martes, 23 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | A MI PERRA “BRUMA”.



Me mira.
Sus ojos grandes, redondos y expresivos, me observan atentos;
son vivaces e inquietas antracitas abiertas al juego.
Es una mirada, casi humana, carente de la maldad propia de mi raza.
Su boca inmensa, intenta morderme sin morder. No es una amenaza.
Sólo quiere jugar. Sólo eso.
Sólo espera un movimiento por mi parte, para lanzarse sin más,
al abrazo que sabe que la espera, al abrazo que sabe que la abraza.

Mientras escribo se tumba a mi lado, su tranquilidad es mi sosiego.
Apenas protesta. Sólo, de cuando en cuando, acecha mis pasos;
vigila mis actos. Sigo dibujando letras que borro de nuevo.
Pienso. Se fugan mis ideas en este poema largo y complejo;
farragoso y asimétrico. Casi caótico.
Por muy poco no abandono y lo dejo.
Vuelvo a hacer tiempo.
La miro de soslayo, la acaricio, me distraigo, pellizco su hocico.

No se altera. No se enfada. Apenas se inmuta.
Su ladrido, ronco y opaco, no ha de llegar nunca a la luna.
Dios llenó su boca de silencios, para darle, a “Bruma”,
únicamente alma en la mirada. Una mirada que a menudo me calma.
Una mirada, que sin palabras me observa.
Una mirada, que sin palabras me habla.
                                                 
                                                                                      

José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 23/09/14



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