viernes, 10 de octubre de 2014

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | NO ESTABA EN MIS PLANES...



No estaba en mis planes ser escritor.
Tampoco, un excéntrico y anárquico poeta.
No estaba en mis planes contar historias que poco o nada importan,
ni que la vida jugase con mis emociones, con mi corazón;
que me reventase lenta y despiadadamente la ilusión
con sus espejismos,
con sus artificios,
con sus tretas;
como tampoco estaba en mis planes sangrar versos por desamor.

No estaba en mis planes que la vida, ante mis ojos, se deshojara;
que sus páginas, apenas leídas, tan pronto amarillearan.
Que sus flores, hasta entonces luminosas, enseguida envejecieran,
dejándome sólo hojas marchitas;
pétalos declinados,
sueños mutilados,
ilusiones muertas.  

No, no estaba en mis planes este sacrificio,
esta permanente invocación a las escenas que me ocasionaron dolor;
este absurdo peregrinaje a mi extravagante masoquismo interior.
A esta necia flagelación del espíritu, a este cruel maleficio,
a esta herida que me causaron las fauces del amor.

Tampoco estaba en mis planes vivir o morir por nadie; sólo al trasluz,
a la silueta de mi soledad, de la tarde y de mis letras,
fui comprendiendo que me equivocaba;
que la noche alargaba
con su mano negra tanto mis sombras,
que en mis mismas negras sombras me ahogaba.
No estaba en mis planes que, sin apenas vivir mi primavera,
se convirtiese, vertiginosa, en un otoño sin luz,
dejándome en la absoluta oscuridad, cercado por mis quimeras.

No estaba en mis propósitos, en mis planes, convertir
mis besos en versos, ni mis versos en besos,
para llegar moribundo y exhausto hasta esta playa,
hasta aquí,
hasta esta neblina de angustia y soledad, hasta esta atalaya
de despropósitos, donde las palabras van precipitándose al vacío
de mi propio hastío.
Al abismo
de mi propio fatalismo,
a la tragedia de mi propio suceso.

No estaba en mis planes vivir deprisa, morir despacio,
para no llegar a ninguna parte, a ningún sitio.
No, no estaba previsto que, en tanto espacio,
esta insultante soledad que se amontona,
no dejase lugar más que al rancio
aroma
del pasado. Pasado que se transforma
en mi memoria, regurgitando, una y otra vez, hipocondría;
pasado, que con irreverencia
se asoma
a mi desgastada existencia.
Que, con impertinencia,
me invade, me sumerge; me arrastra con frecuencia
a esta agonía,
a esta pena
que me encadena,
a este asesinato mental,
a esta caída espiritual,
a esta letanía.
                                                                                  



José I. Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 09/10/2014