viernes, 29 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | MOTIVOS PARA NO DECIR ADIÓS



Sé que me iré. No sé a dónde, pero me iré.
No sé qué viento, en mi marcha, me acariciará ni acariciaré.
Tampoco, en qué lugar dejaré caer mis fatigados huesos,
firmaré mis últimos versos,
ni qué titilante estrella velará mi sueño de cara al mar.
Ni siquiera en qué playa.
Pero cuando llegue ese día, lo sabré.
Y cuando lo haga,
cuando sepa que es mi hora, cuando me vaya,
no intentaré de ningún modo mirar atrás.
Ni por supuesto lo desearé.
No buscaré con la mirada despedida alguna.
¿Para qué…?

La arena de la orilla será mi lecho, mi cama,
el rumor de las olas mi canción de cuna.
Y así, sereno,
mirando el cielo,
y a esa polvorienta Luna
que enciende, ilumina y olvida caminos,
me dormiré.
Quien deba estar, estará.
Quien no deba estar, que no esté.

No necesito
ahora, próximo a mi ida, el bisbiseo. Mucho menos ese silencio a gritos
que con frecuencia me llama, me golpea,
que en mi mente se detiene, me araña, aletea;
me conduce sin piedad a esta feroz soledad que me invade.
Ese silencio que dentro de mi alma germina, florece, crece,
como una sombra de ojos felinos que jamás se desvanece.
Y sigue, aun con los años, quemando en mi interior como una tea.
Son ellos, todos mis sueños, los que crepitan, los que musitan.
Son ellos, mis sueños robados, por la realidad cercenada,
los que aúllan, los que gritan.
En realidad, ahora, ya por nadie. En realidad, ahora, ya por nada.

No necesito
ahora, próximo a mi marcha, a mi viaje, el adiós de aquellos.
Sólo eran ruidos, ecos, bullicios, aullidos; sólo eran reflejos, destellos,
de lo que mi necesidad imaginaba real.
Pero otra vez me equivocaba.
Mi pasado fue una auténtica falacia;
la gente que atravesó mi vida fue hipócrita, falsa, desleal.
Para mi espíritu, para mi alma, una tumefacción infecciosa y letal.
Buscaron en mí, de mí, sólo la circunstancia,
la oportunidad.
El momento. Nunca, por esa causa, creí en la amistad
tampoco en el amor. No. Nunca a tiempo completo. Nunca del todo;
pues detrás de dulces rostros pude descubrir falsedad, traición y lodo.
Iniquidad.

Mi percepción, en una secreta llamada, me avisaba.
Presto ponía en marcha la protección
debida a mi corazón.
Mi perspicacia casi nunca equivocaba sus latidos, su intuición.
No erraba con las entelequias que provoca la banalidad,
la felonía, la mediocridad, la ordinariez, la superficialidad.

No anhelaré, por tal motivo,
el abrazo de aquellos que un día se dijeron amigos míos.
Ni de aquellas otras personas que susurraron a mi oído,
como sirenas de Ulises, embaucadoras palabras de amor.
No. Créeme;
hace tiempo que esas voces me olvidaron.
Hace tiempo que también yo las olvidé.

Sólo deseo que, en ese final de viaje que se lento se aproxima,
estés a mi lado, amor. Estés conmigo.
Dándome cobijo, dándome abrigo
en esos instantes que aún decaigo, que presagio, que maldigo.
Lo demás no importará. Lo demás ya sucedió. El ayer no me lastima.
Juntos veremos emerger el alba. Y extender su manto la neblina.
Sólo un día más deseo amanecer contigo.
Cogidos de la mano, miraremos el mar.
Y en la línea imprecisa del horizonte, sucumbir rendido el ocaso.
Pero sobre todo, de nuevo preciso, volver a creer en el amor. Volver a amar.
Y completo al fin, algún día, poder morir en tus brazos.

Para el resto del mundo, como ves, amor mío, mis letras disemino
y sin modestia ni temor avillano.
Esparzo mi suerte en trazos.
En trazos y signos;
empleando, nunca mejores palabras en mi atino,
que los versos del gran poeta sevillano:

Y al cabo, nada os debo;
me debéis cuanto escribo,
a mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que alimenta y el lecho en donde yago.

                                                                               


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 28-29/05/15




martes, 26 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | CAMBALACHE. Parte Segunda.



… Pero conseguidos los objetivos;
autonómicas y municipales,
saben que, a la vuelta de la esquina, les acechan las generales.
Así que, sin perder la entereza
ni los estribos;
sin quitar, por supuesto, el ojo de las listas,
con su habitual destreza,
saldrán en tropel evangelizadores y oportunistas;
sagaces, avispados y vivos.
Habiendo creado previamente entre sí pactos, alianzas y acuerdos,
en su desesperado intento por todos los medios,
unos y otros, de atraernos.

Para ello, no dudarán en vendernos
espejismos;
relojes chapados, sin cuerda ni agujas.
Ruedas cuadradas. Y azules, rojas, naranjas y violetas burbujas.
No se detendrán hasta seducirnos
con su prosaica palabrería, con sus marchitados juramentos
de vendedor de apartamentos.

Al final, como excelentes mercaderes, acabarán vendiéndonos,
a precio de coste, sacos de nubes y humo;
palabras necias vestidas de quimeras
y cielos de cobalto;
noches de pasión encendidas
y sueños de basalto.
Días de serenidad y felicidad imposibles.
Futuros colmados de dicha. Futuros excelsos e increíbles.

Aconteceres plenos, repletos de bienestar y bonanza.
Y mientras en los cuatros próximos años vamos perdiendo la sonrisa
con las decepciones acumuladas; estos filibusteros,
estos predecibles “pitonisos” y pitonisas
de medio pelo
entre promesas de barro, olvidos premeditados y medias risas,
andarán a nuestra costa y nuestro esfuerzo, de nuevo,
llenándose la panza.

El mundo, como reza la canción de “Cambalache”,
de Enrique Santos Discépolo, fue y será una porquería.
Yo, tras lo expuesto, sumaría,
sin temor al error que es un bazar, una feria, un puto galimatías;
algunos besos,
algunos recuerdos,
algunos sueños,
siempre serán de color azabache.

Nada permanece eternamente. Todo se suaviza.
Con la edad todo se relativiza.
Todo se va relativizando; el amor, la herida, el odio, la rabia, la ira.
Cada noche trae de la mano un nuevo día. Todo gira…
La noche es oscura. La luz ilumina;
la historia de mi historia en mi memoria se difumina.
El dolor, por fin, en mi alma, se aquieta, se va aquietando.
Porque el tiempo, suave, sin prisa,
sin decirlo, sé que atrás me va dejando.

Todo, como conclusión, está inventado.
Casi nada me conmueve. Ya apenas me conmuevo.
La única verdad es que todo es mentira.
Este mundo es un mercado,
un lupanar, una mancebía, una travesía atestada de yiras.
Aquí, cada uno va a la suya. Y como resultado,
los que dependemos sin remedio alguno de ínclitos
encantadores de serpientes y esclarecidos políticos
—no hay que ser excesivamente analítico—,
unos novatos incautos, unos ilusos utópicos.

Así son las cosas, cada uno va a su apaño, a lo suyo.
Afiladas verdades.
Afiladas como púas, letales como puñales.
Voces de corrala. Cotilleos de barrio. Chismorreos. Murmullos.
Verdades como puños. Insoportables verdades de Perogrullo.

                                                                               


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 25-26/05/15

viernes, 15 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TIEMPO DE ELECCIONES, TIEMPO DE FILIBUSTEROS. Parte Primera.



… Y ahora llega de nuevo
como una pandemia, como un castigo bíblico, brutal y certero,
el tiempo de los sátrapas, de los bribones, de los filibusteros.
En cualquier esquina, con cualquier excusa, desde cualquier cornisa,
se descuelgan vendiendo motos sin ruedas, estos jodidos marrulleros.
Todos. Desde los que visten con traje, o circulan en bicicleta,
hasta los que pasean en mangas de camisa,
campechanos, o prefieren como peinado una coleta.
Todos, sin excepción, son infames sabandijas;
da lo mismo que vistan de Armani o calcen chancletas:
después de ser votados, unos y otros, se ocuparán de apretarnos
las clavijas…

Pero, ahora, no. Ahora… ¡Es tiempo de elecciones, señores…!

Comienza, así, la pasarela, la bufonada, el desfile, el baile de máscaras,
la fiesta, el sarao, el “tinglao”, la villanía, el despelote, la jácara.
Y, desesperados, acojonados, diría, ahora los estrategas,
se empeñan en vendernos a toda costa novelas por entregas;
el tiempo corre, lo saben, el tiempo se acaba, el tiempo termina,
el tiempo, cuenta atrás, arde más aprisa que la bencina.

Y todos: Populares, populistas y “populeros”, caterva de arteros,
nos amenazan, nos advierten del resto; nos comen los sesos,
nos besan el culo, atajo de bandoleros, aviesos confesos.
Otras alineaciones políticas surgen; las llamadas emergentes,
que aprovechan ávidos, sedientos, sin duda,
el declive, la desastrosa, la macanuda, la cojonuda
caída del monolítico y enquistado bipartidismo decadente.
Miembros y “miembras”; “socioslistos” y socialistas,
en otra esquina, ahora, se encuentran excesivamente pendientes,
preocupados por las listas.

Todos regalan con una mano, escondiendo con la otra
el abuso, la corrupción, el engaño, el despilfarro, la ignominia, la treta…
Todos, desde un extremo a otro, de un color a otro, sin excepción,
nos cuentan los mismos cuentos. Nos cantan la misma canción.
Pero todos, de aquí de allá de acullá, de uno u otro signo,
ejercen sin el menor recato, honestidad y decencia, de lo mismo:
de ser y haber sido, perfectos alcahuetes y alcahuetas.
Corren malos tiempos para la lírica, los escritores y los poetas;
vocación, ésta, sin futuro, frente a tanto cambio de chaquetas.

Porque, compañeros, es tiempo de caricias, promesas y arrumacos.
Tiempo de parecer formales, tiempo de parecer honestos,
tiempo de fingir, tiempo de buenas intenciones,
tiempo de retóricas,
de palabras huecas,
de falsas emociones
y excelentes presupuestos:
aumento de trabajo, subida de pensiones, bajada de impuestos.

Es tiempo de elecciones,
tiempo de farisaicas acciones,
tiempo de grandilocuencias, guiños a la multitud y exceso de mimos,
departiendo con la gente del pueblo, cervezas, pinchos y vinos.
Es tiempo de avivar las maquinaciones a escondidas,
profiriendo contra el resto vilipendios, negando cajas “B” y corruptelas.
Es tiempo de apuñalar en silencio, tiempo de ofrendas podridas;
tiempo de falsos profetas, de charlatanes, de trileros,
de gañanes sin escrúpulos, de cretinos altaneros,
de bandidos y bandidas.

Es tiempo de votaciones. Tiempo de elecciones.
Tiempo de vendernos paraguas rotos y apolillados edredones,
gafas sin cristales para llenarnos los ojos sólo de ilusiones.
Es tiempo, también, para afilarse las zarpas en la espalda de la gente;
en la espalda del crédulo, del triste, del soñador, del inocente,
del desahuciado, del desesperado, del idealista, del trabajador,
del jubilado, del desempleado, del emprendedor.

Pero, sobre todo, y ante todo, del pobre. Del necesitado.
Del que se encuentra más angustiado,
del que se halla más a la deriva, más desorientado.
Del que está más tieso y canino,
en la desesperada esperanza de un cambio de rumbo, de destino.
Creer, amigos, de esta chusma otra cosa es delirar, es estar equivocado.
Profundamente errado.
Sólo es la hora,
sin demora,
de afilarse las uñas en la espalda del vecino.

                                                                               

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 14/15/05/15


martes, 12 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ATAVIADA DE NOCHE, SILENCIO Y SOMBRA



Y al cabo, sin que mis palabras suenen a indiferencia
o sepan a distancia, no menoscabo casi nunca su ausencia.
Ya no. Aunque de su esencia
permanezca en mis labios, insignificante, una suave brisa.
Su levedad, como el susurro de una caricia,
quedó anclado, detenido, mágico en el reverso
del tiempo. En ocasiones, me aquieta;
es un bálsamo en mi herida denegrida.
Otras, sin embargo, me incita y aprisa,
se descuelga huraño por mi alma, arañando el verso.

Son sombras que se mecen etéreas en mis manos.
Sólo sombras que pasean por mi casa, silentes, sombrías.
A diario.
Mientras repujo con mi memoria y mis dedos;
mientras modelo,
mientras evoco,
mientras convoco,
mientras convierto la soledad que me abraza, que me hastía;
la insoportable soledad que me habita, en la poesía
de mis propias locuras siempre turbias, siempre umbrías.

De ahí, de tal encrucijada, sólo queda la herida.
Sólo la llaga en carne viva.
Sólo el eco,
que entumecido vive.
Sólo, de tal encuentro, resiste acurrucada en el hueco
que la caridad de mi pluma permite.

Sólo, de tal peripecia, queda el poema que en pie lucha; que sobrevive.
Sin que, por esa razón, la misma sombra que me persigue,
mitigue en mi mente un convulso y afilado temblor.
Al descubrir, sin asombro,
cómo mi vida va cayendo en un foso,
en un fondo de oscuro rencor.

Y, con ella, cuesta abajo, imparables,
todas mis verdades,
mis quimeras, mis miserias,
mis fuliginosas vanidades,
todas mis vehemencias;
mis deseos, mis anhelos,
mis desgastados sueños,
la tenue luz de mis poemas,
mi ocaso, mis recuerdos, mis penas.
La tiniebla que invade, que apresa mi corazón;
mi llanto escondido,
el niño perdido
que soy, que fui. Mi níveo y tembloroso albor,
mi impaciencia, mi rastro de elocuencia
que de nuevo se desmorona, se desintegra,
ataviada de noche, silencio y sombra,
de camino al más lacerante dolor.

                                                                                     
                                                                                     
José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 12/13/05/15



martes, 5 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | TAL VEZ, SÓLO LA VOZ DEL VIENTO. 010806 [Parte Segunda].


He vuelto, no sé por qué, una vez más, a leer la última carta.
He vuelto, de nuevo, sin conseguir dormir, a hundirme en el recuerdo;
en la turbulencia delirante de aquel amor que un día creí nuestro.
Y la memoria, al leer de nuevo el texto, me ha devuelto
precisa y humillante a la sensación de que nunca, en realidad, fuimos nada tú y yo.

Y aquí, ahora, con la mirada pretérita y ajada,
posada sin apenas emoción en el recuerdo que dejaste;
aquí, mientras estos versos construyo.
Aquí, mientras lo que fue nuestro finalmente destruyo;
desentierro letra a letra, sin el menor rastro de orgullo,
reventando contra mi pecho,
el amor que un día deseaste abatir y abatir lograste
bajo la noche callada
en otros labios,
en otros brazos,
en otra almohada,
en otro lecho.

Y repentinamente me detengo, recapacito.
Y medito, sin temor al error: sí, sólo fui el momento.
La ocasión, la oportunidad, el sustento.
Y me pregunto, me repito,
al tiempo que el amor que por ti sentía definitivamente decapito…

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Susurro, mientras surge la idea de la palabra.
Mientras brota el destello
de estos versos en mi mente e inútilmente cincelo, vomito, recito,
y en vanos intentos la composición adentello.

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Levemente musito.
Mientras vuelo incesante a la fantasía, sin divisar en el verso maldito
la expresión que tanto requiero, que tanto necesito;
la dicción que, sin duda, falta.
La palabra, fugaz e indómita, que busco y no hallo.
La rima, así, asimétrica e imperfecta,
quedará para siempre despedazada en el poema que ensayo.
También la respuesta…

Acaso sólo quedó en el eco de mis poemas, me digo.
Quién sabe si en la evocación de mi pensamiento…
Quizá en un difícil y doloroso olvido.
Tal vez sólo quedó, de aquel ayer, la voz del viento.

                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 05/05/15



lunes, 4 de mayo de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | EL RECUERDO. 010806 [Parte Primera].


Querido Ayer:

Llevo meses intentando hilvanar un documento
sin el convencimiento final de que éste llegase a su destino, a su puerto.
Quizá también tenga temor. Un extraño miedo.
Es un eclipse que aletea junto a mí, sin saber qué debo hacer al respecto.
Sólo sé que enreda su telaraña sobre mi existencia
y, sólo de vez en cuando, tengo la impresión,
intuyo, que hiciese sombras chinescas en la pared de mi alma
con atinada malevolencia…

Tengo un millón de sentimientos que contarte,
sin embargo, es inútil, tú no puedes oírme. No es el momento.
Tu alma, agrietada, se encuentra prisionera;
se siente atrapada, cautiva
en el pasado. Y, créeme, lo entiendo.
Sólo me cabe, en la distancia, llorar contigo tu dolor.
El injusto dolor de la ausencia.
Una ausencia cruel que detiene nuestros intentos
por avanzar, sin tener la certeza, de saber en qué dirección se quiere ir.
Y en el que, cuando das por hecho que has avanzado un paso,
de repente caes en la cuenta que has retrocedido diez, cien, tal vez, mil.

De repente, sin previo aviso,
aparece, vestido de dolor, como un asesino.
Es de nuevo el recuerdo que emerge castigando
cualquier iniciativa.
Es el cruel juego de la vida.
Y donde sabes, por cierto,
que en este maldito juego no se puede hacer trampas;
al menos, no por mucho tiempo.
Así que de nuevo, el intento,
escribe con letras de silencio
nuestros torpes movimientos
y selecciona sus víctimas.

Lo único cierto es lo que hemos vivido; el restante,
el tiempo que nos queda pendiente no se halla a nuestro alcance,
ni lo sospechamos.
Razón por la cual hacer planes es casi siempre el más absurdo
de los proyectos.
Sólo el pasado nos da la seguridad de haber llegado al presente.
Aunque el ayer, puede, en ocasiones,
convertirse en el peor de nuestros enemigos: ése es el recuerdo.

El recuerdo. El recuerdo. El recuerdo… Siempre el recuerdo.
Siempre zarandeándonos, moviéndonos a su antojo
como hojas muertas, como peleles. Siempre haciéndonos
mirar atrás. Siempre enviándonos, como un presagio,
a nuestra orilla su propia ansiedad: lo que fue, lo que hubo, lo que quedó;
los cadáveres, los restos del hombre, los restos del naufragio.

Siempre derribándonos los propósitos. Siempre atajándonos los sueños…
Los escritores vivimos en cierto modo sumergidos en ellos;
son, de alguna manera, nuestra biblioteca:
la librería de las almas perdidas.
De ese rincón del alma extraemos,
desde los mejores momentos de gozo, de humor o de ironía,
hasta las más infames horas de zozobra.
Personalmente recurro a ella con frecuencia;
la he convertido en mi cómplice a la puta fuerza…

Sólo supongo lo que estás pasando.
Has dejado en el aire miles de preguntas,
preguntas que se alejarán, que jamás tendrán respuesta;
miles de interrogantes que te acompañarán para siempre,
donde quiera que estés o con quién estés.
Dudas, que se convertirán en tu sombra,
y en el futuro caminarán e incluso dormirán contigo.
En ocasiones se pondrán de tu parte,
pero en otros casos se enfrentarán a ti, tratando de apalearte,
intentando a toda costa derrumbarte.

Una vez te dije que el tiempo no sabe mirar atrás,
que permanecer en tu isla no te salvaría de la angustia,
que terminarías siendo un ciego, un personaje gris, un ser inerte, sin luz…
¿Por qué no me hiciste caso? ¿Por qué te jugaste la vida a cara o cruz?
¿Por qué has naufragado en tu propia oscuridad? ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho tú?


José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 04/05/2015