jueves, 5 de enero de 2012

NUEVE CARTAS A PENÉLOPE | 5ª CARTA



Vuelvo a ti.
Siempre. Siempre inevitablemente;
con una necesidad
que me araña el alma.
Como un poeta a sus versos.
Como un caminante al camino.
Como un suicida al acantilado.
Siempre con extraña necesidad.
Siempre con cierto sabor amargo en la boca.
Quisiera contarte tantas cosas
y hablarte sin temor de mis quimeras
y mis miedos, …
y de mis silencios,
y de mis sueños,
y de mis noches vacías y eternas,
y de mis días hastiados, …
y de mis largos otoños …

Sé, que contigo,
mi soledad será más tierna,
más amable.
Hace un año,
en un atardecer como éste,
en un atardecer frío y seco,
te llamé.
Te evoqué.
Te convoqué. Casi desesperadamente.
Pero mi voz se rompió en el vaho
de mi infinita soledad y sólo
acudió un largo silencio
que se posó inerte ante mis ojos
que se acristalaron
de suave sal.
Estaba solo.
¡Dios, Santo Dios, cómo duele
esa soledad: es mortal!
Te llamé.
¿Dónde estabas?
¿Por qué no acudiste a mi llamada?
A mi llamada de angustia. Me estaba
muriendo a borbotones.
Me moría por los ojos.
Por segundos.
¿Dónde estabas?
¡Por Dios, … pude morir!
…morir de soledad.
Entonces, metí mis dedos
en mis enormes llagas
y caminé errante.
Era una tarde fría
de llanto y agonía.
Un intenso y gélido azul pálido
perdía la batalla en el cielo.
La oscuridad se comía
lentamente los últimos chorros de luz.

Y de pronto, como un fogonazo,
como un dios, como un inmenso dios
de sangre negra y calcinada,
con aullidos
que helaron mi alma,
alguien se elevó en silencio
con los brazos
yertos y quebrados
sobre el mundo,
gritando.
Suplicando sin piedad,
se alzó mudo
sobre el mundo.
Con los brazos hastiados
y desgarrados, …
Mas nadie le oyó.
Nadie le escuchó.
Nadie le sintió morirse.
Nadie.
Nadie, excepto yo,
que también agonizaba.

Fue un momento de angustia
que no puedo olvidar.
Su ramaje era duro y seco.
Quebrado.
No tenía un sólo tallo,
sí, a cambio, una inmensa soledad.
Su cuerpo era una herida
profunda y salvaje.
Quise decirle
que yo también
estaba solo, … pero no pude;
cuando llegué hasta él,
había muerto.
Y… sólo era eso;
un árbol deshojado
y yerto por el invierno.
Hubiera querido morir con él,
pero fui cobarde
y seguí caminando entre la gente
más harto que nunca.
Más asqueado que nunca.
Y volví a sumergirme
en un lodo de gente
que no me importaba
una mierda,
para seguir muriendo
a mi manera.
Siempre igual.
Siempre a mi modo.
Y seguí, seguí caminando
sin saber
exactamente adónde, ni por qué.
Nadie me esperaba
en ningún lugar.
Brotaban a mi alrededor
palabras huecas
e ininteligibles,
pero tampoco me esforcé un momento
por entenderlas.
Estaban muy lejos de mí.

Eran como lejanos ladridos
en la noche.
Oía risas nerviosas
y estúpidas
que me producían más soledad.
Hubiera querido
ser una ola suicida
o una gaviota
para estrellarme en la noche
que me nació a fuerza de versos.
A fuerza de soledad.
La gente caminaba encerrada
en sus mundos hartos de días
y aun noches monótonas. Y me hastiaban
sus pasos
cerca de mí y sus palabras vagas
y llenas de odio.
Aunque yo también estaba
odiándoles con más fuerza que nunca.

Todo comenzó a llenarse
de soledad y, por un momento,
me sentí mejor. No sé por qué,
o mejor dicho; harto de saberlo.
Aquellas
lucecitas
amarillentas
guiaron mis pasos
perdidos
a mi coche
que me exigía
como una religión
volar.

Era principios de Navidad.
Aquello me ordenaba fingir alegría
pero fue imposible.
Decidí entre mi soledad
y otra mayor.
Quise la mía.
Era inútil hablar de amor
cuando tanto me repugnaban
sus presencias hipócritas.
Fue imposible.
Los que se decían míos
me daban tanto y tanto asco,
que se me enredaba en el cuello
como una horca.

¡Qué soledad más cruel!
Y volví a recordar aquel
árbol que, cargado
de impotencia, se suicidó
en los brazos de un atardecer
aquella triste Navidad.
Y me sentí aún más solo
mientras mi coche cortaba con su luz
la noche enferma de soledad.
Y llegué a una pequeña aldea,
que un día fuera
parte de mis poemas
y de mis tardes
de larga hipocondría.
Y a tientas,
caminando entre aquellas
oscuras,
torcidas
y empinadas
callejas
llegué a una sucia taberna
infectada de años;
repleta
de una larga
espera
hacia la muerte.
Y también, a tientas,
con los ojos acristalados,
busqué a gritos
el trasluz de una botella.

Y a contraluz de mi noche,
que se esparcía como una tormenta
sobre mi piel y mi alma,
bebí aquella luz artificial,
enfermando mi boca con un hondo
sabor amargo
que me llegó al cerebro
como un hachazo.
Y pasaron los minutos,
burlones espectadores del tiempo,
colgados de un reloj tan viejo
que pasando de la media
se las veía
putas para llegar al doce.
Y que sólo conseguía
su propósito
a fuerza de soñar
que un día
le dejarían
caer desde lo alto
al suelo
estrellándose de una maldita vez.

Y pasaron
los minutos con esfuerzo.
También las horas.
Y yo, continuaba allí, ahogando
toda la amargura
en un litro de alcohol.
Ya no pensaba en ti
porque tú no eras más que un sueño
que se apagó rápidamente, bajo el peso
del alcohol.
Ni en Dios.
Ni en mi hijo.
Ni en mí.
Me estaba suicidando.
No quería pensar en nada.
Ya no lloraba.
Ni reía.
Ni vivía.
Ni sufría.
Ni moría.
Todo se pobló de noche.
De más noche aún, … y de sombras
imprecisas.

Y borracho,
totalmente borracho
de alcohol y soledad,
salí a una calle muerta
y el viento fue en mi cara,
la única caricia
en muchas horas
hasta que vi un nuevo amanecer
en el horizonte enrojecido
y, …y comprendí
que aún no había muerto;
que tenía que morir
aún mucho más inevitablemente.
Siempre inevitablemente.
                                                                          


José Hdez. Meseguer
Nueve Cartas a Penélope
Murcia, 2/ 12/ 1.981

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