lunes, 22 de septiembre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TAL ES EL DUELO. TAL ES EL TRANCE.



No pude evitarlo, intenté de forma inútil desgranar todos tus nombres;
los que creí recordar, los que creí que recordaba.
Intenté llamarte, evocarte despacio desde el silencio de mis versos,
a través del recuerdo que la tarde moribunda provocaba.
No pude, me extravié en un extraño sendero de vértices confusos,
de sabores amargos, de historias de sal, de aristas puntiagudas,
que me llevaron sin remedio de vuelta a la duda.
¿Cómo te nombraba? ¿Cómo te llamaba?

Imaginé, entonces, el color imposible de tus labios.
Delineé en mi mente un momento
el color imposible de tus ojos.
Me quedé suspendido en el recuerdo,
un segundo, un minuto, una hora. Mucho tiempo.

Mirando sin ver,
asomado únicamente al balcón de mi ayer,
al repaso indeleble que mi memoria transida proyectaba;
a la evocación, a la excusa, al motivo inmortal de mis poemas.
Y supe en un susurro de tristeza, mientras la tarde azul bostezaba,
que la grieta de mi espíritu, la fisura de mi alma inquieta
la causó, desde siempre, la búsqueda de mí mismo por ser
un contador de historias, quizá poeta.

También tu búsqueda, desde mis letras, tuvo la culpa.
Aunque el hecho de hilarte versos, tenga cada vez menos importancia.
El caso, es que anduve tras tus pasos como un penitente,
como un trashumante, como un lunático, como un fugitivo,
como el mismísimo Edmundo Dantés cautivo;
ingeniando, como la bruja Circe, toda suerte de hechizos y geomancias
hasta creerte cierta. Cierta y existente.  

Igualmente tuvo mucho que ver tu errática conducta;
siempre tan críptica, tan metafísica, tan inaccesible, tan adusta.
Y así, inventándonos, soñándonos, intuyéndonos, descubriéndonos,
anhelándonos, amándonos, odiándonos, huyéndonos, sufriéndonos
y, al fin, evocándonos,
fuimos, tú y yo, separadamente juntos.
Angostamente separados, como insólitos contrapuntos;
como antónimos semejantes,
como inevitables pero irreconciliables amantes,
contando años, historias y asuntos.

Para llegar hasta el presente. Y sin embargo, no saber;
ahora, en el quicio, en el mismo umbral de la madurez,
cuál fue, si es que la hubo alguna vez,
la auténtica verdad.
No fuimos capaces de precisar, de intuir, de distinguir,
si llegamos a hallarnos porque sin conocernos nos deseábamos.
O si, por hallarnos deseados en nuestro propio antagonismo,
llegamos sólo a odiarnos.  

Y ahora estoy aquí,
sentado en el escritorio. Al borde de la noche y de mí mismo,
contemplando aturdido el esotérico y contradictorio balance
que tú, Amor, me has hecho, y que la vida me hace.
Y permíteme que desde este vértice de locura, desde este paroxismo,
te odie tanto como te ame.
Que te rechace y, al tiempo, sin poder evitarlo, te abrace.
Pues, si de la zozobra y la soledad más insultantes emergieron
mis versos,
no puedo olvidar que de la pasión, del deseo y el amor, brotaron
también mis besos…
Tal es el duelo. Tal es la angustia. Tal es el trance.
                                                                              



José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 19-22 /9/2014


3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, Nemrac Zuegirdor, por tus palabras. Saludos cordiales.

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  2. Y así, inventándonos, soñándonos, intuyéndonos, descubriéndonos,
    anhelándonos, amándonos, odiándonos, huyéndonos, sufriéndonos
    y, al fin, evocándonos,
    fuimos, tú y yo, separadamente juntos.

    Y ahora estoy aquí,
    sentado en el escritorio. Al borde de la noche y de mí mismo,

    Maravilloso!.
    Es un placer leerte.
    Te sonrío con el Alma.

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