sábado, 1 de enero de 2011

LA SOLEDAD DEL CANTAUTOR [Relato]



Mientras salgo de la pensión de Cuatro Caminos, rumbo al club donde cada noche canto desde hace varios años, no sé por qué, voy canturreándome la canción de Carlos Gardel: “Volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada...” De repente, caigo en la cuenta de los años que vivo en Madrid; ya va para veinte. ¡Joder!, me digo con susto, cómo pasa el tiempo. Parece que hubiera sido la semana pasada cuando llegué a la capital, desde Murcia, con un puñado de sueños prendidos a la esperanza y crucé con miedo y asombro el mayestático puente del río Manzanares.

Al mismo tiempo que voy callejeando entre las pequeñas arterias de la urbe con mi guitarra enfundada a la espalda, voy sintiendo cómo el sol de la tarde, cada vez más oblicuo y turbio, va retirando su quebrada claridad. Recuerdo, me digo, que corría en volandas un tórrido y luminoso mes de agosto del año setenta y cinco; y que el aire caliente abrasaba con fuerza las calles de la gran ciudad. Yo, entonces, traía lo puesto y poco más; una pequeña maleta de plástico con algo de ropa. Al llegar a la estación de Atocha, tras un interminable viaje de doce horas en el tren Correo, me quedé paralizado como se quedan todos los paletos al llegar a un sitio así: alucinado. A mis ojos les costaba dar crédito. Y es que yo, en realidad, era otro más, aunque no llevase una boina calada hasta las orejas ni un cayado; jamás había experimentado tan de cerca una sensación así —ahora diría que de auténtico pánico.

Aunque la situación, alejada de lo que yo mismo esperaba, no tenía marcha atrás ni posiblemente yo lo deseaba. Llegaba cargado de maleta, pero en mi equipaje, además, traía hilvanada una ilusión fuera de lo común que se me escapaba sin evitarlo por todas las rendijas del alma: traía mi premio. Traía la Carta. La Carta que me habían proporcionado en la emisora de radio al finalizar el concurso “Prisioneros del Microsurco”, donde, tras seis inquietantes meses, me había clasificado como solista. En ella, dirigida explícitamente al famoso dúo musical, el Dúo Dinámico, se rogaba me atendiesen. Y en todo caso, si lo estimaban oportuno, estudiasen la posibilidad de grabarme un disco; tal era el premio del programa: grabar un disco. Por fin sentía cómo mis sueños, que galopaban a la velocidad de mi pulso acelerado, iban tomando la forma precisa. Por fin dedicaría mi vida a lo que más amaba: la música. Por fin, la gente, tendría que embucharse los emponzoñados comentarios con patatas y tendrían, por cojones, que dejar de cuchichear a mis espaldas como si yo no me enterase.

— Oye, Fulanito; con ése no es bueno que andes. Es mala compañía, es “un bala perdida”. ¿Es que no ves que no se te va a pegar nada bueno? ¡Sólo Dios sabe lo que está haciendo pasar a sus pobres padres! ¡Los va a matar a disgustos...!

Sin embargo, después de tanto tiempo, ahora, al recordarlo, creo que las viejas comadrejas del barrio de San Buenaventura, tenían cierta razón. Sólo cierta razón.

Los meses fueron rebotando en las esquinas. Y la esperanza, como un viejo eco, extinguiéndose hasta desaparecer. Nadie me recibió jamás en la Avenida América donde se encontraba la Compañía Discográfica. Había llegado engañado, no tanto por el redactor del documento como por la superficialidad del asunto. Eso ahora lo sé bien y lo tengo claro, me digo. Ahora que conozco de sobra el podrido mundo que se oculta detrás de la música. Yo, de antemano —sonrío para mis adentros con cierta tristeza—, me había llenado la cabeza de ilusiones probablemente inalcanzables aunque, sin embargo, alguien, anticipadamente, se hubiese encargado de intoxicarme el cerebro con la promesa de grabar aquel disco; disco, que, por supuesto, jamás llegaría. Se habían burlado miserablemente de mí.

De todas maneras, la cuestión no es importante. Ya no. A pesar de que durante un tiempo, a mi manera, siguiera intentándolo. Las fuerzas, en un insólito pero demoledor efecto, fueron abandonándome lánguidamente en cada canción para acabar, por último, trabajando en este club del barrio de Argüelles donde cada noche, al menos, vuelvo a sentirme como lo que soy: un cantor.

Al subir a la pequeña tarima, no me falta la grotesca bofetada de la desolación; la gente, arremolinada en pequeñas mesas, habla y vocifera sin respeto, ignorando al hombre que intenta acomodarse un micrófono delante de la guitarra y el otro a la altura de la boca. Pero lo peor seguramente no es eso; lo peor está por venir.

Las luces del local van apagándose. Se transforman en minúsculos puntos difuminados, se convierten en penumbra; una penumbra suave que se mezcla y me aleja de toda esta gente. De todas formas, me digo, estoy acostumbrado a esta soledad y sólo canto para mí. Pueden hacerme daño hasta que comience a rasguear mi guitarra, después no. Después, me sumerjo definitivamente en el cálido abrazo de las notas y me elevo a otra dimensión. Su falta de sensibilidad y respeto ya no me alcanza, no me afecta, no me hiere. Ya no pueden humillarme aunque lo pretendan. Otra vez será...

Comienzo con un suave Arpegio en Do Sostenido Menor para entrar en Si Menor Séptima y jugar un segundo con la cuerda Prima, hasta alcanzar la nota Mi Mayor Séptima; ejerzo una Disminuida y vuelvo, tras una ínfima pausa, a Do Sostenido Menor: “...Uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas...”. Y a partir de ese mágico instante, nada al alrededor importa; nada vale. Serrat me invita a volver. Me hace regresar, me transporta a aquel día de octubre, en casa de mi gran e insustituible amigo Paco Fuster. Empezaba un nuevo curso de bachillerato, pero yo ya no era el mismo; el amor y la distancia me habían destruido para siempre, habían partido mi vida por la mitad. Y aquella canción, desde la espesa melancolía del radiocasete, volvía a recordarme lo solo y angustiado que me encontraba.
  
— Gracias... —digo, sin agradecimiento, a los pocos aplausos que recibo de la gente que se oculta entre las sombras, como fantasmas, sabiendo que no me han prestado un segundo..., un maldito y despreciable segundo de su puerca existencia.

Continúo con Atahualpa Yupanqui, a pesar de que ninguno de los presentes merezca tal honor. Pero no importa, vuelvo a decirme. ¿Por qué habría de molestarme? No merece la pena. Y, en La Menor, inicio un lento Arpegio, levantando el dedo índice de la segunda cuerda. Seguidamente, me enlazo con un Acorde de Puente para dejarme caer en Re Menor y después, sin soltar el dedo meñique, subo a Mi Mayor Séptima: “...Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío. Una vieja canción en mi guitarra, una vieja canción no tiene olvido...” Cuando acabo, no espero que nadie, en esta ocasión, aplauda; y me engancho sin pensarlo dos veces en el Poema 20 de Pablo Neruda: “...Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche la noche está estrellada...”.

Comienzo en Mi Menor un Arpegio lento y bajo hasta La Menor. Voy a Si Mayor Séptima y regreso a Mi Menor. Las notas, en la voz, se me agrietan; me devuelven la vieja angustia que creía olvidada: “...Es tan corto el amor, es tan largo el olvido...” Y me siento atrapado exactamente igual que el poeta bajo el cielo infinito de su soledad, mientras que a toda esa gentuza le da igual mi tribulación, porque no se han detenido a escuchar la inmensa aflicción que sobrepasa al hombre de la guitarra. No pueden darse cuenta, viven en la idiotez permanente de los cómicos; desde la desdicha que siento, sólo oigo lejanas, sus estúpidas risas. Mi alma, destrozada y vencida, se rompe un poco más en cada nota y se aleja de la realidad. Vuelve a golpearme fuerte el recuerdo de mi amada, ese recuerdo que nunca desapareció del todo. Y, de nuevo, vuelve a sangrarme la herida que a diario pretendo inútilmente taponar, simplemente por el hecho de amontonar los días. Esa vieja herida, que cada noche vuelve a abrírseme cuando entono estas melodías. Las mismas que el autor, salvando la distancia del tiempo, debió sentir.

Y vuelvo a recordar la Carta. La maldita Carta que me trajo hasta aquí con la promesa de grabar el disco. Y se me enreda la nostalgia en los amigos que dejé en mi ciudad para venir a Madrid. ¿Dónde estarán ahora? ¿Qué estarán haciendo? ¿Qué será de ellos y de sus vidas? ¿Seguirán paseando por la Redonda y por Santo Domingo? ¿Tendrán novia? ¿Se habrán casado? ¿Habrán sido más afortunados que yo en su elección? ¿Seguirán siendo los de siempre, o la vida, como a mí, los habrá envilecido?

Y mi mente, vuelve a posarse en el recuerdo indestructible de mi buen amigo Paco Fuster. ¿Llegué a decirle cuánto le apreciaba? No, seguramente, no. Pero esta noche, ahora, daría media vida porque estuviese aquí, conmigo, tocando la guitarra, o tan sólo a mi lado; sabría decirle cómo pasa la vida y nos deja atrás. Cómo, y de qué manera, va alejando de nosotros los sueños sin nada más a cambio que vivir hundidos en la monotonía, y cómo va burlándose sin prisa de nuestras inquietudes. Pero que, sobre el tiempo y a pesar del tiempo, mi amistad hacia él siempre fue única y posiblemente eterna por encima de cualquier circunstancia o error.

Pero no, me encuentro aquí, solo, cantando y tratando de evitar que se me caigan los lagrimones...

Me dispongo a tocar otra canción; ésta, será en deferencia a Paco.  Suenan las cuerdas, una tras otra, al roce suave de mis dedos en la postura Mi Menor. En cada dos o tres pasadas del Arpegio, voy edificando los bajos de la nota. Después, La Menor, y más tarde, Si Mayor Séptima para regresar a Mi Menor. Se hace el silencio en mi guitarra cuando termina la resonancia del armónico.

Empiezo: “...Decir amigo, es decir juegos, escuela, calle y niñez. Gorriones presos de un mismo viento tras un olor de mujer. Decir amigo...”.

Y vuelvo a evocar, despacio, las tardes en el huerto de los membrilleros y la estación de trenes abandonada. Y los días que pasábamos tocando estas canciones con la guitarra, en la Redonda, al salir del instituto. Todo queda tan atrás y, sin embargo, al cantar estas canciones, se me llena el alma y el pelo de aquel perfume de azahar. Y se anilla como entonces. Y el sol de septiembre brilla con fuerza en el cañaveral. Y la pandilla de críos que éramos corríamos hacia la vida como si ésta nos estuviese esperando como se espera a un buen amigo, para ofrecernos toda su magia. ¡Qué gran error! ¡Qué gran mentira...! 

He de regresar aquí de nuevo, a mi público, a este público absurdo e insensible que me hace sentirme tan mal con su desprecio. Esta noche no creo que toque ningún tema mío; me siento demasiado vulnerable como para continuar por ese camino. Supongo, que a su manera, cada uno de ellos, cada una de las personas que vienen aquí, no sé a qué, también se sienten solos y tienen sus sombras, al igual que yo. La diferencia es que ellos no las cantan, no las dicen, no saben decirlo, no pueden decirlo, no pueden expresar como nosotros, los cantautores, los sentimientos. Aunque estoy convencido que la soledad no es más una extensa, patética y oscura mancha que, como los recuerdos, se cuela sin avisar en los corazones de las personas en el momento preciso que decidimos crecer.


José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002



4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, amigo Julio por tus palabras, es un placer que gente como tú me comente. Un fuerte abrazo.

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  2. Un placer leerte querido José.Un feliz inicio de semana.

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