jueves, 5 de enero de 2012

NUEVE CARTAS A PENÉLOPE | 1ª CARTA



Estoy pensando en ti.
Inevitablemente.
Me esfuerzo por fugarme
en el silencio de mis gaviotas.
A través de este
gran ventanal y de la gente
que habla entre sí, de cosas
que no puedo comprender
porque lo le importa
a mi Israel, ni un segundo
de esta conversación.
Vuelvo a intentar volar.
Siempre hasta tus playas.
Hasta tu mirada infantil
que tanta luz le da
a mi cárcel de soledad.

La tarde se está rompiendo
suavemente en la insólita agonía
de la inmensa y gigantesca
bruma amarillenta
que envuelve continuamente
a este extraño y confuso Madrid.
Quisiera, nuevamente,
evadirme.
En silencio.
Sin que nadie se dé cuenta
de que estoy pensando en ti.
Sería demasiado bonito
que, en este preciso momento,
tú, también, estuvieras volando
hacia mí.
Sería maravilloso.
Me da miedo
pensar y volar
demasiado rápido
hasta tus ojos. Y no, no puedo.
No debo
decirte
lo que mi corazón apaleado
siente.
Tú no lo sabes.
Quizá no lo sepas nunca.
pero podría morir
aunque esté acostumbrado a oír,
que de esas cosas
ya no se muere.

Los halos de la tarde
son cada vez más suaves.
Sé que la tarde está muriendo.
Igual que yo.
Pero ella no siente miedo;
su corazón continúa su ritmo monótono
e inalterable.
Yo, sí.
Ahora.
Pero éstos siguen
sin descanso, su estúpida
charla.
Ahora ya no hablan.
Se toman un descanso para
quitarse la máscara.
Son carroña.
Los odio a muerte.
Mentes vacías
como sus vidas.
Necesito pensar en ti, …
una vez más.
Siempre en silencio.

Estoy tratando de imaginarte
con esa mirada llena de azules.
De cielos azules.
De interminables cielos azules.
Y tu cabello suelto,
que se esparce
como ríos de oro
sobre tu espalda y tus pechos.
Eres linda. Créeme.
Y tus quince años solamente,
son el eje
y el centro
de mi vida y mi mente.
Sigo teniendo miedo.
Miedo de un millón de cosas
que revolotean en tus playas
y en mis gaviotas.
Siempre existe esa tormenta
que me amenaza
en silencio. Burlona.
Me encuentro terriblemente solo.
Rodeado de un montón de gente
que se da cuenta, que deseo
esquivarlos con todas mis fuerzas,
para encontrarme bien.

A veces, sigo siendo
infiel a Israel y me uno
a la comba absurda
de la conversación
para darme cuenta enseguida,
de que me encuentro
como un payaso triste … y vuelvo
a volar.
Pero siempre a ti.

Hoy, eres mi refugio.
Mi nido.
A lo lejos, zumba el sonido
metálico de un tren que desgarra el silencio.
Y también, el estridente y opaco grito
de un camión que parece
que el cabrón no quisiera alejarse
para joder mi tranquilidad.
Ahora un avión, …luego, una moto …
y otro avión.
Y ahora, nuevamente, otro camión
que parece que no anduviera
porque siempre le oigo
en el mismo sitio.

He estado paseando hace un rato.
Y me he dejado envolver
en el aire caliente de este Madrid,
que, creo, que no duerme jamás.
Y, también hoy, miro por última vez,
este cielo misterioso e hipocondríaco,
lleno de mis penas
que me esconde nuevas cosas, …
para verlo sólo como un cielo
cargado de diminutas
e imprecisas estrellas.
Y ahora, al mirarlo,
deseo enviarte
el más dulce de mis besos,
para que se enrede en la noche,
luego, en tu boca …
y más tarde, en tus sueños.
                                                                           

José Hdez. Meseguer
Nueve Cartas a Penélope
Madrid, 27/ 8/ 81


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