo. Pero aquel sentido innato de supervivencia os encendía todas vuestras alarmas. Volviste la mirada sobre Nukk otra vez. Se encontraba paralizado por aquel eco teñido de malos presagios.

Podías correr. Escapar, sencillamente, de aquella situación. Todos sabíais el precio que podíais pagar por alejaros tan inconscientemente del clan. Había en la selva otros animales. No hubiera pasado absolutamente nada si en vez de regresar doce a la horda sólo lo hubieseis hecho once. Era la ley de la jungla. Pero esa no era la cuestión. ¿Qué ocurría? ¿Qué estaba sucediendo a pocos metros de ti? Tú, entonces, eras joven y fuerte; menos reflexivo y temerario. No te hiciste esperar. Desde donde te encontrabas estudiaste en décimas de segundos la situación, y como una exhalación optaste por saltar hasta un pequeño claro para esperar de cara lo que tuviera que llegar. Escudriñaste con la mirada y el olfato aquel extraño motivo. Revisaste los arbustos. Enseguida llegó hasta tu hocico un cálido olor a sangre que impregnó el aire e imaginaste lo peor.






PANDEMÓNIUM Capt.6


6

Una vez allí, en la ciénaga y en completo silencio, hicisteis subgrupos tratando de abarcar un radio de acción más amplio. Con un solo gesto de tu compañero entendiste, que aquello iba a ser un verdadero festín. Las ranas y algunos ejemplares de sapos jaspeados abandonaron extrañamente sus oquedades para esperar la lluvia. Croaban largamente anunciando su inminente llegada. Hasta la extraordinaria rana Goliat, de tres kilos de peso, hizo su pesada aparición en la limosa laguna. Ausentes y desprevenidas, saltaron de un lugar a otro sin demasiadas preocupaciones. La mayoría de ellas tomaban un sol tórrido y ecuatorial que les entraba a espuertas por aquella inmensa ventana de luz que era el cielo. Mientras el peligro se cernía, los batracios, entonaban sus monocordes y opacos sonidos en el lodazal. Entretanto, agazapados e inmóviles en la maleza, esperabais el momento oportuno para saltar sobre ellas y atrapar el mayor número posible. Sabíais que cualquier traspié os costaría regresar sin nada en el estómago. 

Os encontrabais relativamente situados y debías ser tú, como cabeza de grupo, el que diera el grito definitivo antes de lanzaros al banquete. En las aguas someras de la ribera, las garzas Goliat, caminaban de puntillas al acecho y arponeo de peces Joya. Sus ojos glaucos y ávidos perseguían sin parpadeos los nerviosos movimientos del pez policromado. Los martín pescador, se dejaban caer verticalmente desde una veintena de metros sobre el lago para aparecer, casi seguidamente, con un pez pulmonado en el pico. Avefrías espoladas hurgaban descaradamente como dentistas dentro de la monstruosa boca de algunos cocodrilos, mientras éstos, permanecían momificados con las fauces abiertas. Años más tarde sabrías que aquel acto tenía una doble misión. La primera era la propia refrigeración corporal del reptil. La segunda, casi tan práctica como la primera, consistía en limpiar las sanguijuelas e invertebrados que se alojan en ella.

Súbitamente un suceso imprevisto turbó la aparente tranquilidad de las verdosas aguas cuando las avefrías iniciaron un nervioso y agudo 'kik-kik, kik-kik...', avisando a sus anfitriones, los cocodrilos enanos del Congo, que raudos se precipitaron al agua. Las garzas elevaron torpe y desacompasadamente el vuelo y los pigargos vocingleros, que tenían como destino el pantano, giraron violentamente su rumbo. En realidad, en ese momento, todos los habitantes de los árboles enmudecieron o huyeron; y los gálagos, o niños del bosque, lloraron desconsoladamente petrificados en sus ramas.




PANDEMÓNIUM Capt.5


5

Encabezabas el pelotón seguido por Nukk, que era tu amigo más fiel. El resto, os seguía desordenadamente aunque con cierta precaución. Erais jóvenes y, por lo tanto, presas relativamente fáciles de los predadores. Debes recordar con cierto orgullo, que, aunque hasta entonces nunca habías entrado en combate extraespecífico, gozabas del respeto del grupo por tu carácter agresivo, además de por tu exagerada y precoz corpulencia física que, indudablemente, te hacían destacar con cierta diferencia.

No tardasteis más de dos de horas en llegar a la ciénaga, a juzgar por la posición del sol. De camino, fuisteis observados en silencio pero, meticulosamente, por uno de vuestros peores enemigos, las águilas coronadas, que posadas en un voluminoso islote de euforbios esperaban un descuido por vuestra parte. Aunque no hubiese ocasión, ya que ribeteasteis con prudencia el sotobosque sin adentraros en la desnuda planicie. No podían exponerse a atacaros sin la completa seguridad de éxito. Pese a su absoluta precisión en la caza no gozaban por vuestra posición de semi camuflaje de una garantía total, y un ataque tan irreflexivo podía costarle caro aun a sabiendas de su extraordinaria destreza entre los troncos y las ramas de los árboles; aun practicando, con verdadera maestría, vuelos en ángulo recto en pleno picado o giros sobre sí mismos.

No, un fallo así podía suponer su propia muerte. Si por desgracia, en el impulso de la captura se enganchaba entre los arbustos o el mono, desde su privilegiada posición selvática, lograba agarrar cuatro o más de sus rémiges primarias en el intento por defenderse, condenaba para el resto de sus días al intrépido rapaz. Un águila con tales plumones quebrados sería incapaz de un vuelo rápido y sostenido por lo que le resultaría imposible cazar y con toda probabilidad moriría de hambre.

Ya había cruzado la llanura, por primera vez, una bandada de aves esteparias por lo que sabíais con seguridad que era temprano. Al atardecer regresarían de nuevo las gangas y esto indicaría, junto con la posición del sol, que el tiempo quedaba ajustado.



PANDEMÓNIUM Capt.4


4

Aquí, en el fétido callejón en el que te encuentras escondido, el dolor de las heridas va aumentando por momentos. Abre tus carnes y se te hace cada vez más difícil poder soportarlo. El lacerante recuerdo también se te cuela impertinentemente en el cerebro sin pretenderlo. Y al evocar aquellos días, desde la niebla de la memoria, te sientes confuso y aturdido…

Algunos machos decidisteis separaros del clan y acercaros a las charcas pantanosas que no se encontraban excesivamente alejadas. No era una costumbre tribal el ir por vuestra cuenta; siempre solíais hacerlo en grandes grupos previniendo ataques sorpresa, pero hacía un calor abrasador y no lo pensasteis demasiado. Gran parte del grupo quedó dormitando a la sombra de un robusto y copudo Tamarindo. El disco anaranjado caía a latigazos, y sólo por el Este, todavía muy alejadas, unas gruesas y oscuras nubes procedentes del Serengeti aparecieron fantasmagóricas y amenazantes. En un lacónico intercambio de miradas y tras olisquear la igniscente brisa, comprendisteis que no pasarían muchas horas antes de que comenzara a diluviar de nuevo. Aquello quería decir sin lugar a comentarios que, con suerte, vuestros mejores manjares se encontrarían a orillas de la laguna. O dentro de ella. Ésta era la ranita de los lirios. Y aunque se hacía difícil ver a estos diminutos anfibios por su extraordinaria camaleonización dentro del cáliz de la planta acuática donde generalmente anidan, vosotros, sin embargo, estabais más que acostumbrados a detectarlas.

Las ranas, todas en general, eran exquisitos y suculentos alimentos. Empleabais verdadera paciencia y dedicación; rastreabais también, en este épico intento, las riberas y los cañaverales de bambú porque otra ranita, la de los bambúes, anidaba en dichas plantas. Al romper los tallos, éstas, saltaban como potentísimos muelles intentando escapar en todas las direcciones. Únicamente los más hábiles las atrapabais. Igual sucedía con las ranitas de la lluvia. Eran tremendamente rápidas y escurridizas y suponía todo un ejercicio de reflejos sólo apto para los más veloces. Así que ante tamaño banquete, Nukk, otros compañeros del grupo y tú, tras un breve gesto de complicidad, os pusisteis en camino abriéndoos paso entre la maraña aparentemente infinita e impenetrable de arbustos y maleza; en donde sería relativamente sencillo padecer claustrofobia de no ser porque aquél era precisamente vuestro hábitat natural.




PANDEMÓNIUM Capt.3


3

La luz se derramaba iluminando cientos de kilómetros de claras y limpias sabanas. El sorgo, la digitaria y la themeda, se ondulaban inquietas bajo la brisa templada. El roce del sol les arrancaba, a su paso, destellos de oro. Reinaba la calma. A lo lejos, una pequeña manada de elefantes se dividida en dos grupos; mientras los primeros desgajaban un viejo baobab, los otros se refugiaban bajo las sombrillas protectoras de las acacias umbrelas a la vez que seleccionaban con exquisito cuidado las hojas y tallos más tiernos.  Sabías bien que aquellos colosos barritaban apacibles. Sus movimientos eran los propios de la serenidad con la que se comportaban; las duchas de polvo sobre sus cabezas, la aparente indiferencia de las garcillas bueyeras correteando entre sus patas. Los piac-piacs desparasitando sus gruesas y rugosas cortezas de piel. Y al fondo de la inmensa explanada, casi imperceptibles, un grupo de cobs untuosos, pastando tranquilamente junto a un rebaño de impalas, revelaba, sin duda, una situación mucho más frecuente de lo que los humanos imaginan.

El cine y la literatura, han venido dibujando sin suerte, un África salvaje y sin misericordia. Con inmensas y misteriosas selvas en donde los feroces predadores tienen como único oficio la destrucción. Nada más falso. Desde la ignorancia y el miedo de lo desconocido han envuelto en un aura de esoterismo un sistema de vida que, generalmente, es mucho más tranquilo y sereno de lo que nadie puede suponer. Han emborronado, distorsionado y confundido la belleza sin límites de la mágica realidad con un boceto mal terminado y un guión peor interpretado.