miércoles, 27 de agosto de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LA VIE EN ROSE



He tardado una vida en descubrir que el mundo no es de color azul.
Ni la vida de color rosa, como cantaba Edith Piaf.
He tardado una eternidad
en descubrir el histriónico instante.
La alquimia, el secreto, que propone la felicidad.
He desenmascarado su falso rostro. Casi irritante;
su verdad que no dice nada. Que miente.
Sus invenciones y deidades febricitantes
no son más que un maldito invento urdido por las multinacionales
empeñadas en meternos la farsa por los ojos.
Y así, mientras nos roba la inteligencia y la capacidad,
nos muestra la manzana prohibida, haciéndonos irracionales.

Así es también la vida: nos oculta ladina la verdadera esencia,
los elementos básicos, precisos, icásticos,
mostrándonos a cambio fascinantes sonrisas de esmalte y plástico.
Advirtiéndonos fugaz, sólo a quien quiera verlo,
sólo para el que pretenda descorrer el velo,
realmente descorrerlo,
que la única verdad es que todo es mentira.
Eso es todo: un espejismo en el abismo.

Los sueños, como el amor, como las buenas intenciones,
siempre se detienen irónicos en los aleros,
en las comisuras de los besos que no damos,
en las esquinas de los amores que, en realidad, no amamos.
En la lejanía de nuestras almas.
Sometidos a la complicidad que anhelamos
jaleados por la oscuridad,
por el delirio de la soledad
y el alba.
Siempre expectantes. Siempre silentes.
Siempre agazapados en el horizonte...

Todo forma parte de la entelequia, de la ilusión,
del juego impío, cruel y perfecto,
porque al final sólo soñamos que soñamos.
Y sólo soñamos que nos enamoramos.
Atravesamos la zozobra de la vida para no hallar a cambio gran cosa.
Surcamos desiertos de desventura
persiguiendo estrellas,
para llegar vencidos a océanos de vacío;
a acantilados, tal vez a la orilla,
de una playa blanca y desierta, donde el cansancio, el hastío,
nos descubre los deseos más delirantes y apasionados que poseíamos
convertidos en sombras, en cenizas,
en desengaños, en clamorosas derrotas.

El agua moja. Ciertos besos
incendian pero otros pueden helar.
El amor nunca fue eterno y mucho menos infinito
como aseguran en versos decimonónicos y marchitos
los poetas trasnochados y lacrimógenos,
sino amargo como el café, como la indiferencia.
Amargo como la misma tuera.
Amargo y cruel como un homicida.

Muy al contrario, la vida,
es una putada.
Una solemne putada disfrazada de furcia, de ramera;
la misma fulana que nos arrastra por los caminos más polvorientos.
La misma que nos zarandea sin piedad,
que nos da de hostias
cuando más abatidos nos encontramos.
La misma que nos regala angustia, incertidumbre y miedo.
La misma que se ríe, que se burla, que nos señala con el dedo,
sarcástica y mordaz, provocándonos el pánico.
Un pánico insultante…
Todo ello, hasta ahogarnos en la fosa más subterránea y horadada.
Aunque, a veces, sólo a veces, nos haga un guiño con su mirada
de sucia ramera, dispensándonos un buen instante.

¿Felicidad?
¡Qué gilipollez! ¿Quién ingenió tal palabra?
¿Quién sugirió tal majadería? ¿Quién tal desatino?
¿De dónde procede? ¿De la euforia que improvisa el vino?
¿Del pánico vesánico que inventa el destino?
¿De hiel de la soledad?
¿De la necesidad?
¿De la locura? ¿De la esperanza? ¿De la fatalidad?
¿O tal vez, únicamente, del intento de fuga que propone esta realidad?
                                                                                      



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 15/08/14


2 comentarios:

  1. bello y magnifico con melodía exquisita

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, mi estimada amiga Paca Martínez, por tus palabras. Abrazos virtuales.

      Eliminar