martes, 30 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ¿A QUIÉN LE IMPORTA LA POESÍA?



Establecer el preámbulo preciso, íntimo. Construir la liturgia
necesaria
antes de comenzar a descender a los sentidos.
Insólita, extraña taumaturgia,
que transforma las simples letras de los escritos
en emisarias
dándole sentido a los garabatos prendidos en los manuscritos.

Ir hipnóticamente descendiendo, una y otra vez.
Y volver a descender
hasta llegar al centro del dolor;
allá donde se sitúan alineadas las sombras del propio ser;
aquellas que únicamente vomito de cara al espejo,
mientras suspiro sin aceptar cómo se escapa el tiempo.
Y, cómo, frustrado, me voy dando por vencido;
cómo, la levedad de mis pequeños sueños de vencejo
se van quedando atrás,
o se han ido tan lejos
que son imposibles de seguir, de alcanzar.
Es tarde. Se han ido para siempre. Para no regresar….

En tal soledad, en tal hundimiento sin límite, en tal agonía,
¿Quién necesita un poeta y su maldita poesía?

Hurgar, palpar, tantear los miedos alojados en la mente;
miedos, que de repente,
cobran vida, adquieren forma, nombre; reciben datos, fechas.
Miedos que al instante me acechan.
Miedos que se elevan como sombras, como lanzas.
Miedos que en la noche cerrada se alzan;
miedos que siempre estuvieron ahí, agazapados, inmersos.
Que me trasladan en el tiempo para hacerme sangrar versos.
Que me transportan a noches sin luna, a callejones desiertos.
Oscuros. A pasos perdidos. A cielos opacos. A universos
sin estrellas.
Sin más huella
ni dedicatoria
que el dolor. Dolor, que a mi pesar, inalterable,
como una espina lacerante, como una daga, como un sable,
va firmando sin miramiento ni misericordia en la memoria…

En tal soledad, en tal hundimiento sin límite, en tal agonía,
¿Quién necesita un poeta y su maldita poesía?
                                                                             



José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 26-30/09/2014




martes, 23 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | A MI PERRA “BRUMA”.



Me mira.
Sus ojos grandes, redondos y expresivos, me observan atentos;
son vivaces e inquietas antracitas abiertas al juego.
Es una mirada, casi humana, carente de la maldad propia de mi raza.
Su boca inmensa, intenta morderme sin morder. No es una amenaza.
Sólo quiere jugar. Sólo eso.
Sólo espera un movimiento por mi parte, para lanzarse sin más,
al abrazo que sabe que la espera, al abrazo que sabe que la abraza.

Mientras escribo se tumba a mi lado, su tranquilidad es mi sosiego.
Apenas protesta. Sólo, de cuando en cuando, acecha mis pasos;
vigila mis actos. Sigo dibujando letras que borro de nuevo.
Pienso. Se fugan mis ideas en este poema largo y complejo;
farragoso y asimétrico. Casi caótico.
Por muy poco no abandono y lo dejo.
Vuelvo a hacer tiempo.
La miro de soslayo, la acaricio, me distraigo, pellizco su hocico.

No se altera. No se enfada. Apenas se inmuta.
Su ladrido, ronco y opaco, no ha de llegar nunca a la luna.
Dios llenó su boca de silencios, para darle, a “Bruma”,
únicamente alma en la mirada. Una mirada que a menudo me calma.
Una mirada, que sin palabras me observa.
Una mirada, que sin palabras me habla.
                                                 
                                                                                      

José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 23/09/14



lunes, 22 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TAL ES EL DUELO. TAL ES EL TRANCE.



No pude evitarlo, intenté de forma inútil desgranar todos tus nombres;
los que creí recordar, los que creí que recordaba.
Intenté llamarte, evocarte despacio desde el silencio de mis versos,
a través del recuerdo que la tarde moribunda provocaba.
No pude, me extravié en un extraño sendero de vértices confusos,
de sabores amargos, de historias de sal, de aristas puntiagudas,
que me llevaron sin remedio de vuelta a la duda.
¿Cómo te nombraba? ¿Cómo te llamaba?

Imaginé, entonces, el color imposible de tus labios.
Delineé en mi mente un momento
el color imposible de tus ojos.
Me quedé suspendido en el recuerdo,
un segundo, un minuto, una hora. Mucho tiempo.

Mirando sin ver,
asomado únicamente al balcón de mi ayer,
al repaso indeleble que mi memoria transida proyectaba;
a la evocación, a la excusa, al motivo inmortal de mis poemas.
Y supe en un susurro de tristeza, mientras la tarde azul bostezaba,
que la grieta de mi espíritu, la fisura de mi alma inquieta
la causó, desde siempre, la búsqueda de mí mismo por ser
un contador de historias, quizá poeta.

También tu búsqueda, desde mis letras, tuvo la culpa.
Aunque el hecho de hilarte versos, tenga cada vez menos importancia.
El caso, es que anduve tras tus pasos como un penitente,
como un trashumante, como un lunático, como un fugitivo,
como el mismísimo Edmundo Dantés cautivo;
ingeniando, como la bruja Circe, toda suerte de hechizos y geomancias
hasta creerte cierta. Cierta y existente.  

Igualmente tuvo mucho que ver tu errática conducta;
siempre tan críptica, tan metafísica, tan inaccesible, tan adusta.
Y así, inventándonos, soñándonos, intuyéndonos, descubriéndonos,
anhelándonos, amándonos, odiándonos, huyéndonos, sufriéndonos
y, al fin, evocándonos,
fuimos, tú y yo, separadamente juntos.
Angostamente separados, como insólitos contrapuntos;
como antónimos semejantes,
como inevitables pero irreconciliables amantes,
contando años, historias y asuntos.

Para llegar hasta el presente. Y sin embargo, no saber;
ahora, en el quicio, en el mismo umbral de la madurez,
cuál fue, si es que la hubo alguna vez,
la auténtica verdad.
No fuimos capaces de precisar, de intuir, de distinguir,
si llegamos a hallarnos porque sin conocernos nos deseábamos.
O si, por hallarnos deseados en nuestro propio antagonismo,
llegamos sólo a odiarnos.  

Y ahora estoy aquí,
sentado en el escritorio. Al borde de la noche y de mí mismo,
contemplando aturdido el esotérico y contradictorio balance
que tú, Amor, me has hecho, y que la vida me hace.
Y permíteme que desde este vértice de locura, desde este paroxismo,
te odie tanto como te ame.
Que te rechace y, al tiempo, sin poder evitarlo, te abrace.
Pues, si de la zozobra y la soledad más insultantes emergieron
mis versos,
no puedo olvidar que de la pasión, del deseo y el amor, brotaron
también mis besos…
Tal es el duelo. Tal es la angustia. Tal es el trance.
                                                                              



José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 19-22 /9/2014


jueves, 4 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | NUNCA LO SUPO



Nunca lo supo, pero sus ojos se volvieron duendes azules y huyeron
hacia la bruma.
También, de sus manos nacieron gaviotas que, vaporosas e ingrávidas,
fueron directamente a su mente.
Y mariposas que, ávidas, revolotearon un instante hacia el interior
del verso.
Nunca lo supo, pero la noche era tan oscura y tan intensa la luna,
que ésta, deshizo sus halos en el cosmos y anduvo detrás del hombre.
Nunca lo supo, pero sus silencios atrapados en la ambigüedad
de las palabras que no decía, se abocaron de igual modo al universo.

Entonces, el hombre que escribía,
sintió el dulce aroma; el espasmo, el dolor inmenso de la poesía.

Nunca lo supo del todo, pero sospechaba que las sombras del pasado
atravesaban su espíritu con la maldad del recuerdo;
lanzas, aristas, esquirlas de fuego
se esparcían con frecuencia sobre su página en blanco,
danzando miserables y vehementes para convertirse luego
en palabras que se alineaban despacio en el cruento juego.

De sus dedos comenzaron a escaparse letras y más letras,
que pronto se hicieron señales, tal vez a nadie, en la opaca
noche estrellada.
El acertijo, inconexo y asimétrico, iba moldeándose en extrañas formas
al tiempo que el texto, aún incompleto, al papel adentellaba.
El hombre, en su extrema ambigüedad, forcejeaba;
pero inasequible al desaliento,
a su propia sorpresa, al desconcierto,
seguía escribiendo su argumento
en silencio, y callaba.

Entonces, el hombre que había vuelto un instante de su hipocondría,
comenzó a transformarse, súbitamente, en alma, en verso,
en melancolía…
En el mismo poema que se encontraba escribiendo inmerso;
en la misma poesía que escribía.
                                                                                      



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio.
En memoria del periodista, escritor y poeta, D. Pedro Fuentes-Guío.
Murcia, 04/09/14



miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | SENCILLAMENTE USTED, AMADA MÍA…



Usted llegó a mi vida una tarde, sencillamente por casualidad.
Una tarde gris, en la que mi alma y mi vida
se debatían.
Mi vida, agotada, no quería vivir más; mi alma herida,
maltrecha por la propia vida, iba apagándose como una vela. Moría.
Sencillamente, usted, amada mía, no lo sabía.

¿Cómo iba a imaginar, usted, que había extraviado mis alas de halcón
revoloteando de esquina en esquina, de balcón en balcón?
¿Cómo iba a imaginar que había perdido la fe y las palabras de amor?
Sencillamente, usted, amada mía, no lo sabía.
Usted, sólo podía leer en mis ojos una ofensiva soledad; la ironía
en mis palabras al hablar. Pero, usted, no sabía nada; sólo lo intuía.
Y así era, amada mía.

Y llegó usted.

Y fue invadiendo de luz mi oscuridad, con caricias y besos.
Y fue arrancando, una a una, las hojas muertas de mi vida;
mi siniestro y patético calendario, mis versos caídos.
Y fui bebiendo poco a poco de su elixir,
mientras usted se posaba, sin saber, en los ángulos precisos
de mi alma. Con su mirada casi gatuna e indefinida; con sus hechizos,
e, incluso, con las palabras que no me supo decir.

Y así,
muy despacio, fui enamorándome; cuando todo lo daba por perdido.
Cuando ni me preocupaba encontrarle sentido
a las palabras; a los silencios, a mis poemas que, resentidos,
se habían transformado, se habían convertido
en sombras, en oscuros resentimientos; en un solitario ponasí,
que únicamente escupía besos de oropel, felonías, veneno y olvidos.
Sí.

Y llegó usted.

Y supo ir dibujándome de nuevo la sonrisa con sus actos.
Con la sutileza y la calma adecuadas. Con un soplo de su bondad.
Y, de nuevo, la luz de mis ojos cabrioló, echó a andar.
Y mis gaviotas, inquietas, comenzaron leves a volar.
Porque, antes de llegar usted, sólo había existido oscuridad
y mis letras, mis poemas, heridos y tumefactos,
sólo sangraban ayeres, dolor y versos putrefactos.

Y llegó usted.

Y decidimos caminar juntos. Y sabe muy bien, que no ha sido nada
fácil llegar hasta aquí.
Que las esquinas de nuestras vidas se poblaron enseguida de miradas
hostiles y rechazos.
Que han procurado en todo momento amputar nuestros lazos;
nuestra complicidad, nuestros sentimientos, nuestros besos, nuestros abrazos…
Que han intentado sabotear, intoxicar, taladrar con berbiquí
todos nuestros pasos…

Usted lo sabe, sí.

Aunque espero que también usted sepa, hoy, de mi amor.
Confío que usted sepa de mi gratitud.
Espero que sepa que usted fue, tal vez, el verso preciso que no supe escribir.
Porque no siempre el pasado me permitió ordenar, prescribir
mis emociones. A veces, lo reprimió mi actitud…
Y que, si no supe amarla mejor, sí estoy dispuesto a intentarlo
rompiendo, para ello, mis propias sombras; derribando
quimeras, adormeciendo pasados desdichados, abriendo
inmensas ventanas al futuro.

Pues, ahora, únicamente con usted
me imagino advirtiendo,
un día no muy lejano, a la orilla del mar, el atardecer;
cuando todo se torna solemne y sublime, mágico y oscuro,
el fastuoso declive del ocaso.
Solos. Pero siempre usted y yo.
La tarde, entretanto,
dibujando el crepúsculo, delineando...
Y usted y yo, cogidos de la mano, paseando.
                                                                                  



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 03/09/14