jueves, 12 de noviembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | YA ME SIENTO MEJOR...



He recorrido medio mundo. O mejor aún, el mundo entero,
detrás de sueños de necio quijote; quizá, de incorregible obtuso altanero.
Aunque, ahora que sobre ello reflexiono, no tengo ni idea de dónde los dejé…
Tal vez, en un arrebato, en el primer sitio que encontré;
en la primera calle, según se sube, a mano derecha: en el vertedero.
Tampoco importa demasiado. La mayoría de ellos, fueron con la edad muriendo;
los demás, en la frustración se han ido mansamente desluciendo.
Y el resto, me importan lo mismo que yo a ellos les importé.

Ya me siento más contento y motivado
al presentir que esto, por fin, se ha ido a la mierda; que ha terminado.
Ya me siento mucho mejor. Más acabado.
Ahora que tengo todo el tiempo que me queda
puedo ver con más claridad que nunca las espinas en el rosal;
y soy capaz de distinguir desde lejos los besos de seda
de aquellos que sólo fueron de sal.

Ahora que nada era cómo imaginé
y sólo soñé que soñaba…
Ahora que el tiempo con impaciencia
me devora.
Ahora que mi existencia,
amada mía, en tu puerto ancora…
Ahora que no he conseguido retener nada de lo que ayer logré.
Ahora que he descendido de la nube que habitaba.
Ahora que he renunciado a las fantasías que sublimé.
Ahora y en la hora de mi muerte, amén…
Intento seleccionar rigurosamente mi pensamiento, y cribo.
Necesito vomitar. Necesito pensar. También escribir. Y escribo...

Ahora que me he vuelto un ser vulgar,
una persona sensata y despreciable; un adulto patético e icástico.
Ahora que sé que mis sueños me ignoran,
que mis gaviotas marcharon lejos con mi álter ego; que ya no moran
en mi almohada, que ya no lloran, ha llegado la solemne hora
de contemplar reflexivo este mundo de inmundicia y plástico.

Ya me siento mejor.
Más perdido, más confundido, más herido en el amor.
Así que, en lo sucesivo, me lo prometo. Hasta por Dios me lo juro:
no volveré a soñar. Me negaré las ilusiones,
las cantinelas, las monsergas, las emociones,
los atrevimientos...
Me haré mayor. Mayor, juicioso y circunspecto.
Y desde luego, este ruego, este sortilegio, este conjuro, este documento,
tampoco tendrá marcha atrás.
Sólo lucharé por ti y por mí. Por nadie más.

La vida, inmensa ladrona, inmunda sabandija,
con sus golpes, sus cuchilladas, sus falsas deidades y sus mentiras,
mi alma saquea, mi espíritu desvalija;
me deja nítido el mensaje del estrepitoso error.
Ya me siento más aliviado y mejor.
Más vencido, más engañado, más envilecido en el rencor.

Ya me siento mejor. Casi nada me emociona. Apenas me incomodo;
muchas de las personas que conozco y conocí,
llenaron mis ojos de lágrimas, vaciaron a palos mis ansias de vivir.
Me usurparon la paz,
los bolsillos, el sosiego, el sueño, la bondad, el canto, la risa;
me dejaron como un auténtico chiflado bailando en la cornisa,
desnudo. Tan desnudo, como los hijos de la mar.
Me destriparon, me dieron la espalda, me olvidaron, me lo quitaron todo.
Me hundieron en la miseria, me hundieron sin piedad en el puto lodo…

He aprendido la lección.
Sin duda alguna. He aprobado con nota.
He dejado de ser aquel idiota.
Ya soy un verdadero cabrón.
Ya me siento mucho mejor. Más dolido. Más destruido. Más destructor.
Menos soñador. Más realista. Más cuentista. Más actor.
Más mediocre. Menos altruista. Más egoísta. Más conspirador.
Más escamoteador. Más ladino. Más anodino. Más calculador.
Ya me siento mejor. Más defraudado. Más fullero. Más adulador.
Más deshumanizado. Más despechado. Más traidor.
Más repugnante. Más insecto. Más infecto. Más depredador.

                                                                               

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 11-12/11/15


lunes, 9 de noviembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | DIOSES DE BARRO [Parte Primera].



Ya fui advertido por mis angustias de niño y los miedos
que asistían cada noche, en silencio, mi pequeña estancia
de cómo eras, cómo actuabas, cómo te comportabas conmigo.
Tuve claro que te estorbaba, que te molestaba mi presencia.
Que sólo era, por decirlo de la mejor manera posible, la oveja perdida.
La oveja negra. La oveja descarriada y renegrida.

No quise razonar, en ese instante no pude. Me mataba
su abandono, su ausencia; mi recién estrenada melancolía de poeta…
Eran excesivamente turbulentas las heridas que arrastraba,
demasiado el peso
que soportaba.
Y me fui cobijando,
sin querer o queriendo,
en mi mundo,
en mis poemas, en mis lamentos.
En otros proyectos,
en otros sueños,
en otros fracasos,
en otros brazos.
en otros besos.
Entretanto, me negaba a creer, me negaba a creerlo.
Quizá, no quise considerarlo,
aunque lo sabía: se veía, aunque no quisiera verlo.
Pero, ¿quién, con tales señales, no podría antes o después suponerlo?

Tuve que hacerme muy mayor y llegar hasta aquí para tenerlo claro.
Para darme cuenta.
Para aceptarlo.
Para comprender, de una puta vez, la cruenta
situación. La cruel realidad. Y la realidad es que nunca,
por más que lo intentase, llegué a ser para ti algo significativo
u otra cosa que un hombre descarriado.
Tal vez, un perdedor perdido...

Sí, me digo
ahora, en un acto envenenado, envejecido
y postrimero de rebeldía.
Tuve que haber reaccionado;
alejarme para siempre y por siempre de tu lado.
Tuve que haber aprendido
la lección magistral que, sin hablar, me enviaba la vida.
Pues, a diferencia de lo que siempre había oído,
a diferencia de lo que creía,
no siempre el enemigo
se situaba frente a mí, sino a mi reverso, en mi propia compañía.
Casi dormía en mi cama y me daba de comer frustración
y mortíferas dosis de melancolía.
De ahí, de tus actos, mi encono, mi rebelión.
De ahí, de tu odio hacía a mí, hoy, mi poema, mi canción.

Ya me anunciaron las sombras que te idolatraron en su día;
que te elevaron sin motivos sobre el mundo como a un dios,
que te hicieron ante mis ojos
de crío la persona más importante del universo, que me influirías
mucho más de lo que yo hubiese deseado que fuera.
Y así habría de ocurrir. Así sería…
Hasta lograr hacer de mi ya abatida vida, por los errores cometidos,
un guiñapo, un trapo sucio y viejo,
un reloj sin cuerda,
un verso a medias,
un trotamundos, un despojo.
Ya que, aprovechaste sin compasión mis solemnes caídas,
los tropiezos, las perfidias, las zancadillas,
las trampas que me tejió el destino,
para hacer, con tu actitud, de mi escaso mi ánimo, papilla, astillas.

Por supuesto que recuerdo en estas horas bajas
cada una de las patadas que han roto mi boca, cómo olvidarlas...
Cómo olvidar cada uno de tus gestos de indiferencia.
Cada una de tus agrias críticas.
Cada una de tus miradas de descrédito, de burla, de ira.
Cada una de tus muecas de malquerencia.
Tu probablemente velada envidia a través de la misma insolencia.

Tengo claro, que yo, al contrario que tú, erré, sí.
Que me equivoqué en ocasiones por el hecho de vivir;
pero no confiné, no restringí mi afortunada o desdichada existencia,
a juzgar a los demás desde una butaca con manifiesta indolencia.

Es patético saber lo que sé. Es trágico descubrir
que, en tu incombustible impiedad y menosprecio
hacía a mí,
sólo aquietas, sólo aplacas tu paupérrima conciencia
con las monedas que como a un pordiosero me arrojas;
sabiendo que tu opinión continúa invariable. También tu desprecio.
Advertir, como advierto, que en el fondo te devora la hipocresía. Que finges.
Que rezumas una oscura, maldita y pestilente falsedad.
Ya ves,
qué secreto a voces el de este decrépito y damasceno mercader.
Qué enigma en tu anciana mirada se adivina, se aloja…
Qué absurda paradoja,
qué contradicción, qué extraña reciprocidad, qué falta de aprecio;
que yo haya intentado ser tu amigo, dispensar con el tiempo tu maldad,
tu intransigencia, tu iracundo carácter, tus ofensas, tu despotismo
a lo largo de todos estos años, y tú, tristemente, sigas siendo el mismo.

                                                                                     

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 09/11/15

martes, 8 de septiembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LA ENTREVISTA LABORAL [PARA MAYORES DE 55 AÑOS]



Me siento frente al reclutador relativamente templado;
tengo canas, llevo a mis espaldas algunos tiros pegados.
Confieso sin pudor haber sido un buen marino y navegado
en este tipo de aguas, de mares, muchos años. Sé bien lo que hago.

Me mira. No disimula, me estudia sin recato;
intentando, por mis gestos predecir si finjo, si acaso miento…
Eso, chaval, lo sé desde hace un rato,
me digo en silencio.
Adivino ladino y sonriente acato.

Lo sé. Sé que no hay otro modo.
Sé que no tengo más opciones que expresar interés
en el proyecto, sea el que fuere. Al menos, hasta saber
cómo será, en qué consiste mi contrato;
cuánto tiempo tendré que viajar, qué labores tendré que hacer,
cuánto voy a recibir cada mes…
Intento, pues,
dejar a un lado recelos, y con ahínco trato
de no sentirme vacilante, inseguro, timorato.

El suplicio y el tedio
de lo reiterado a lo largo de los años
pronto germinan: otra vez me encuentro frente a los cuestionarios:
las putas pruebas psicotécnicas, los putos test.
Que, omnívoros, engullen sin compasión mi estoicismo poco después,
sólo a escasos minutos de comenzada la vista.
En fin, medito, qué le voy a hacer…
Repaso y ensayo.
A regañadientes esgrimo, entallo,
mi más fingida mueca
de donjuán de discoteca.
Es, al fin y al cabo, una idea emocionalmente prevista
de cara a la ansiada entrevista.

Es lo que hay, sí. Pero siempre igual. Siempre la misma canción.
¡Qué tostón, qué lata, qué aburrida acústica!
¿No habrá en esta sala de fiestas otra música?
Pues no. Por lo visto, no. Siempre es lo mismo.
Siempre pisando el mismo lodo, el mismo fango.
Siempre danzando como un fantoche el mismo tango,
la misma milonga.
La misma copla, la misma apolillada cantinela, la misma conga…
Todo por un mendrugo, por un trozo de pan.
“Qué futuro”, cavilo y asiento afligido;
qué bien, qué alegría, vaya un plan…

Un chusco, una migaja,
es mucho más que nada,
reflexiono a renglón seguido.
Descontracturo un segundo la espalda, el cuello, y sigo
como un colegial haciendo equis, garabatos y signos.
También sé que observa como una cobra mis movimientos.
Su mirada, carente de sentimientos,
sólo intenta descubrir un enemigo.

Lo sé, chaval, me digo:
no intentes hallar lo que no existe. No, al menos, conmigo.
No soy un “trepa”. No busco medallas. Ni siquiera un pódium.
Soy veterano. Tengo experiencia. Soy legal.
¿Has echado, por casualidad, un vistazo a mi currículum?
Sólo busco un curro, un trabajo digno, una faena normal.

¿Qué voy a hacer? ¿Probamos, si quieres, a eliminar de repente
a los mayores de cincuenta y cinco?
Lo lamento, mi carnet de identidad no simula, no miente.
Puedo intentar dar un salto en el tiempo al pasado, un brinco,
y ver qué sucede…
Pero el caso es que no me arrepiento de la edad que tengo:
nací, para mal o para bien, en el cincuenta y siete.

Me he puesto mi mejor traje.
He estrenado mi mejor camisa.
He esbozado mi mejor y más postiza sonrisa.
Le he echado huevos al asunto. Huevos, ilusión y coraje.
Me concentro. Aparto de mi mente estorbos e inquietudes. Las derribo.
Procuro no oler a tabaco, ese que tan bien me sabe cuando escribo.
Ni a café, ese que tanto saboreo cuando pienso en ti, amor.
Pero ni por esas, sospecho, calculo con temor
a extraviar el ánimo y la valentía: mis dos señeros estribos.

Así, a mi pesar,
tras conversar,
y por mi parte intentar causar
la mejor impresión,
el entrevistador corta de un tajo cualquier atisbo de conversación;
consulta su reloj: presiento que me voy de tiempo.
Mala, muy mala sensación…
Y a la artificial cordialidad, sumada a la parca, hosca y sucinta
despedida: “Ya le llamaremos…”, en lo único que me hace pensar que piensa,
es que de dónde diantres he salido yo con esta decimonónica pinta.

Sé que no me llamarán, excedo, según ellos, con mucho la edad.
Considero por ello sumamente injusta esta farisaica sociedad
que excluye de forma fulminante a los mayores. Lo digo alto y claro.
Lo digo y lo reitero.
Para mí éste es un asunto muy serio, lo digo de antemano.
¿Dónde estaban estos niños de “Recursos Inhumanos”
cuando yo cabalgaba semanas enteras de ciudad en ciudad?
¿Dónde estaban estos mequetrefes, estos alfeñiques de medio pelo,
cuando yo viajaba sin descanso de pueblo en pueblo
como un apátrida, como un titiritero?

                                                                                     
                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 08/09/15



sábado, 5 de septiembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LAS CARTAS DE PENÉLOPE



Navegaba.
Navegaba otra vez hacia el interior de mi mundo.
Viajaba, sin velas, con viento favorable y suave. Nada me inquietaba.
Buscaba el terciopelo de la noche que pintase en sus versos Neruda;
la noche trémula y estrellada.
Intuyendo, próximo a mí, el influjo
de la palabra aún en mi pluma callada.
Percibiendo, cercano, el poema quebrado en mi memoria por los años.
Transitaba, tranquilo, sereno, por mi océano oscuro y mudo.
Todo era quietud en mi oscuridad pausada.

Buscaba la lluvia de otros otoños,
que atrás, sólo en mi mirada, quedaran.
Las estrellas
extraviadas de mi firmamento; los atardeceres encendidos,
los besos sepultados, los retazos de amores perdidos.
Huellas. Sólo huellas en la arena de mi playa;
pisadas, restos, signos,
señales, trozos que rescatar de mí mismo…

…De súbito,
un golpe, una bofetada,
un estrepitoso vaivén, un cortocircuito
invadió mi fantasía, secó mi garganta;
emergiendo, del herrumbroso ayer, el engendro de cabellera dorada.
El mismo que destrozó mi vida. El mismo que condenó mi alma,
engulléndome otra vez hacia mi propio abismo…
Al instante, mi sentido atribulado, mi mente transida,
al ver de nuevo los textos que le brindé, abrió de par en par la herida…

Eran las cartas que le dediqué.
Era el fuego que ardía en mí.
Eran las caricias, los besos que le dí.
Eran las lágrimas que vertí.
Eran los poemas que lloré.

Y sin aliento, poco a poco, detuve mis pasos.
Y de nuevo, me derrumbé.
El recuerdo, de un manotazo arrebató el gesto, la mueca,
llevándome lejos;
dejándome sin fuerzas, laxo, como una polichinela sin vida, hueca;
sin emociones.
Abocándome, desalmado, a situaciones de angustia
que no merecía: a sus traiciones.
Y otra vez, como la primera vez, la odié.
¿Cómo fui tan ciego?
¿Cómo fui tan necio?
¿Cómo fui tan loco?
¿Cómo pude amarla de aquella forma?
¿Cómo pude quererla de aquella manera,
sin reservas ni medida?
¿Cómo, mi alma, pudo quedar tanto tiempo atrapada, conferida
al daño irreparable de su traición?
Me pregunté…

Sólo la voz del silencio, en un susurro de silencios, respondió:
“Penélope, en tu vida,
en tus versos, acuérdate, murió.
No sufras, un segundo más, por quien no te amó.
Por quien de ti se burló.
Por quien tan despiadadamente te traicionó.
Nadie se queda con nada de nadie, cierra ya la herida
de tu maltrecho corazón.
Todo, sin duda,
antes o después, aquí se paga. Es la factura
que brinda el destino a las deudas del amor. Créeme, da por válida esta sabia afirmación;
lacra la pena, la aflicción
que te habita, sella para siempre la tristeza que te invade, la melancolía renegrida…
Y deja, ahora, que penetre el oxígeno de un nuevo amor en tu alma apaleada y desfallecida.”



                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 05/09/15


viernes, 28 de agosto de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | UN HOMBRE A MEDIAS



Vivir o sobrevivir...
Son palabras que nunca pude distinguir,
atrapado entre la realidad y el sueño.
Caminar con medias suelas en el alma por la vida,
en una vida frustrada. Maniatada por los errores cometidos; dividida…

Deambular entre mis propias sombras, casi siempre extraviado,
prisionero de la incierta mano del desasosiego;
achicando, en mi personal naufragio, tempestades y vaivenes
en una realidad que me devoraba y hería.

Sentir cómo, sin morir, de alguna forma moría
sólo por creerme diferente
me hacía sentir distinto, distante.
Solo. Abandonado.
Dejando transcurrir, quizá, oportunidades. Tal vez, trenes
que me condujesen más allá del horizonte.
Lejos.
Pero una vez más, mis sueños de vencejo,
me dejaron atrás;
no me dejaron reaccionar.
Tuve miedo.

Aunque no. No era así. No fue exactamente así…

Tan sólo me quedé aferrado. Atado.
Me quedé lloriqueando en el pasado.
Lamentándome y escribiendo
aquellos versos que luego me negué, que no llegué a escribir,
que jamás quise ni supe decir…

Todos ellos, víctimas ineludibles de amores inconclusos.
Amores malditos, amores infames, amores eternos, amores intrusos,
que únicamente habían asaltado mi espíritu para hacerme sucumbir,
dejando a su paso, en el ingenuo iluso,
un inmenso rastro de espejismos desiertos;
de ilusiones vencidas,
de sueños muertos.
Y miles, millones de heridas
en el ambiguo e imperfecto trayecto.

Callejeé entre la noche y el alba, ladrando a la luna versos
traspasados por la melancolía.
Vagué tras mis huellas, tras mis poemas, inmerso en mi universo,
mientras la noche agonizaba dando paso al día.
Pero también, mientras, sin apreciarlo, pasaba silente e inexorable la vida...
Mientras la rueca mortal del destino iba tejiendo.
En silencio tejía.
Mientras las hojas de la primavera, una a una, iban cayendo.
En silencio caían.
Mientras la realidad iba tomando forma y la ilusión se iba durmiendo.
En silencio se dormía.

Entretanto, a escondidas, el otoño surgía;
iba, despacio y aprisa surgiendo,
en el criptograma atroz de mi agonía.
Y simplemente, ésta, la adolescencia, en una fragancia de adiós,
adiós me decía.
Y en ese duelo sangriento
de miradas y silencios,
sutil se desvanecía…
Se fue desvaneciendo.

Así, los besos que no di, se fueron olvidando;
se desleían.
Así, la juventud que no logré vivir, se fue quedando
en mis manos dormida.
Y así, la vida,
que, entretanto su color y su calor habían ido perdiendo,
se convirtieron en fantasmas de desengaño y monotonía.

En un inútil, curvo y absurdo vuelo. En una mascarada.
Ya que, el coraje que entonces invadía mi alma
lentamente se diluía,
se convertía en calma.
Y la herida
por los versos y las lágrimas silenciada,
al fin, poco a poco, desaparecía
reduciendo mis ilusiones a casi nada.

Vivencias. Vivencias. Vivencias…
Retazos, sorbos, que han hecho de mí,
en esta tragicomedia
que llamamos existencia,
un trovador; un vagabundo sin mucho qué expresar ni qué decir.
Quizá, un Cuentacuentos. Puede, que un contador de historias.
Pero sin lugar a dudas, en esta noria
que es vivir,
lo sé bien, sólo un hombre a medias.                              
                                                           
                                                           

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 27/28 de agosto de 2015



viernes, 10 de julio de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | CENIZAS



¿De verdad creías, que tras saquear mi vida
y mi alma como un vulgar ladrón;
entrando, aniquilando, destrozando mi corazón,
haciéndome caer al foso donde se liberan los suicidas,
ibas, querida, a escapar sin heridas?

¿De verdad esperabas, que tras hundir mi dignidad en la desventura,
poniendo patas arriba
mis noches de soledad y mis sombras, también mis días;
la luz de mis poemas, mi cordura,
mi dramática ironía,
la sal de mis ojos, mi locura,
ibas, querida, a zafarte ilesa del odio que provoca la conjura?

¿De verdad calculabas, que tras abocarme a la tristeza más clamorosa,
al llanto más silencioso, letal y despiadado,
al pánico más lacerante, a la oscuridad más tenebrosa,
haciendo regresar a mi mente imágenes de antiguos naufragios,
podría perdonar, alma mía, la insolencia del agravio?

¿De verdad pensabas, que extraviando en tu cruel artificio
mi escasa sensatez,
empujándome de nuevo, empujándome otra vez,
al más absoluto y caótico delirio;
a caminar perdido por mi maltrecho equilibrio,
olvidaría tu estilo, tu comportamiento, tu proceder?

¿De verdad imaginabas, querida,
que tras robar el destello de mis emociones,
calcinando con tu impensada demencia cada una de mis ilusiones,
podrías evadirte sin heridas?
¿De verdad lo creías…?

¿De verdad suponías, que tras romperme por fuera y por dentro,
reventando sin piedad, uno a uno mis sueños,
mutilando sin miramientos mis sentimientos,
ibas a salir indemne de mi resentimiento?

¿Qué creías, que tras desangrarme en versos
que otrora fueran besos,
que tras destruirme en mil pedazos,
iba a olvidar el error, el autor y los hachazos?
La revancha, es cierto, tardó en llegar;
todo el tiempo que mi corazón tardó en reponerse. Sólo era cuestión
de esperar.

De esta sórdida manera, al final, los dos fuimos víctimas. Víctimas
y protagonistas
de esta guerra, de este duelo sin sentido,
de esta batalla de antemano perdida.
De esta estúpida encrucijada.

De esta llaga que sangra. De esta herida jamás redimida.
De este patético vodevil, de esta mascarada
que no nos condujo más que al desastre y al olvido.
Y donde habiendo sido todo, donde habiendo sido tanto, todo quedó en nada.

Dejando, a su paso, cenizas; sólo sombras y deshechos...
Pues, ahora tú, con la misma moneda pagada,
si no contentos, por encontrarnos destruidos,
sí al menos, ambos, nos sentimos en la vendetta cumplidos.
Cumplidos y satisfechos.

                                       
                                                                             
José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 7- 10/07/2015


jueves, 18 de junio de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ¿TE ACUERDAS DE AQUELLA CANCIÓN?



¿Te acuerdas de aquella canción?
Es la misma que habitó nuestras almas aquel verano.
La misma que aún resuena en mi mente,
cuando, sin pretenderlo,
se cuela en mis sentimientos, en mis sentidos y, evanescente,
te sueño.
Es entonces, cuando absorto y silente,
quedo atrapado un instante en mi pasado, y sin apenas saberlo,
convoco mis recuerdos.
Es, cuando el pasado, desde su pasado,
colmado de pasos e inconfesables huellas de sigilo, me reclama;
a escondidas, en un velo de secretos, me llama.
Y, una vez más, quedo prendido en mi propio silencio.

¿Te acuerdas de aquella canción?
¿Recuerdas cuánto nos dijo?
¿Cuánto nos habló, cuánto nos acarició?
¿Cuánto nos transportó a la melancolía? ¿Cuánto nos predijo?
¿Cuánto, en el suspiro, nos elevó?

Yo la percibo flotar ante mí, en mis horas de hipocondría;
en esas horas en que la marea del recuerdo de nuevo me arrastra,
me lastima.
Me lleva hasta su playa; una playa perdida, repleta de ayeres.
Mientras yo, dominado, vencido por la melancolía,
me dejo llevar, me dejo invadir los ojos, la memoria y las emociones
de pretéritos sucesos; de viejos aconteceres.
De sensaciones que no han de volver.

¿Te acuerdas de aquella canción?
¿No fue la misma que destrozó mi alma?
¿No fue la misma que me hizo perder?
¿No fue la misma que descuartizó todo mi ser?
¿No fue la misma, que asomada al afligido rincón de mi vida,
me hizo padecer una herida infame y cruel?

Tantas veces me habló de ti,
en mi soledad.
Tantas veces escuché decir
la palabra ‘amor’, en la falsedad…
Que, ahora, en mi malquerencia,
en mi maldad,
en mi encono, en mi indolencia,
en mi legitimidad,
en mi defensa, al oír su música, me diré: sólo cabe olvidar.
Olvidar y caminar. Siempre caminar.
Caminar, olvidar y dejar, si puedo, mi pasado y tus sombras atrás.

                                                                                 


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 18/06/2015


viernes, 29 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | MOTIVOS PARA NO DECIR ADIÓS



Sé que me iré. No sé a dónde, pero me iré.
No sé qué viento, en mi marcha, me acariciará ni acariciaré.
Tampoco, en qué lugar dejaré caer mis fatigados huesos,
firmaré mis últimos versos,
ni qué titilante estrella velará mi sueño de cara al mar.
Ni siquiera en qué playa.
Pero cuando llegue ese día, lo sabré.
Y cuando lo haga,
cuando sepa que es mi hora, cuando me vaya,
no intentaré de ningún modo mirar atrás.
Ni por supuesto lo desearé.
No buscaré con la mirada despedida alguna.
¿Para qué…?

La arena de la orilla será mi lecho, mi cama,
el rumor de las olas mi canción de cuna.
Y así, sereno,
mirando el cielo,
y a esa polvorienta Luna
que enciende, ilumina y olvida caminos,
me dormiré.
Quien deba estar, estará.
Quien no deba estar, que no esté.

No necesito
ahora, próximo a mi ida, el bisbiseo. Mucho menos ese silencio a gritos
que con frecuencia me llama, me golpea,
que en mi mente se detiene, me araña, aletea;
me conduce sin piedad a esta feroz soledad que me invade.
Ese silencio que dentro de mi alma germina, florece, crece,
como una sombra de ojos felinos que jamás se desvanece.
Y sigue, aun con los años, quemando en mi interior como una tea.
Son ellos, todos mis sueños, los que crepitan, los que musitan.
Son ellos, mis sueños robados, por la realidad cercenada,
los que aúllan, los que gritan.
En realidad, ahora, ya por nadie. En realidad, ahora, ya por nada.

No necesito
ahora, próximo a mi marcha, a mi viaje, el adiós de aquellos.
Sólo eran ruidos, ecos, bullicios, aullidos; sólo eran reflejos, destellos,
de lo que mi necesidad imaginaba real.
Pero otra vez me equivocaba.
Mi pasado fue una auténtica falacia;
la gente que atravesó mi vida fue hipócrita, falsa, desleal.
Para mi espíritu, para mi alma, una tumefacción infecciosa y letal.
Buscaron en mí, de mí, sólo la circunstancia,
la oportunidad.
El momento. Nunca, por esa causa, creí en la amistad
tampoco en el amor. No. Nunca a tiempo completo. Nunca del todo;
pues detrás de dulces rostros pude descubrir falsedad, traición y lodo.
Iniquidad.

Mi percepción, en una secreta llamada, me avisaba.
Presto ponía en marcha la protección
debida a mi corazón.
Mi perspicacia casi nunca equivocaba sus latidos, su intuición.
No erraba con las entelequias que provoca la banalidad,
la felonía, la mediocridad, la ordinariez, la superficialidad.

No anhelaré, por tal motivo,
el abrazo de aquellos que un día se dijeron amigos míos.
Ni de aquellas otras personas que susurraron a mi oído,
como sirenas de Ulises, embaucadoras palabras de amor.
No. Créeme;
hace tiempo que esas voces me olvidaron.
Hace tiempo que también yo las olvidé.

Sólo deseo que, en ese final de viaje que se lento se aproxima,
estés a mi lado, amor. Estés conmigo.
Dándome cobijo, dándome abrigo
en esos instantes que aún decaigo, que presagio, que maldigo.
Lo demás no importará. Lo demás ya sucedió. El ayer no me lastima.
Juntos veremos emerger el alba. Y extender su manto la neblina.
Sólo un día más deseo amanecer contigo.
Cogidos de la mano, miraremos el mar.
Y en la línea imprecisa del horizonte, sucumbir rendido el ocaso.
Pero sobre todo, de nuevo preciso, volver a creer en el amor. Volver a amar.
Y completo al fin, algún día, poder morir en tus brazos.

Para el resto del mundo, como ves, amor mío, mis letras disemino
y sin modestia ni temor avillano.
Esparzo mi suerte en trazos.
En trazos y signos;
empleando, nunca mejores palabras en mi atino,
que los versos del gran poeta sevillano:

Y al cabo, nada os debo;
me debéis cuanto escribo,
a mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que alimenta y el lecho en donde yago.

                                                                               


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 28-29/05/15




martes, 26 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | CAMBALACHE. Parte Segunda.



… Pero conseguidos los objetivos;
autonómicas y municipales,
saben que, a la vuelta de la esquina, les acechan las generales.
Así que, sin perder la entereza
ni los estribos;
sin quitar, por supuesto, el ojo de las listas,
con su habitual destreza,
saldrán en tropel evangelizadores y oportunistas;
sagaces, avispados y vivos.
Habiendo creado previamente entre sí pactos, alianzas y acuerdos,
en su desesperado intento por todos los medios,
unos y otros, de atraernos.

Para ello, no dudarán en vendernos
espejismos;
relojes chapados, sin cuerda ni agujas.
Ruedas cuadradas. Y azules, rojas, naranjas y violetas burbujas.
No se detendrán hasta seducirnos
con su prosaica palabrería, con sus marchitados juramentos
de vendedor de apartamentos.

Al final, como excelentes mercaderes, acabarán vendiéndonos,
a precio de coste, sacos de nubes y humo;
palabras necias vestidas de quimeras
y cielos de cobalto;
noches de pasión encendidas
y sueños de basalto.
Días de serenidad y felicidad imposibles.
Futuros colmados de dicha. Futuros excelsos e increíbles.

Aconteceres plenos, repletos de bienestar y bonanza.
Y mientras en los cuatros próximos años vamos perdiendo la sonrisa
con las decepciones acumuladas; estos filibusteros,
estos predecibles “pitonisos” y pitonisas
de medio pelo
entre promesas de barro, olvidos premeditados y medias risas,
andarán a nuestra costa y nuestro esfuerzo, de nuevo,
llenándose la panza.

El mundo, como reza la canción de “Cambalache”,
de Enrique Santos Discépolo, fue y será una porquería.
Yo, tras lo expuesto, sumaría,
sin temor al error que es un bazar, una feria, un puto galimatías;
algunos besos,
algunos recuerdos,
algunos sueños,
siempre serán de color azabache.

Nada permanece eternamente. Todo se suaviza.
Con la edad todo se relativiza.
Todo se va relativizando; el amor, la herida, el odio, la rabia, la ira.
Cada noche trae de la mano un nuevo día. Todo gira…
La noche es oscura. La luz ilumina;
la historia de mi historia en mi memoria se difumina.
El dolor, por fin, en mi alma, se aquieta, se va aquietando.
Porque el tiempo, suave, sin prisa,
sin decirlo, sé que atrás me va dejando.

Todo, como conclusión, está inventado.
Casi nada me conmueve. Ya apenas me conmuevo.
La única verdad es que todo es mentira.
Este mundo es un mercado,
un lupanar, una mancebía, una travesía atestada de yiras.
Aquí, cada uno va a la suya. Y como resultado,
los que dependemos sin remedio alguno de ínclitos
encantadores de serpientes y esclarecidos políticos
—no hay que ser excesivamente analítico—,
unos novatos incautos, unos ilusos utópicos.

Así son las cosas, cada uno va a su apaño, a lo suyo.
Afiladas verdades.
Afiladas como púas, letales como puñales.
Voces de corrala. Cotilleos de barrio. Chismorreos. Murmullos.
Verdades como puños. Insoportables verdades de Perogrullo.

                                                                               


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 25-26/05/15

viernes, 15 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TIEMPO DE ELECCIONES, TIEMPO DE FILIBUSTEROS. Parte Primera.



… Y ahora llega de nuevo
como una pandemia, como un castigo bíblico, brutal y certero,
el tiempo de los sátrapas, de los bribones, de los filibusteros.
En cualquier esquina, con cualquier excusa, desde cualquier cornisa,
se descuelgan vendiendo motos sin ruedas, estos jodidos marrulleros.
Todos. Desde los que visten con traje, o circulan en bicicleta,
hasta los que pasean en mangas de camisa,
campechanos, o prefieren como peinado una coleta.
Todos, sin excepción, son infames sabandijas;
da lo mismo que vistan de Armani o calcen chancletas:
después de ser votados, unos y otros, se ocuparán de apretarnos
las clavijas…

Pero, ahora, no. Ahora… ¡Es tiempo de elecciones, señores…!

Comienza, así, la pasarela, la bufonada, el desfile, el baile de máscaras,
la fiesta, el sarao, el “tinglao”, la villanía, el despelote, la jácara.
Y, desesperados, acojonados, diría, ahora los estrategas,
se empeñan en vendernos a toda costa novelas por entregas;
el tiempo corre, lo saben, el tiempo se acaba, el tiempo termina,
el tiempo, cuenta atrás, arde más aprisa que la bencina.

Y todos: Populares, populistas y “populeros”, caterva de arteros,
nos amenazan, nos advierten del resto; nos comen los sesos,
nos besan el culo, atajo de bandoleros, aviesos confesos.
Otras alineaciones políticas surgen; las llamadas emergentes,
que aprovechan ávidos, sedientos, sin duda,
el declive, la desastrosa, la macanuda, la cojonuda
caída del monolítico y enquistado bipartidismo decadente.
Miembros y “miembras”; “socioslistos” y socialistas,
en otra esquina, ahora, se encuentran excesivamente pendientes,
preocupados por las listas.

Todos regalan con una mano, escondiendo con la otra
el abuso, la corrupción, el engaño, el despilfarro, la ignominia, la treta…
Todos, desde un extremo a otro, de un color a otro, sin excepción,
nos cuentan los mismos cuentos. Nos cantan la misma canción.
Pero todos, de aquí de allá de acullá, de uno u otro signo,
ejercen sin el menor recato, honestidad y decencia, de lo mismo:
de ser y haber sido, perfectos alcahuetes y alcahuetas.
Corren malos tiempos para la lírica, los escritores y los poetas;
vocación, ésta, sin futuro, frente a tanto cambio de chaquetas.

Porque, compañeros, es tiempo de caricias, promesas y arrumacos.
Tiempo de parecer formales, tiempo de parecer honestos,
tiempo de fingir, tiempo de buenas intenciones,
tiempo de retóricas,
de palabras huecas,
de falsas emociones
y excelentes presupuestos:
aumento de trabajo, subida de pensiones, bajada de impuestos.

Es tiempo de elecciones,
tiempo de farisaicas acciones,
tiempo de grandilocuencias, guiños a la multitud y exceso de mimos,
departiendo con la gente del pueblo, cervezas, pinchos y vinos.
Es tiempo de avivar las maquinaciones a escondidas,
profiriendo contra el resto vilipendios, negando cajas “B” y corruptelas.
Es tiempo de apuñalar en silencio, tiempo de ofrendas podridas;
tiempo de falsos profetas, de charlatanes, de trileros,
de gañanes sin escrúpulos, de cretinos altaneros,
de bandidos y bandidas.

Es tiempo de votaciones. Tiempo de elecciones.
Tiempo de vendernos paraguas rotos y apolillados edredones,
gafas sin cristales para llenarnos los ojos sólo de ilusiones.
Es tiempo, también, para afilarse las zarpas en la espalda de la gente;
en la espalda del crédulo, del triste, del soñador, del inocente,
del desahuciado, del desesperado, del idealista, del trabajador,
del jubilado, del desempleado, del emprendedor.

Pero, sobre todo, y ante todo, del pobre. Del necesitado.
Del que se encuentra más angustiado,
del que se halla más a la deriva, más desorientado.
Del que está más tieso y canino,
en la desesperada esperanza de un cambio de rumbo, de destino.
Creer, amigos, de esta chusma otra cosa es delirar, es estar equivocado.
Profundamente errado.
Sólo es la hora,
sin demora,
de afilarse las uñas en la espalda del vecino.

                                                                               

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 14/15/05/15


martes, 12 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ATAVIADA DE NOCHE, SILENCIO Y SOMBRA



Y al cabo, sin que mis palabras suenen a indiferencia
o sepan a distancia, no menoscabo casi nunca su ausencia.
Ya no. Aunque de su esencia
permanezca en mis labios, insignificante, una suave brisa.
Su levedad, como el susurro de una caricia,
quedó anclado, detenido, mágico en el reverso
del tiempo. En ocasiones, me aquieta;
es un bálsamo en mi herida denegrida.
Otras, sin embargo, me incita y aprisa,
se descuelga huraño por mi alma, arañando el verso.

Son sombras que se mecen etéreas en mis manos.
Sólo sombras que pasean por mi casa, silentes, sombrías.
A diario.
Mientras repujo con mi memoria y mis dedos;
mientras modelo,
mientras evoco,
mientras convoco,
mientras convierto la soledad que me abraza, que me hastía;
la insoportable soledad que me habita, en la poesía
de mis propias locuras siempre turbias, siempre umbrías.

De ahí, de tal encrucijada, sólo queda la herida.
Sólo la llaga en carne viva.
Sólo el eco,
que entumecido vive.
Sólo, de tal encuentro, resiste acurrucada en el hueco
que la caridad de mi pluma permite.

Sólo, de tal peripecia, queda el poema que en pie lucha; que sobrevive.
Sin que, por esa razón, la misma sombra que me persigue,
mitigue en mi mente un convulso y afilado temblor.
Al descubrir, sin asombro,
cómo mi vida va cayendo en un foso,
en un fondo de oscuro rencor.

Y, con ella, cuesta abajo, imparables,
todas mis verdades,
mis quimeras, mis miserias,
mis fuliginosas vanidades,
todas mis vehemencias;
mis deseos, mis anhelos,
mis desgastados sueños,
la tenue luz de mis poemas,
mi ocaso, mis recuerdos, mis penas.
La tiniebla que invade, que apresa mi corazón;
mi llanto escondido,
el niño perdido
que soy, que fui. Mi níveo y tembloroso albor,
mi impaciencia, mi rastro de elocuencia
que de nuevo se desmorona, se desintegra,
ataviada de noche, silencio y sombra,
de camino al más lacerante dolor.

                                                                                     
                                                                                     
José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 12/13/05/15



martes, 5 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TAL VEZ, SÓLO LA VOZ DEL VIENTO. 010806 [Parte Segunda].


He vuelto, no sé por qué, una vez más, a leer la última carta.
He vuelto, de nuevo, sin conseguir dormir, a hundirme en el recuerdo;
en la turbulencia delirante de aquel amor que un día creí nuestro.
Y la memoria, al leer de nuevo el texto, me ha devuelto
precisa y humillante a la sensación de que nunca, en realidad, fuimos nada tú y yo.

Y aquí, ahora, con la mirada pretérita y ajada,
posada sin apenas emoción en el recuerdo que dejaste;
aquí, mientras estos versos construyo.
Aquí, mientras lo que fue nuestro finalmente destruyo;
desentierro letra a letra, sin el menor rastro de orgullo,
reventando contra mi pecho,
el amor que un día deseaste abatir y abatir lograste
bajo la noche callada
en otros labios,
en otros brazos,
en otra almohada,
en otro lecho.

Y repentinamente me detengo, recapacito.
Y medito, sin temor al error: sí, sólo fui el momento.
La ocasión, la oportunidad, el sustento.
Y me pregunto, me repito,
al tiempo que el amor que por ti sentía definitivamente decapito…

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Susurro, mientras surge la idea de la palabra.
Mientras brota el destello
de estos versos en mi mente e inútilmente cincelo, vomito, recito,
y en vanos intentos la composición adentello.

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Levemente musito.
Mientras vuelo incesante a la fantasía, sin divisar en el verso maldito
la expresión que tanto requiero, que tanto necesito;
la dicción que, sin duda, falta.
La palabra, fugaz e indómita, que busco y no hallo.
La rima, así, asimétrica e imperfecta,
quedará para siempre despedazada en el poema que ensayo.
También la respuesta…

Acaso sólo quedó en el eco de mis poemas, me digo.
Quién sabe si en la evocación de mi pensamiento…
Quizá en un difícil y doloroso olvido.
Tal vez sólo quedó, de aquel ayer, la voz del viento.

                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 05/05/15



lunes, 4 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | EL RECUERDO. 010806 [Parte Primera].


Querido Ayer:

Llevo meses intentando hilvanar un documento
sin el convencimiento final de que éste llegase a su destino, a su puerto.
Quizá también tenga temor. Un extraño miedo.
Es un eclipse que aletea junto a mí, sin saber qué debo hacer al respecto.
Sólo sé que enreda su telaraña sobre mi existencia
y, sólo de vez en cuando, tengo la impresión,
intuyo, que hiciese sombras chinescas en la pared de mi alma
con atinada malevolencia…

Tengo un millón de sentimientos que contarte,
sin embargo, es inútil, tú no puedes oírme. No es el momento.
Tu alma, agrietada, se encuentra prisionera;
se siente atrapada, cautiva
en el pasado. Y, créeme, lo entiendo.
Sólo me cabe, en la distancia, llorar contigo tu dolor.
El injusto dolor de la ausencia.
Una ausencia cruel que detiene nuestros intentos
por avanzar, sin tener la certeza, de saber en qué dirección se quiere ir.
Y en el que, cuando das por hecho que has avanzado un paso,
de repente caes en la cuenta que has retrocedido diez, cien, tal vez, mil.

De repente, sin previo aviso,
aparece, vestido de dolor, como un asesino.
Es de nuevo el recuerdo que emerge castigando
cualquier iniciativa.
Es el cruel juego de la vida.
Y donde sabes, por cierto,
que en este maldito juego no se puede hacer trampas;
al menos, no por mucho tiempo.
Así que de nuevo, el intento,
escribe con letras de silencio
nuestros torpes movimientos
y selecciona sus víctimas.

Lo único cierto es lo que hemos vivido; el restante,
el tiempo que nos queda pendiente no se halla a nuestro alcance,
ni lo sospechamos.
Razón por la cual hacer planes es casi siempre el más absurdo
de los proyectos.
Sólo el pasado nos da la seguridad de haber llegado al presente.
Aunque el ayer, puede, en ocasiones,
convertirse en el peor de nuestros enemigos: ése es el recuerdo.

El recuerdo. El recuerdo. El recuerdo… Siempre el recuerdo.
Siempre zarandeándonos, moviéndonos a su antojo
como hojas muertas, como peleles. Siempre haciéndonos
mirar atrás. Siempre enviándonos, como un presagio,
a nuestra orilla su propia ansiedad: lo que fue, lo que hubo, lo que quedó;
los cadáveres, los restos del hombre, los restos del naufragio.

Siempre derribándonos los propósitos. Siempre atajándonos los sueños…
Los escritores vivimos en cierto modo sumergidos en ellos;
son, de alguna manera, nuestra biblioteca:
la librería de las almas perdidas.
De ese rincón del alma extraemos,
desde los mejores momentos de gozo, de humor o de ironía,
hasta las más infames horas de zozobra.
Personalmente recurro a ella con frecuencia;
la he convertido en mi cómplice a la puta fuerza…

Sólo supongo lo que estás pasando.
Has dejado en el aire miles de preguntas,
preguntas que se alejarán, que jamás tendrán respuesta;
miles de interrogantes que te acompañarán para siempre,
donde quiera que estés o con quién estés.
Dudas, que se convertirán en tu sombra,
y en el futuro caminarán e incluso dormirán contigo.
En ocasiones se pondrán de tu parte,
pero en otros casos se enfrentarán a ti, tratando de apalearte,
intentando a toda costa derrumbarte.

Una vez te dije que el tiempo no sabe mirar atrás,
que permanecer en tu isla no te salvaría de la angustia,
que terminarías siendo un ciego, un personaje gris, un ser inerte, sin luz…
¿Por qué no me hiciste caso? ¿Por qué te jugaste la vida a cara o cruz?
¿Por qué has naufragado en tu propia oscuridad? ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho tú?


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 04/05/2015


miércoles, 11 de febrero de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ELLOS, SOY YO. CADA UNA DE ELLAS, TAMBIÉN.


Soy yo. Pero también soy ellos. Cada uno de ellos.
Ellos viven en mí. Dentro de mí.
Soy la luz que divisan al final del túnel. Su faro. Su candil.
Su triste canción de abril.
Soy sus brillos, sus destellos.
Soy su reflejo.
Su lámpara. También su sombra. Y su espejo.
Vivo sus vidas, todas ellas, dentro de mí.

Vivo y sobrevivo como un aprendiz
en lo profundo de sus dramas.
Cuento en silencio sus días.
Su historia también es mía.
Pago por ello cara mi soledad
con mi desvarío. Con mi desatino.
Pago caro sus melancolías.
Sus fobias. Sus manías.
Su desprecio. Su falta de claridad.

Pago caro este peaje.
Este insoportable peregrinaje
al interior de mi propio ser.
En esta ocasión no llevo máscara,
disfraz o antifaz que me oculte, todo queda atrás.
Lo insustancial, la cáscara,
lo banal queda arriba protegiendo mi fobia social.
Éste es un profundo viaje
sin apenas alforjas ni equipaje
a mis álter ego, a mis otros yo. A mis personajes…
Al interior mismo de mi quimera.

Ellos, entretanto, siguen girando en mi interior
sin tregua; como alimañas, como buitres de carroña,
como bestias insatisfechas,
como un sanguinario y vil depredador.
Siempre en su locura. Siempre en su niebla, en su boira,
en su noria.
Sin más acierto
que el desconcierto.
Sin más camino,
sin más acera, sin más salida, sin más destino
que el destino que sugiere la confusión de mi mente,
la ambigüedad de mi silencio.
O, tal vez, mi desacierto.
Torpeza que propone el caos de mi propio laberinto;
ellos cabriolan dentro de mí, enérgicos, despóticos.
Melancólicos, irónicos, crípticos, escépticos…

En todo caso, sin más existencia,
sin más ánimo, sin más muerte,
que la suerte
que impulse y decida
mi imaginación en cada frase, en cada renglón, en cada texto,
en cada vida,
en cada verso…
Estipulando en cada uno de ellos, quién y por qué, unos sobreviven
y otros, en cambio, permanecen por los siglos silentes e inertes.
Insuflando, a unos, la circunstancia precisa.
Creando, en otros, en un tiempo inexistente,
en un tiempo que no sé medir,
pues sólo me limito a esperar, a presentir,
cómo súbitamente va dándose la forma.

Y cómo, todo sucede,
acontece, sobreviene.
De qué modo, van a mis entrañas accediendo.
Cómo las piezas se van engarzando,
como perlas, unas sobre otras,
como si de un extraño puzzle se tratara.
Cómo encajan. Cómo, sutil, la idea parpadea intuitiva y penetra.
Cómo la arquitectura se va realizando, se hace a mis ojos perfecta.
También el aura, la fortuna y la desventura.
Todo lo que se enjuiciaba confuso; palabrería inconexa e insensata,
ahora como un sortilegio se rearma, se anuda, se perfila, se desata.

Y el trance y el percance se alinean
cobrando sentido.
Es el instante, es el sino;
que, sin reparar de forma consciente en ello, automático predestino;
creando, configurando, el hado final: es el guión. Es la letra.
Así, vehemente, como el excéntrico y omnipotente geómetra,
mi mente transida va por su cuenta calculando, quién y por qué,
unas se convierten, se hacen
átomos y tenues vuelan hacia la luz. Y otras que también nacen,
en cambio sucumben e indolentes se marchitan. Se deshacen.

Unas,
para hacerse inmortales, danzan a la sombra de mi luna;
bailan al son de mi fantasía,
de mi entelequia.
Bailan al son de este interminable folio con irreverente alevosía;
escondidas tras la melancolía
de mi pluma.
Las otras, las que construyo y luego deshago,
las que consumo y elimino en este amargo trago,
sólo viven para morir en el acontecimiento, en el hecho, en el estrago,
en el verso fútil y aciago
que en ocasiones compongo y más tarde asesino. Más tarde apago.

Aunque todas,
unas y otras, todas ellas,
por encima de mis noches de insomnio,
por encima de mis noches de ceguera y locura,
por encima de mis mundos, mis lunas y mis estrellas,
son parte de mí. Son mis signos.
A ellas me doy. A ellas me entrego. A ellas me asigno.
Es lo que tanto amo. Son mi vida. Son mis letras.
                                                            
                                                            

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 10/11 de febrero de 2015