jueves, 22 de agosto de 2013

MEMORIAS DE UN NAUFRAGIO | VUELVO AL MAR... [PENÉLOPE HA MUERTO]



Vuelvo al mar.
Me alejo de tu playa.
Hoy es mi último día en tu orilla.
Hoy es mi último día en tu vida.
Vuelvo al mar.
Solo. Para siempre. Para no regresar.
Y quiero escribir,
antes de partir,
porque deseo recordar siempre este momento
que tanto afecta a mi sensibilidad.
Deseo imprimir en mi alma toda la melancolía que me invade.
El adiós es un instante.
El olvido puede ser eterno, no sé si lo sabes.
Pero he de partir, he de volver al mar.
Solo. Para siempre. Para no regresar.

Cuando llegué a tu vida,
a tu playa,
el naufragio de mi mundo interior
me aplastaba. Me mordía.
Llegué vencido.
Hundido.
Cuando toqué puerto en tu vida,
la mía, era sólo una sombra.
Una bruma.
Entonces, por ti, mi cielo recuperó su color
y la luz su calor
y los poemas brotaron intensos y suaves
desde mi pluma.
Y mi bruma
se diluyó en el pasado.
Y el pasado en el olvido.
Tu vida, tu playa, tu mirada azul, tu juventud, me atraparon.
Caí herido de amor. Mi barco encalló en tu cuerpo.
En tu puerto.

Había vuelto a Ítaca. Tú eras mi Penélope.
Y mi mundo y mi vida, que hasta entonces había sido
un estúpido periplo alrededor de la angustia, se detuvo.
El pulso recuperó su equilibrio.
Y la noche sus estrellas.
Y la luna boquiabierta su intensidad.
Y el olor su fragancia.
Y la pasión se aceleró.
Y mis besos tuvieron sentido.
Y mis manos deseo.
Y anduvieron los caminos de tu cuerpo
y las sendas de tu alma.
Y juntos, muy juntos, emprendimos el camino;
el camino de la vida
que nos regaló, a su paso,
dos hermosos hijos
que dieron sentido a un futuro
que se cernía sobre mí, en silencio,
sin sentirlo,
como una serpiente lenta de cansancio
y hastío.

Y hoy, después de veintiún años,
el cielo azul que siempre imaginé contigo
se desploma para dejarme tu olvido.
Por eso me marcho;
no quiero seguir siendo un estorbo.
Sé que no soportas mi presencia.
Te enerva.
Te irrita.
El agotamiento,
tu desaliento,
tu desilusión hacia a mí
se han convertido en mi peor enemigo.
Tu querer vivir,
tu querer descubrir sin mí,
en tu mejor aliado.
Por eso vuelvo al mar.
Solo. Para siempre. Para no regresar.

Izaré velas de nuevo,... me alejaré.
Navegaré...
¿Naufragaré?
No lo sé. Ahora no sé
lo que me espera en cada esquina,
en cada ola, en cada tormenta.
En cada alborada.
Sólo sé que vuelvo a estar solo.
Solo para vivir y luchar.
Solo para emprender un nuevo destino
que empieza hoy, sin ti.
Solo para mirar mis estrellas
y mi luna pálida y boquiabierta.
Solo para escribir nuevas soledades.
Solo para sentirme solo entre las gentes.
Solo para llorar nuevos poemas.
Solo para sangrar nuevas melancolías.

No te preocupes, no te aflijas, no tengas pena;
sigue tu vida, es también mi última lágrima en este poema.
Zarpo. Es mi último día sobre tu arena.
No me da miedo el rumbo.
No me da miedo la soledad.
No me da miedo el destino.
No me da miedo la angustia
que ahora ahorca mis sentidos.
Me voy destrozado,
extenuado,
triste,
con los esquemas partidos
y los sueños incumplidos.
Con un futuro incierto
que me observa burlón.
Con un pasado que se amontona en mi mente.
Con un pasado que me devuelve a la angustia.
Con un pasado que se divierte
viéndome herido de amor y muerte.

Me marcho invadido por el desarraigo,
me marcho agotado por el intento,
me marcho hablando de ti,
de mí, de nuestro ayer;
de un ayer que no ha de volver.
Me marcho conversando con el viento.
Me marcho triste, sí, pero tranquilo.
Aun sabiendo que, seguramente,
no he sabido quererte
como tú necesitabas.

Quizá no llegue a querer a nadie como éste necesita,
seguramente mi egoísmo me lo impida.
Pero la sensación que también a mí me habita
es que nadie ha sabido quererme como yo necesitaba.
Por esa razón me marcho. Por eso me alejo.
Mi vida, mis silencios, mis soledades,
mis sueños de vencejo
me apartan de tu vida.
Me arrastran hacia otras playas,
hacia otros amaneceres,
hacia otros atardeceres,
hacia otras olas.

No me verás llorar, no,
no me verás alejarme;
lo haré de madrugada, en silencio.
En el silencio de la mañana.
Pero también me iré sin mirar atrás,
pensando en que te amé lo mejor que supe.
Pensando en que di lo mejor de mí.
Pensando en que, si no me amas,
qué hago yo aquí.
Por eso no volveré la vista.
Por eso mi conciencia se encuentra a salvo.
Por eso está serena mi alma.
Por eso tengo calma...

Tú ya no eres mi mar,
ni mi arena,
ni mi playa,
ni la persona que amé,
ni el beso que di,
ni las cartas de amor que escribí,
ni el deseo que sentí,
ni las lágrimas que vertí...

Por todo eso, porque Penélope ha muerto,
y yace sólo en mi recuerdo,
te digo adiós.
Y porque en la lejanía, quizá, me aguarde otra estrella que amar...
Por todo eso, regreso al mar. Me hago a la mar.
Solo. Sin prisa. Para siempre. Para no regresar.
                                                              



José Hdez. Meseguer
Memorias de un Naufragio
Alicante, 1 de agosto, 2002


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